La Voz de Galicia

Las monedas del juez Falcone

Barbanza

Maxi Olariaga

04 Jun 2017. Actualizado a las 05:00 h.

 

 

matalobos

Veinticinco años ya. El 23 de Mayo de 1992, desembarcábamos Xena y yo en Lavacolla llegados de Tenerife en nuestro primer y último viaje a las islas. Esperábamos las maletas cuando una mujer, que fregaba con aire cansino los suelos del aeropuerto, gritó mostrándonos un transistor: «¡Acaban de asesinar al juez Falcone!» Impresionados e incrédulos recordamos a aquel magistrado al que se le veía diariamente en los telediarios y en la prensa, clamando por la justicia justa, esa de la que tanto adolece nuestro desamparado mundo. Era un hombre valiente y dispuesto a realizar su trabajo a toda costa. Absolutamente insobornable, en los tiempos que hoy corren y viendo como funciona el esclavizado poder judicial emponzoñado por el ejecutivo, el juez de Palermo hubiera entrado en las salas de audiencia como Jesucristo entró en el templo, derribando las mesas de los mercaderes, las balanzas de los comerciantes y el oro de los cambistas.

Giovanni entregó su alma a la justicia en su sentido más santo, más inmaculado. Solo pensar en su empeño para acabar nada menos que con la mafia, a cualquiera se le abren las carnes. No hacía falta ser un experto en esos asuntos para saber que vivía condenado a muerte. Él mismo, siciliano de Palermo, creció en medio de aquella podredumbre y enseguida comprendió que lo peor de aquella trama criminal, no se hallaba entre los mafiosos, no. El huevo fétido de la serpiente, se incubaba en los nidos oscuros y malolientes de los ministerios y en las oficinas siniestras de las direcciones generales, de los parlamentos, de las alcaldías, de las catedrales, de los palacios y de los cientos y cientos de edificios en los que los bancos juegan a los cromos con nuestro dinero.

Esos fueron sus enemigos, por tanto. Hombres y mujeres corruptos que le daban palmaditas en la espalda y de vez en cuando le ofrecían un banquete de agradecimiento y le colgaban una medalla en la solapa. «¡Qué grande, qué honrado eres, Falcone!». Su esposa, la magistrada Francesca Morvillo, también murió en el atentado, junto con sus escoltas Rocco di Cillo, Vito Schifani y Antonio Montinaro. El juez estaba ya muy cerca. Rondaba aquellos despachos impuros y conocía nombres, hechos y todo tipo de latrocinios, asesinatos y corrupciones que desnudaban a gobernantes, a religiosos, a banqueros y a empresarios de élite. Estos, Giovanni Falcone lo sabía, fueron quienes dieron la orden. El Capo di Capi, Totó Riina, fue quien la ejecutó con mil kilos de dinamita.

Dos días después, en la catedral de Palermo, la gente del pueblo se agolpaba en sus bancadas y en la plaza. Miles de personas. Entonces llegaron ellos. Los políticos avanzaron por el pasillo central camino del altar para ocupar sus lugares preferentes con gesto compungido. En aquel momento el pueblo se levantó de los bancos, les dio la espalda y por encima del hombro comenzaron a tirarles monedas, calderilla que caía como latigazos de fuego sobre los trajes de alpaca y los rasos morados de los cardenales. Nunca vi nada más emocionante. Nunca gesto pacífico más contundente. Pero la historia lo borra todo y ellos siguen ahí haciendo lo mismo, hiriéndonos, matándonos selectivamente y sin compasión alguna. Ayudémonos unos a otros. Acabemos con ellos.


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