Los pasos perdidos
Barbanza
07 Jun 2015. Actualizado a las 05:00 h.
Son pasos perdidos aquellos que nos llevan a ninguna parte. Al silencio o a la nada. A la soledad o a la arrogancia. Pero hay pasos perdidos que los seres humanos dan obligados por la pobreza, por el blasfemo yugo del poder o por la sed y el hambre. Caminamos y caminamos hasta desalentarnos en el sendero estrecho por el que nos obligan a vagar, desollando el armazón de nuestro único calzado. Así nos vemos forzados a seguir un rumbo desnortado con los pies descalzos, tiñendo de rojo los pedregales con nuestra propia sangre desolada.
Camina la humanidad arrastrando su peso -¿el peso de la culpa?- por los inciertos atajos que abre el amanecer, buscando lo que no se puede hallar.
Los pobres con sus andrajos buscan los armarios perdidos en el tiempo antes de que nacieran ya abandonados a la hambruna y la miseria, y los ricos pisan con sus botines de piel de muflón, rutas de pluma mullida como las nubes, Pero su destino también es incierto.
Los pasos perdidos son mayoría en el peregrinaje de este mundo. Pocas, escasísimas veces, sabemos adónde ir, adónde aventurarnos. Toda nuestra bizarría, nuestra autoestima, nuestro narcisismo es causa de mofa para las flores y las mariposas que nos ven pasar como una cuerda de cautivos arrastrándonos bajo el sol, desde el vientre de nuestras madres hasta el vientre de la tierra que espera no muy lejos abierto de par en par nuestra llegada. Nos tragará de un bocado y toda aquella maravillosa arquitectura de carne y hueso que creíamos ser, se desmoronará en la oscuridad y el silencio de los pasos perdidos. Esa es y así se cumplirá la historia de nuestra irresponsabilidad.
Nuestros pasos perdidos no han hecho otra cosa que huir de eso. De nuestra responsabilidad. Adán culpó a Eva y Eva a la serpiente. La serpiente se escabulló entre la arboleda del bien y el mal y abrió escuela en la tierra para que siguiéramos aprobando con nota su asignatura más sibilina. Irresponsables, siempre. Nadie es culpable de nada. Yo no fui, yo no hice nada, nos decimos, sin darnos cuenta de que nuestros pasos perdidos nos conducen directamente a la fragua incandescente donde seremos reducidos a cenizas.
Cuando por fin vislumbramos nuestra culpa ya es tarde y nada puede hacer que desandemos el camino para corregir el mal que propiciamos. Entonces acudimos a la desesperación y recaemos en la tiranía del orgullo y la soberbia. Necesitamos un culpable que redima el naufragio de nuestra vida y recordamos al impúdico Tenorio: «¡Clamé al cielo y no me oyó./ Más si sus puertas me cierra,/ de mis pasos en la Tierra,/ responda el cielo, no yo!».
Es nuestro último arrebato, la última e inútil justificación a nuestros múltiples y reiterados pasos perdidos. No aprenderemos jamás. Pasan los días y las noches. Las horas se precipitan al abismo del tiempo desde las altas cumbres de los relojes y no admitimos nuestra responsabilidad. Generación tras generación, transmitimos el estigma de la maldad disfrazada en un gen de la responsabilidad ajena y los pasos perdidos nos llevan a los campos de batalla, al incendio y al saqueo, a la destrucción de la vida. Y el chulesco Don Juan que todos llevamos dentro nos hace clamar en la agonía: «¡Responda el cielo, no yo!».