La Voz de Galicia

El troncomóvil de mi padre

Al Sol

iSAAC PEDROUZO

10 Aug 2017. Actualizado a las 05:00 h.

Justo el día en que la primera operación salida taponó todas las vías de abandono de la ciudad, por el carril contrario, el que venía de frente por la izquierda, llegaban tan panchos los 40 grados que venían de vacaciones cada año. Sacaban la mano por la ventanilla. Tranquilos. Plácidos. Esa misma semana a mi padre le había dejado tirado su Renault 11 rojo. Al parecer los coches también dicen basta.

Con la necesidad inmediata de tener transporte, se compró en un desguace un viejo Renault 8 blanco que costó 20.000 pesetas, por aquello que dicen de que la familia de los cercanos siempre te va a tratar mejor. Cumplía su función: ir desde la casa de la aldea a mi academia de recuperaciones y de ahí al trabajo paterno, aunque yo vivía con el miedo de que el techo del utilitario saliese volando con cualquier bache. Pero era verano. Nunca pasa nada.

Aquella mañana coloreada con todos los tonos grises posibles de un Pantone de prueba, decidió de repente darle un respiro al calor que te aprieta la garganta al respirar, concediéndole unas vacaciones de dos horas, las que aprovecha la traicionera tormenta de aire bochornoso para dar un golpe en la mesa. Para que no te olvides de que en cualquier momento puede llegar. A mí las tormentas me dan pánico. Más incluso que la idea de besarte mal.

Una lluvia torrencial nos atrapó por el camino, así que mi padre, a pesar de ser el tipo más valiente que conozco, paró el Renault 8 en el arcén de la carretera comarcal. Mientras la ilusión de perder un día de academia me hacia sonreír como un tonto en el asiento del copiloto, sentí como una gota de agua me caía en el hombro derecho. Me asusté y pegué un brinco haciendo la fuerza necesaria con los pies en el suelo del coche para generar un agujero. Podías ver el asfalto a través de él.

Allí estábamos, en mitad de una tormenta casi bélica con una gotera en el techo y un boquete al lado de los pies.

Mi padre y yo nos miramos esperando que el otro fuese el primero en la lágrima o en la carcajada. Él, como siempre lo ha hecho hasta ahora, ganó. «Mira Isaac, ahora tenemos un troncomóvil. Somos los Picapiedra». Ese día, los dos hicimos novillos.


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