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Victoria Lomasko: «Mis últimos días en Moscú fueron una película de terror»

Artista y disidente rusa

Victoria Lomasko: «Mis últimos días en Moscú fueron una película de terror»

AUTORA DE ‘LA ÚLTIMA ARTISTA SOVIÉTICA’

Veinte días después de la invasión de Ucrania, la artista gráfica rusa Victoria Lomasko cogió a su gato y huyó de Rusia. Autora de un libro de culto, Otras Rusias, editado en más de diez idiomas, publica ahora otro en España, La última artista soviética, tan contundente como el primero. Hablamos con ella sobre las razones que le han llevado a huir de su país.

Martes, 14 de Febrero 2023

Tiempo de lectura: 9 min

Victoria Lomasko dibuja lo que ve. Y haciéndolo se ha convertido en una cronista de excepción del conflicto generacional entre aquellos que nacieron y se educaron en la Unión Soviética y los que lo hicieron después de la Perestroika. Escenas, detalles, palabras y gestos que la artista se atrevió a pintar y contar en sus reportajes gráficos antes de que la invasión a Ucrania y las nuevas leyes de represión y censura hicieran su vida irrespirable y peligrosa.

El 5 de marzo, apenas 20 días después del comienzo de la guerra y un mes y medio después de haber mandado a su editorial española los archivos de La última artista soviética, Victoria Lomasko cogió a su gato y una pequeña maleta y huyó a Bishkek, en Kirguistán, y desde allí voló a Bruselas. Ahora difunde sus experiencias en Moscú y en otras exrepúblicas soviéticas como testigo, dice, de un presente decepcionante.


XLSemanal. ¿Por qué decidió titular su libro La última artista soviética?

Victoria Lomasko. Llamarme a mí misma 'la última artista soviética' es algo que hago desde la ironía. No quiere decir que comparta las ideas soviéticas o que esté a favor de ese sistema, sino que viví bajo ese régimen hasta la adolescencia, lo recuerdo y es una experiencia traumática que me marcó como artista y como persona. Además, mi padre era un pintor que vivía de producir propaganda soviética. Odiaba el régimen, pero nuestra casa estaba llena de cuadros de Lenin y de campesinos con la hoz.

«Me da rabia cuando leo que el 80 por ciento de los rusos está a favor de la guerra porque no es verdad. La gente está atenazada por el miedo. ¿Quién puede exigirles que sean héroes?»

XL. ¿Cómo recuerda aquel mundo?

V.L. Tengo un recuerdo muy vivo y terrible de la escuela de párvulos. Las maestras eran muy duras con los niños: no nos pegaban, pero era normal que te humillaran. Además, hacía muchísimo frío. Ahora el clima ha cambiado, pero cuando era pequeña los inviernos eran durísimos y a menudo llegábamos a menos treinta grados. Recuerdo salir de casa a las seis de la mañana, todavía de noche, envuelta con mantas y bufandas en un trineo. Los niños éramos como una bola que se desplazaba en ese trineo hacia la escuela de párvulos. Odiaba esta escuela, así que un día vi un agujero en la valla y me escapé a la calle. No tenía a donde ir, pero el mero hecho de estar en la calle ya me hacía sentir feliz. Y lo cierto es que ahora tengo una sensación similar. He salido de un lugar en el que no quiero estar a través de un agujero, pero tampoco sé muy bien dónde estoy ahora.

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Proceso creativo. Lomasko dibuja directamente los actos de los que es testigo: una protesta vecinal; un reformatorio; el juicio contra Navalni; un club gay clandestino en Kirguistán... o una activista que se manifiesta en el centro de Moscú con un cartel que dice: «Lo que yo y otras chicas soñamos: dinero, amor, un coche y que Putin muera esta noche».

XL. ¿Cómo se veían los mitos soviéticos desde la infancia?

V.L. Lenin era omnipresente, había imágenes y esculturas por todas partes. En la escuela teníamos el típico libro infantil El pequeño Lenin y lo que nos decían es que era el abuelo de todos. Pero yo no quería compartir a Lenin con los demás, quería a mi abuelo para mí sola y un día tomé una decisión: «Yo seré Lenin». Y exigí a mis padres que en casa me llamaran Lenin. [Risas]

XL. Todo suena terrible y a la vez casi a una fábula. ¿Era entonces Rusia más inocente o sólo usted lo era?

V.L. Todos lo éramos, porque de algún modo nos mantenían colectivamente en un estado infantil de vida no adulta. Desde el principio tu existencia estaba escrita y programada: primero te daban una educación, luego te mandarían a un trabajo y en algún momento a la jubilación. Es verdad que también tenía sus ventajas porque sabías que nunca ibas a pasar hambre, pero escogían por ti y no tomabas decisiones. Por eso mismo la generación que nació en la Unión Soviética no entiende este mundo tan complejo y le gusta la seguridad que ofrecen las ideas de Putin.

«Mi padre era un pintor que vivía de producir propaganda soviética. Odiaba el régimen, pero nuestra casa estaba llena de cuadros de Lenin y de campesinos con la hoz»

XL. ¿Por qué se fue de Rusia el pasado 5 marzo?

V.L. En primer lugar porque estoy en contra de la guerra contra Ucrania y no quiero tener nada que ver con el estado agresor. Putin afirma que está haciendo la guerra en nombre de todos los rusos, pero eso no significa ni mucho menos que todos lo apoyen. Hay que separar al dictador criminal de su pueblo. Me da rabia cuando leo en los medios occidentales que el 80 por ciento de los rusos están a favor de la guerra porque no es verdad. En realidad, la gente está atenazada por el miedo, no son héroes ni se ven capaces de salir a luchar contra el régimen con los brazos desarmados, pero eso no significa que sean criminales. Por lo general, los rusos hoy se sienten aplastados y humillados. ¿Quién puede exigirles que sean héroes?

«Mi mayor miedo es volver a vivir en un país totalitario, donde unas personas psíquicamente inestables puedan ser los dueños de mi vida. En Rusia tenemos asesinos en el poder»

XL. ¿Cómo era su situación personal en Moscú?

V.L. Insoportable. Yo llevaba diez años sin poder publicar en Rusia y desarrollando gran parte de mi trabajo fuera del país. Pero durante los dos años que duró la pandemia, no pude salir porque los visados ​​habían terminado y no teníamos vacunas homologadas en el resto del mundo que nos permitieran viajar. He vivido con una permanente sensación de miedo y angustia, y ahora todos los que se han quedado están en ese estado. Si te soy sincera, el mayor miedo de mi vida es volver a vivir en un país totalitario, cerrado, donde unas personas psíquicamente inestables puedan ser los dueños de mi vida. Porque ahora mismo en Rusia tenemos asesinos en el poder, y no sólo asesinos de los ucranianos. Este miedo me perseguía, así que decidí huir de ese thriller y no quedarme sentada esperando a que me declararan 'agente extranjero', porque mi vida en Moscú los últimos días fue como una auténtica película de terror.

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Coraje artístico. Lomasko es una artista reconocida en Europa, por su talento y por su valor. Ha sido premiada por el Pen catalán con el Veu Lliure 2022 (Voz Libre), un galardón que se otorga a un autor que haya sido perseguido por sus escritos; y en el reciente Festival de Cómic de Angoulême, con el Premio al Coraje Artístico.

XL. En el libro de La última artista soviética cuenta que durante la pandemia salió ilegalmente en el maletero de un coche para poder vivir las manifestaciones antiLukashenko en Bielorrusia.

V.L. Vivirlas y, sobre todo, contarlas. Las fronteras estaban cerradas, pero yo tenía muchas ganas de ir a Bielorrusia y contar esa historia. De hecho, si la revolución hubiese triunfado, me habría quedado allí. Pero ya sabemos cómo acabó: hubo represión, torturas, violencia. Yo había entrado de forma ilegal, así que me habrían podido hacer desaparecer muy fácilmente.

XL. ¿Considera que su trabajo es político?

V.L. Sí, se ha convertido en un trabajo político por culpa del tiempo y los acontecimientos que me han tocado vivir, pero tengo que reconocer que he ejercido el papel de la denuncia sin tener realmente esa vocación. En Minsk (Bielorrusia) no actuaba como un sujeto político, sino como una artista que tenía ganas de dibujar. Además, estaba convencida de que los manifestantes acabarían ganando y quería ser testigo de aquel momento histórico. En cambio, presencié como el pasado soviético caía como una losa sobre nuestras cabezas y exterminaba a un montón de gente.

XL. Después de su anterior libro, Otras Rusias, en este último se acerca a las exrepúblicas soviéticas. ¿Qué ignoramos de estos países que deberíamos saber?

V.L. Lo primero que hay que decir es que cada uno de estos países tiene unas características propias. Por ejemplo, en Asia Central, está Kazajistán, que es un país muy grande y muy rico. A su lado está Kirguistán, que es un país muy pequeño y muy pobre, pero precisamente por eso, también muy libre. Uzbekistán tiene un régimen muy parecido al de una dictadura; y está Turkmenistán, que es una sociedad completamente cerrada detrás de un telón de acero y que tal vez sólo podría compararse con Corea del Norte. La diferencia entre Turkmenistán y Kazajistán es colosal. Por ejemplo, si vas a Londres verás a un montón de gente de Kazajistán, pero de Turkmenistán no vas a encontrar a nadie.

«Las exrepúblicas soviéticas son muy diversas. Georgia y Armenia son vecinos, pero no tienen nada que ver. Armenia depende en todo de Rusia y hablan ruso. Georgia quiere entrar en la UE y todos sus jóvenes hablan inglés»

XL. Y qué relación tienen estos países con Putin y con lo ruso. ¿Se quieren acercar o se quieren alejar?

V.L. Hay que ver cada país por separado porque tratarlos como si fueran lo mismo es una aproximación colonialista. Por ejemplo, tenemos Georgia y Armenia, que son dos países pequeños y, además, vecinos. Pero no tienen nada que ver el uno con el otro. Georgia quiere entrar en la Unión Europea y mira hacia Occidente: todos sus jóvenes hablan en inglés. Y, en cambio, Armenia depende económicamente de Rusia y lo que hablan los jóvenes es ruso. Y entre los intelectuales de ambos países hay muchas tensiones porque los georgianos no respetan a los intelectuales armenios, precisamente por su dependencia de Rusia.

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Un largo camino. Lomasko publica en España su último trabajo, con el que pretendía expandir su investigación hacia los quince países que formaban la extinta Unión Soviética. Un proyecto truncado a la mitad a causa de la pandemia, por lo que la segunda parte del libro se centra en su experiencias en Moscú durante ese periodo.

XL. ¿Por qué hay en la sociedad rusa un rechazo tan visceral contra los movimientos LGTBI?

V.L. A finales de los 90 y principios de los 2000 cuando estudiaba y vivía en Moscú la ciudad estaba llena de gente difícil de clasificar. Había muchos punks, el género era imposible de averiguar a simple vista y en el metro te encontrabas con personas que parecían de otro planeta. Entonces nadie tenía nada en contra. Pero a partir del regreso de Putin, tras el periodo de Medvédev, el presidente marioneta, hubo un salto muy evidente hacia atrás. La televisión fue fundamental en la construcción ese discurso de odio antiLGTBI.

XL. ¿Cómo ve su futuro ahora mismo? ¿Qué es lo que quiere?

V.L. Quiero trabajar con mi estilo visual con un lenguaje más simbólico y poético, e intentar quedarme en Europa. Y si finalmente no puedo quedarme, voy a describir la experiencia de no haberme podido quedar. Aquí he encontrado a muchas personas que me han apoyado a nivel individual, como mi editora en Godall, Matilde Martínez, pero Europa y sus instituciones practican el humanismo selectivo. Desde que me marché de Rusia he dado muchas entrevistas porque cada periodista quiere escuchar algunas cosas sobre la desgracia y la responsabilidad colectiva de todos los rusos, pero yo estoy convencida de que cada persona es responsable de su propio camino. No hay naciones culpables o inocentes, son las personas quienes son honestas o no.


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La última artista soviética, de Victoria Lomasko (Sérpujov, 1978), editado por Godall.