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Carrie Fisher Leyendas del cine Bipolar, alcohólica... Un talento de otra galaxia al borde del precipicio

Sufría un trastorno bipolar, consumía drogas y alcohol desde niña y tenía un talento fuera de lo común. La leyenda de Hollywood Carrie Fisher se asomó al precipicio muchas veces a lo largo de su vida. Pasará a la historia por ser la princesa Leia de Star Wars, pero su historia es mucho más alucinante.

Por Fernando Goitia

Viernes, 07 de Octubre 2022

Tiempo de lectura: 8 min

Hay momentos que definen una vida. En el caso de Carrie Fisher sucedió cuando tenía 19 años. Fue una llamada muy breve de su agente, Wilt Melnick, el mismo que representó a su madre durante décadas. Sonó el teléfono y todo cambió para siempre. «–¿Carrie? –¿Sí? –Han llamado. Te quieren a ti. Hubo un silencio. –¿Me quieren a mí? Es decir... ¿a mí?»

Carrie acababa de conseguir el papel de la princesa Leia. Un personaje que la perseguiría toda su vida. No en vano, el único héroe femenino de La guerra de las galaxias la convirtió en un mito del cine de la noche a la mañana. Un estatus para el cual, pese a ser hija de dos megaestrellas del espectáculo, nada ni nadie la había preparado.

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Una madre singular. Carrie, con dos años, con su madre, la actriz Debbie Reynolds. Unos meses antes, su padre, Eddie Fisher, dejó a su madre por Liz Taylor.

Después vendrían serios problemas con las drogas y el alcohol, un matrimonio relámpago con el cantante Paul Simon, una sobredosis casi fatal, la rehabilitación, un trastorno bipolar, un marido que la dejó por un hombre, una hija, terapias electroconvulsivas e instituciones mentales. Todo ello mientras desarrollaba una brillante carrera como guionista y aprendía a lidiar con todas las implicaciones de ser Carrie Fisher y la princesa Leia a un tiempo. Cuestión esta en la que desempeñó un papel terapéutico capital su producción literaria, en la que, siempre con humor y sarcasmo, aireó sus trapos sucios.

Carrie era sólo una niña de nueve años cuando su madre ya le daba pastillas para dormir

Es lo que hizo, por última vez, en El diario de la princesa, donde reveló su romance con Harrison Ford –14 años mayor que ella, casado y con dos hijos– en el rodaje de la primera entrega de la saga galáctica. Un mes después, a los 60 años, Fisher fallecía por un fallo cardiorrespiratorio, un día antes que su madre, y El diario… se convertía en un meteórico superventas post mortem.

«Nadie imaginaba que aquella película causaría el efecto que causó –comenta Fisher–. Ninguno entendíamos lo que estaba ocurriendo. Era como ser uno de los Beatles. En adelante viviría rodeada de cámaras. Y solo tenía veinte años».

Un cuento sin hadas

Fisher, en realidad, ya había nacido rodeada de cámaras. Era la hija de Debbie Reynolds, estrella de Cantando bajo la lluvia, y Eddie Fisher, cantante con más Nº1 consecutivos que los Beatles, una pareja –conocida como los «novios de América»– ante la cual Brad Pitt y Angelina Jolie parecerían Paco Martínez Soria y Florinda Chico. Por si eso fuera poco, teniendo Carrie apenas 18 meses, Eddie se largó con la recién enviudada Liz Taylor y todo lo que rodeaba a sus padres se convirtió, en palabras de Fisher, «en el alimento enloquecido de la prensa del corazón de mediados del siglo XX».

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Un debut todo lo alto. La actriz con Warren Beatty en el rodaje de Shampoo, en 1975, su primer papel en el cine.Foto: Getty Images

Carrie, más tarde, se culparía en parte por ese abandono paterno. «El único motivo que pudo tener para largarse era que yo había supuesto una inmensa desilusión», revela en El diario…, un libro que recoge esta despiadada descripción de su progenitor: «Eddie Fisher actuó en clubes nocturnos hasta que dejaron de pedírselo. Cuando no se lo pedían, se debía, en parte, a que ya no era relevante y, en parte, a que se mostraba más interesado por el sexo y las drogas. Era muy capaz de no presentarse y su voz estaba muy afectada por su estilo de vida libertino. Inyectarte anfetaminas durante 13 años estropea cualquier carrera».

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Su amor secreto. Carrie contó en en El diario de la princesa su romance con Harrison Ford, 14 años mayor que ella, casado y con dos hijos, durante el rodaje de Star Wars.

En materia de adicciones, su madre, que desde los nueve años le dio pastillas para dormir, tampoco ejerció como modelo ejemplar. En su biográfica novela Postales desde el filo, Fisher la retrata como una alcohólica depresiva y con un frágil equilibrio. Debbie, además, sacó a sus dos hijos del instituto para que la acompañaran –Carrie como corista, Todd a la guitarra– en su show por clubes nocturnos de Las Vegas, Broadway y buena parte de EE.UU.

Carrie, con 15 años, solía darse el lote en los vestuarios con uno de los bailarines. «Mi madre lo sabía y un día me dijo: ‘Si quieres acostarte con él, te observaré. Así podré darte instrucciones’. En aquel tiempo mi madre estaba realmente perturbada; su vida se estaba desmoronando». Años más tarde, por cierto, cuando Debbie ya no podía tener hijos, le insistiría a Carrie para que fuera ella la que engendrara un hijo con su marido.

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Carrie con 21 años. A esta edad experimentó su primer viaje con LSD.

No es de extrañar que con 17 años se apuntara a una escuela de arte dramático en Londres. «Fue la oportunidad para dejar de vivir en la misma casa o el mismo país que mi madre. De hecho, los dos años que pasé allí fueron el único momento de mi vida en que no estuve sometida a escrutinio público».

«El porro eliminaba todas mis certezas cuando estaba con Harrison Ford y las convertía en una intensa paranoia»

Antes de eso, a los 13, había empezado a tontear con la marihuana, hábito que intensificó en el trimestre de rodaje de La guerra de las galaxias, empujada por su compañero de reparto y amante de fines de semana Harrison Ford. Fumar aquel «fortísimo» material, asegura, afectó a sus recuerdos de la época. «El porro eliminaba todas mis certezas cuando estaba con Harrison y las convertía en una paranoia tan intensa que me dejaba sin aliento –revela en El diario…–. Lo que recuerdo de los escombros de mis neuronas es la incomodidad que sentía al despertar y al dormirme, tratando de decir algo que no fuera: ‘¿me amas?’ o ‘¿por qué estás conmigo?’».

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Siempre amigos. Con Paul Simon, su primer marido. Se casaron en 1980 y aunque sólo estuvieron juntos 11 meses siempre conservaron una buena amistad.

Preguntas que reflejan la desazón con la que Fisher vivió aquella relación, a la que denominó 'Carrison', con un Ford que apenas hablaba en la intimidad de sus fines de semana ni le mostró sus sentimientos. Según cuenta en El diario..., lo único que dijo que revelara cierta complicidad entre ambos fue esta conversación al final del rodaje: «Soy una paleta», le dijo Fisher. «No –replicó Ford–. Te subestimas. Si acaso, eres una paleta lista. Tienes los ojos de una cierva y las pelotas de un samurái». Después, se despidieron y no volvieron a acostarse ni a mencionar que habían estado juntos.

Carrie tenía 24 años cuando un psiquiatra le confirmó que sufría un trastorno bipolar

Fisher, por cierto, se enrolló con Ford una noche de borrachera, al inicio del rodaje, aunque, por aquel entonces, apenas bebiera. «Yo siempre decía que era alérgica al alcohol –contó una vez–, pero esa es, precisamente, la definición de alcoholismo: una alergia del cuerpo y una obsesión para la mente».

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Mientras el cuerpo aguante... En el desfile de Giorgio Armani en 1980. En sus años más locos.

Cuatro años después, en el rodaje de El imperio contraataca descubrió la cocaína, tras haber pasado ya por varias experiencias lisérgicas. «No es que me entusiasmaran las drogas –llegó a confesar–, pero no me gustaba cómo me sentía. No estaba en paz con mis emociones, necesitaba una coraza. Así que tomaba lo que fuera. ¿No dicen que la religión es el opio del pueblo? Pues yo tomé grandes cantidades de opiáceos religiosamente».

La heroína fue el siguiente, y último, paso; hasta que, tras una casi fatal sobredosis allá por 1985, dio con sus maltrechos huesos en un centro de rehabilitación. Tenía 29 años, pasó allí 30 días y consiguió limpiarse.

Entre dos mundos

Para Fisher, las drogas funcionaron como un asidero al que agarrarse ante un enemigo desconocido que la perseguía desde la adolescencia. «Mi padre era bipolar –reveló hace unos años–. Sentí que algo no iba bien una vez que, tenía yo 14 años, me dijo: ‘Mira lo que he traído de Asia’. ¡Había comprado 180 trajes de seda cada uno de un color diferente! También fue un adicto, así que entendí que todo lo que era extraño en mí provenía de él. Mi madre, por cierto, lo veía de otro modo: ‘Eso, cariño, es la parte judía’, solía decir».

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Y también actriz. Con su única hija Billie Lourd en la premiere de El despertar de la fuerza en 2015

Carrie tenía 24 años cuando un psiquiatra le diagnosticó un trastorno bipolar. «Me enfadé. Pensé que era una excusa para no tratarme. De hecho, es muy difícil diagnosticar a alguien que abusa del alcohol y las drogas, ya que tu comportamiento en esas circunstancias es de por sí bastante bipolar».

«Mi exmarido (Bryan Lourd) me explicó que yo le volví gay. Por lo visto, es un superpoder que tengo»

Pasaron cinco años, y varios episodios maniacodepresivos, hasta que lo aceptó. Para entonces, ya estaba rehabilitada. «Llevaba un tiempo sobria y pensaba que con eso ya se había solucionado todo: Bueno, ya está. Mis problemas eran el alcohol y las drogas, así que no necesito terapia’. Pero un año después estaba a punto de volverme loca».

Desde entonces, Fisher aprendió, con ayudas farmacológicas, terapia electroconvulsiva y alguna que otra estancia en centros psiquiátricos, a convivir con sus problemas de salud mental. Por el camino, en todo caso, nunca dejarían de sucederle todo tipo de peripecias. Se casó, por ejemplo, con Bryan Lourd, un hombre que la ayudaría a convertirse en madre antes de dejarla por otro hombre. «Se le olvido decirme que era gay. Bueno, a él se le olvidó contármelo y a mí darme cuenta. Más tarde me explicó lo que había pasado: yo le volví gay. Por lo visto es un superpoder que tengo», contaba, desplegando sarcasmo, en Wishful drinking, su primer libro de memorias.

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Por las redes. «Mi cuerpo es sólo el recipiente de mi cerebro» o «siento no haber envejecido tan bien como mi mete», respondía a las críticas por dejar ver las arrugas de su rostro.

A todo esto hay que añadir su identificación, para millones de personas, con la princesa más carismática de una galaxia muy muy lejana. «¡Princesa, princesa!». Fisher escuchó miles de veces estas palabras de labios de fans entusiastas que la abordaron en todo tipo de circunstancias. «Con el tiempo, nos fusionamos en una sola persona». Fisher perdió la cuenta, de hecho, de los hombres que le confesaron que ella –es decir, Leia– había sido su primer amor. «Recuerdo a un tipo que se acercó y me dijo: ‘Pensé en ti todos los días entre los 12 y los 22 años’. ‘¡Todos los días!’, repliqué. Y el hombre añadió: ‘Oh, sí, al menos cuatro veces al día...’. ¿Qué respondes ante algo así? ¿Gracias? Al menos, debería haberle preguntado: ‘¿Qué te ocurrió a los 22?’». Una anécdota que remataría años después con un: «Si hubiese sabido cuántas masturbaciones iba a generar...».