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Mi madre, Ana María Matute

Ana María Matute hacía un cuento hasta de las comidas. Nos lo revelaba su hijo, Juan Pablo Goicoechea, al recordar la vida de la genial escritora, que nos dejó hace ahora una década. Con él repasamos la vida de la autora de Olvidado rey Gudú.

Jueves, 29 de Febrero 2024

Tiempo de lectura: 9 min

Cuando era pequeño, a Juan Pablo no le gustaban las judías verdes. Su madre desplegaba entonces su infinita imaginación. Las machacaba con un tenedor, las convertía en un campo arado o en un huertecito y comenzaba a narrarle la historia de un niño que una vez se perdió y, «naturalmente, me engatusaba y me las comía todas. Mi madre hacía un cuento hasta de las comidas», comenta Juan Pablo. «Siempre fue alegre, hasta el último momento».

Juan Pablo nos recibía en el domicilio familiar, un ático de Barcelona lleno de recuerdos donde la escritora vivió sus últimos 20 años acompañada de su hijo y de su nuera, Marisol. Juan Pablo es un hombretón. Se parece a ella cuando la escritora era una mujer grande; después, tras un ingreso en el hospital, se quedó delgada y pequeñita. Pero, a diferencia de su madre, Juan Pablo no es amigo de las entrevistas. «He acompañado a mi madre a muchos sitios, pero nunca he querido salir en los medios, aunque ella lo intentó muchas veces. ¡Ay, si me viera ahora!, pensaría: ‘Anda, ¡me he tenido que morir para que salga!'».

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Un vistazo a los recuerdos. Juan Pablo Goicoechea ojea las cartas, las fotografías, los libros y los recuerdos de su madre en el ático barcelonés en el que la escritora vivió sus últimos 20 años.

La figura de Juan Pablo, sin embargo, siempre aparecía en las entrevistas de Ana María. Lo mencionaba a menudo, hasta cuando pedía un gin-tonic con la excusa de «ahora que no me ve mi hijo». ¿Sabía Juan Pablo que su madre se tomaba alguna copita? «Claro. Yo no la dejaba porque estaba contraindicado con su medicación, pero hacía la vista gorda. Mi madre tenía un baremo curioso para calificar a los médicos. Si tenían buena conversación y le decían que con un wiski al día no pasaba nada, entonces eran buenos médicos; si no, ‘no tenían ni idea’. Recuerdo también que un día en un tren camino de Madrid pidió una cerveza a las diez de la mañana y el camarero no se la quiso servir. ‘¡Este es un resentido social’!, nos dijo».

«¡Claro que sabía que mi madre bebía! Ella distinguía entre los médicos que la dejaban beber y los que no»

Cuenta Juan Pablo que Ana María era muy cariñosa con él. Que, en general, le interesaban las mentes de todos los niños y participaba en su mundo: «No recuerdo grandes trifulcas ni cuando yo era adolescente. Ni siquiera me regañaba con las pellas. Me decía que no debía hacerlas, pero era tolerante. No le gustaba mandar».

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La juventud. Escribe su primera novela –Pequeño teatro– a los 17 años, pero fue publicada 11 años más tarde. En 1949, Luciérnagas queda semifinalista del premio Nadal. La censura impide la publicación.

Solamente se puso dura con él una vez, cuando Juan Pablo tenía 17 años. Quería ser paracaidista. Pero, como era menor, necesitaba su firma para inscribirse. Ella se la negó. «Pero la falsifiqué. El talento no se hereda, pero sí algunas actitudes. Coincidió con la Marcha Verde y eso no le gustó nada a mi madre. En algunas cosas la he hecho sufrir, porque no he sido como ella quiso».

De niña, la escritora tuvo una relación maravillosa con su padre; con su madre, sin embargo, le costó llegar al entendimiento. «Mi madre me contaba que su padre era muy comprensivo con sus fantasías», cuenta Juan Pablo. Ana María decía que su padre era Ulises y su madre, el Cid Campeador porque era una mujer austera, castellana vieja y era la que estaba en casa, la que tenía que poner disciplina. «Mi madre era Ulises, como mi abuelo», concluye Juan Pablo.

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La bebida. Ana María Matute nunca ocultó que bebía ni que pasó una etapa sumida en la depresión. En la imagen, con su sobrina Colita –la fotógrafa 'oficial' de la Gauche Divine– en su casa de Sitges.

Ana María hablaba mucho sobre su propia infancia: conservó hasta el final a Gorogó, el muñeco que le trajo su padre de Londres cuando ella tenía cinco años. En Mansilla de la Sierra, el pueblo riojano adonde iba de niña, vivió una de las etapas más felices de su vida, con Conchita, José Antonio, José Luis y María Pilar, los hermanos Matute. «Excepto la mayor, Conchita, que era un alma bendita, los hermanos eran la piel de Barrabás», dice Juan Pablo.

La infancia fue feliz, pero Matute vivió una vida adulta dura. En 1963, cuando su hijo tenía nueve años, se divorció de Ramón Eugenio de Goicoechea. Le quitaron la custodia y solo pudo ver a su niño gracias a la generosidad de su suegra y su cuñada, que se lo dejaban a escondidas. «Yo no recuerdo peleas entre mis padres, era una convivencia afable. Luego, yo me fui a vivir con mi abuela paterna, y mi madre me iba a buscar los sábados: íbamos al cine y a merendar, siempre en taxi, porque nunca condujo. De la separación y de aquellos años, yo sabía lo que tenía que saber. Mis padres se volvieron a ver cuando yo me casé con mi primera mujer, nada más».

«Yo no recuerdo peleas entre mis padres, era una convivencia afable. Luego, yo me fui a vivir con mi abuela paterna, y mi madre me iba a buscar los sábados. De la separación, yo sabía solo lo que tenía que saber»

Ya de adulto, ella le decía: «Ay, Dios mío, ¿dónde se ha ido mi niño de los sabaditos?». Esto se lo decía cuando tenían una controversia o diferencias de opinión. «En esos sabaditos, a veces me llevaba a ver películas de mayores. Le daba dos duros de propina al acomodador para que me dejara pasar. Mi madre apuraba la vida las 24 horas del día, cada minuto de cada hora. Siempre alegre».

Cuando la escritora recuperó la custodia de su niño, acabó su pesadilla y comenzó su etapa americana. «Cuando fui adolescente, nos fuimos a Indiana. Allí, ella daba clases de Literatura Española en la Universidad de Bloomington y comenzó su relación con Julio Brocard, su segundo marido, aunque no vivían juntos. Mi madre disfrutaba con sus clases. Los fines de semana hacíamos excursiones. Éramos muy felices los dos».

La madurez. Por su frágil salud, su infancia la pasó con su abuela en Mansilla de la Sierra (La Rioja), adonde volvía mucho. En la imagen de arriba, en un bosque a las afueras del pueblo durante el rodaje de un programa para TVE. Abajo, firmando un ejemplar de una de sus novelas y a la derecha, con su hermana Conchita cuando Ana María apenas tenía un año de edad./
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¿Qué tal se le daba el inglés a la escritora? «Se defendía. Un día en el supermercado, yo estaba poniendo las cosas en la caja. Descargué unas botellas de vino y ¡cómo se puso la cajera! Estábamos en los sesenta en el Midwest: un niño no podía tocar el alcohol. Mi madre se quedó a cuadros y me dijo, emulando a Astérix: ‘Están locos estos americanos'».

Madre e hijo regresaron a España en 1966. Después vinieron los años de Sitges; con Julio y los amigos de la Gauche Divine [Carlos Barral, los hermanos Goytisolo, José María Castellet, Esther y Óscar Tusquets, Ana María Moix ].

Esther Tusquets siempre evocó con nostalgia las cenas que preparaba Matute. Cocinaba muy bien. Pero, explica su hijo, que era muy despistada y se olvidaba de lo que tenía en el fuego. «Ahora, recogiendo sus cosas hemos encontrado un folio con grandes letras rojas en el que ponía: ‘¡Cuidado, patatas en el fuego!’ La cuartilla se la llevaba a la mesa donde escribía para no olvidarse, pero eso no ha evitado que varias baterías de cocina de casa hayan perecido. Sus especialidades eran el arroz con pollo y las ‘patatas Ana María'».

«Entre sus cosas encontramos un folio con grandes letras rojas en el que ponía: ‘¡Cuidado, patatas en el fuego!’ La cuartilla se la llevaba a la mesa donde escribía para no olvidarse»

En Sitges empezó a escribir Olvidado rey Gudú. «Había mucha vida en casa, recuerdo haber visto allí a Cortázar. Iban sus amigos y a mí me encantaba escucharlos. Mi madre era muy creativa, dibujaba de maravilla, a Esther Tusquets le hizo unas joyas con culos de botella; a mi prima Pilar, todo un ballet ruso en recortables. Adoraba las papelerías y las ferreterías. Iba recogiendo cositas por todas partes. Parecía una urraca, cogía todo lo que brillaba. También hacía vestidos de muñecas».

En esa época de Sitges viajó mucho con Julio. Era una gran viajera y enviaba unas postales fantásticas. Le interesaba conocer nuevos mundos, nueva gente, y lo absorbía todo. Le encantaba observar, miraba a la gente por la calle, se inventaba sus vidas, montaba personajes. «¡A veces también se creaba personajes falsos sobre sí misma! A los taxistas les contaba historias tremendas, dramáticas; y los pobres se quedaban hechos polvo. Hasta tenía una libreta llena de nombres propios inventados; la hemos encontrado ahora».

Tras Sitges vino la oscuridad. Ana María Matute padeció una fuerte depresión que la mantuvo apartada de la escritura durante 15 años. «Es su etapa más gris. Yo me había ido a vivir a los Estados Unidos, donde trabajé como piloto. Estuvo muy apartada de todo, aunque conservó buenas amistades, como la de Ana María Moix, Esther Tusquets o Luis Romero, que era un gran amigo de Julio», cuenta su hijo.

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El muñeco de la infancia. Ana María hablaba mucho de su infancia con su hijo. Conservó hasta el final a Gorogó, el muñeco que le trajo su padre de Londres cuando ella tenía cinco años.

A los periodistas nos hablaba con naturalidad de su depresión. «Hablaba de todo explica Juan Pablo. Exponía su vida, no tenía nada que ocultar». Aunque hay una cosa que sí ha ocultado: su habitación, un espacio sagrado donde no han entrado las cámaras.

El 26 de julio de 1990, el día que Ana María cumplía 65 años, Juan Pablo se encontró a Julio tirado en el portal de su casa. El fallecimiento del que Ana María llamaba su ‘marido bueno’, con el que compartió treinta años de su vida, le supuso mucha tristeza, pero no recayó en la depresión, cuenta Juan Pablo. Los últimos años de la escritora los vivieron juntos y cómplices madre e hijo. «Ahí donde la ves, mi madre tenía un carácter muy fuerte. A veces chocábamos. Mi madre no tenía nada de frágil, ni siquiera en lo físico, porque hay que ver todo lo que le pasó, parecía Millán Astray de tantas cicatrices. Vivió con nosotros desde el año 1994. Yo era el único que le decía las cosas que los demás no le decían».

«Mi madre no tenía nada de frágil. Hay que ver todo lo que pasó. Parecía Millán Astray de tantas cicatrices»

En ese ático de Barcelona, con Juan Pablo y Marisol, terminó Ana María ‘Olvidado rey Gudú’, la novela que la hizo renacer. «Nunca consideraba que un libro estaba terminado. Corregía mil veces. Su gran tortura era entregar. La cosa llegó a un punto que una vez Carmen Balcells la secuestró. Se la llevó a su casa y le dijo. ‘Si no lo acabas, no sales’. Y lo terminó», ‘Olvidado rey Gudú’ fue un bombazo. Y ella fue la primera sorprendida. «De nuevo la consideraban como escritora y, además, en el libro aparece su propio universo: lo escribió para sí misma; es el libro que a ella le hubiera gustado leer».

Después llegó el ingreso en la Real Academia, el premio Cervantes, que tan feliz la hizo. En la entrega estuvo con el rey Juan Carlos. «El rey la adoraba y le contaba confidencias y cosas de su infancia. Incluso cuando se enteró de una de las muchas caídas de mi madre [tenía osteoporosis], le envió sus muletas, esas de los intermitentes, que tuvimos que adaptar porque había gran diferencia de altura entre ambos».

Tras Olvidado rey Gudú comenzó una vida ajetreada de jurado en premios literarios, conferencias… «Le encantaba participar, reunirse con su público, viajar, comer, ¡beber!, relacionarse con la gente, estar activa, viva. Así fue hasta los últimos días. Escribió hasta el final, hasta que físicamente no pudo más». ¿Cómo escribía? «No era nada disciplinada, no era Vargas Llosa. Había sido nocturna, pero últimamente era diurna. De noche leía en la cama. Siempre lo hacía tumbada. Cuando escribía, no sabía en qué día estábamos; si era festivo o no: si no se lo advertíamos, no se enteraba de que era Navidad. Se le podía ir el santo al cielo y quemársele las patatas». La escritora murió hace ahora una década, poco antes de cumplir 89 años. «Los últimos tres días sabía lo que iba a pasar y lo vivió con mucha serenidad. Una de las cosas que ha logrado mi madre es morir sin tener enemigos».