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La triste Navidad de los refugiados Ucranianos en España La angustia de tener a papá en el frente

Olesia y sus hijos llevan nueve meses en España. Viven en una residencia de acogida con otras mujeres y niños ucranianos. La convivencia no es fácil, a los adolescentes les cuesta adaptarse y las madres viven con la angustia de no saber si sus maridos siguen con vida. Su historia es la de tantos refugiados. Un tsunami emocional. Siempre con el móvil en la mano.

Por Fátima Uribarri

Viernes, 16 de Diciembre 2022

Tiempo de lectura: 5 min

La despertaron las sirenas. Abrió la ventana y vio los fogonazos de los misiles. Corrió a sacar a sus hijos de la cama. Le costó despertarlos. A la pequeña, de 4 años, la cogió en brazos y salieron pitando. Se metieron en un sótano junto con otras familias. «Me dejé encendidas las luces de casa. Me olvidé por completo de apagarlas», nos cuenta Olesia, de 34 años, con la mirada perdida y las lágrimas resbalando por las mejillas. Llora en silencio. Pero por dentro vive un terremoto. Hemos esperado 50 minutos a que se tranquilizara. No quería hablar con nosotros. Estaba alterada porque le preocupa que las humedades de la residencia donde la han acogido junto con sus cuatro hijos estén perjudicando a su hijo Ylusha, de 5 años, y con tos persistente. Está alterada también porque su hija Yaroslava, de 14, no se adapta a la situación y le repite unas cuarenta veces al día con la vehemencia de la adolescencia que quiere volver a Ucrania. Vive en una montaña rusa emocional constante. Está irritable, vulnerable, emocionada, agradecida, sobrepasada...

La despertaron las sirenas y los misiles. Corrió con sus hijos a un sótano. «Me dejé encendidas las luces de casa», llora Olesia

Olesia y sus hijos viven en un centro de acogida temporal donde la convivencia no siempre es fácil. Los niños se pelean con otros niños, las madres chocan entre ellas... Los nervios están a flor de piel. Viven con el móvil en la mano, pendientes de una aplicación que envía SMS con las noticias de los bombardeos. Olesia tiene a toda su familia en Ucrania. Antes de la guerra, su marido, de 38 años, era vigilante; ahora, patrulla por la frontera con Bielorrusia a bordo de un tanque. «Se ha quedado a defender nuestro territorio», explica Olesia con tristeza y orgullo. Es difícil contactar con él.

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La felicidad de las navidades de ayer. Olesia era camarera y ayudante de cocina y su marido, vigilante. Tenían una buena casa y una buena vida. Celebraban la Navidad con familia y amigos. Olesia y los niños lograron escapar a España gracias a la ayuda de una familia española que había acogido a una de sus hijas algunas temporadas. Olesia espera el traslado a un piso y busca trabajo en España.

Allí pasan días enteros sin luz, apenas hay conexión a Internet. Hace unos días, Olesia logró conectar por videollamada con su hermana. Ha visto que están en casa con abrigo, sabe que apenas hay unas horas de electricidad al día, sabe también que la situación sigue siendo peligrosísima. Se lo repite a su hija cuando la niña se enfada porque quiere volver a casa a toda costa. Claro que ella también quiere volver, pero es demasiado peligroso y eso que «ahora no hay rusos en nuestro pueblo», cuenta Olesia. Los hubo antes de que ella y los niños huyeran a España. «Tuvimos suerte porque a nuestro pueblo, Snonsk, a solo 24 kilómetros de la frontera con Bielorrusia, vinieron soldados rusos de ojos asiáticos que bebían sin parar. Saquearon la tienda y volaron los puentes, pero estaban tan borrachos que volaron los puentes equivocados. Tuvimos suerte porque no nos hicieron nada. En otros pueblos fue mucho peor, violaron, masacraron», dice.

«Yo trabajaba y mi marido también, comprábamos regalos y venían amigos a casa. Ahora estoy sin trabajo y sola con los niños. La Navidad es dura»

También fueron afortunados porque su hija Zaryana, de 9 años, había pasado temporadas con una familia española y desde el primer momento esta familia se puso en contacto con ellos para ayudar. «Estoy muy agradecida a Rocío –dice Olesia–, primero estuvimos en su casa, pero ella tiene tres hijos», cuenta. Llegaron a España el 17 de mayo pasado. Este es el segundo centro de acogida en el que están. Es una solución temporal hasta que encuentren un piso para ellos. Hasta entonces, los días de Olesia consisten en llevar y traer a los niños del colegio, estudiar español cuatro días a la semana y pensar en Ucrania de manera obsesiva. «Mi padre está en el hospital porque ha tenido un accidente y quiero enviar allí el dinero que me han dado aquí para comprar ropa, pero me dicen que no puedo hacer eso, que me los tengo que gastar en ropa», comenta.

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Una adaptación difícil. La hija de 14 años cuenta que ha sufrido el rechazo de algunos compañeros en el colegio. Olesia, la madre, vive pegada al teléfono, pendiente de los bombardeos en Ucrania, donde se ha quedado su marido luchando. Tiene, además, a su padre enfermo. Aquí, en su habitación de la residencia de acogida.

Miedo a las ataduras

Su hija Yaroslava se suma a la conversación. No le gusta el colegio, no le gusta su vida en España. Hay niños de su clase que le han dicho: «¿Qué haces tú aquí?», y nos responde a nosotros: «No somos unos miserables, teníamos una buena casa en Ucrania y aquí estamos en una habitación con humedades. Hemos huido porque nos invadieron», dice enfadada.

Cuando su madre nos cuenta que quiere trabajar, cuidando ancianos, en una cocina o limpiando, Yaroslava, que a ratos muestra una madurez chocante a sus 14 años, deja entrever de pronto el columpio emocional que vive por dentro y se irrita porque no quiere ataduras con España. Quiere volver a Ucrania. «Mi marido me insiste en que, aunque no estemos a gusto, no volvamos aún», explica Olesia. Y de nuevo asoman las lágrimas.

«Tuvimos suerte porque a nuestro pueblo vinieron rusos que bebían y robaban. Pero no nos hicieron nada. En otros sitios fue peor: violaron y masacraron»

No quiere gastar el dinero que reciben para subsistir en España. Prefiere enviarlo todo a Ucrania para ayudar a su familia y que operen a su padre. «Pero los niños piden cosas, chuches. Yaroslava hace muy bien la manicura, me ha pedido que le compre una lámpara para secar las uñas porque quiere sacar un dinerillo así. Pero no se lo voy a comprar, el dinero tiene que ir a Ucrania», dice Olesia.

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La noche de San Nicolás. Olesia y sus hijos conviven en una residencia con otros 30 refugiados ucranianos. Esta noche, como cada 18 de diciembre en Ucrania, San Nicolás les dejará sus regalos: son sus reyes magos. Los hijos pequeños de Olesia han pedido juguetes; ella y su hija mayor, de 14 años, han pedido «volver a casa». El día 24 cenarán con un grupo de voluntarios españoles.

Estas Navidades van a ser duras. «Las afrontaremos como podamos. En Ucrania yo trabajaba (era camarera y ayudante de cocina) y mi marido también. Comprábamos regalos, nos juntábamos con la familia, amigos. Ahora aquí, sin dinero, sin trabajo y sola con los cuatro niños será diferente», asegura. Los 30 ucranianos de este centro de acogida cenan hoy todos juntos. Esta noche es la de San Nicolás en Ucrania, son sus Reyes Magos. Los pequeños han pedido juguetes. Olesia y Yaroslava solo quieren volver a casa.


Etiquetas: Guerra de Ucrania