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La angustia de tener a papá en el frente

La triste Navidad de los ucranianos en España Ucranianos en España

La angustia de tener a papá en el frente

Olesia y sus hijos llevan nueve meses en España. Viven en una residencia de acogida con otras mujeres y niños ucranianos. La convivencia no es fácil, a los adolescentes les cuesta adaptarse y las madres viven con la angustia de no saber si sus maridos siguen con vida. Su historia es la de tantos refugiados. Un tsunami emocional. Siempre con el móvil en la mano.

La despertaron las sirenas. Abrió la ventana y vio los fogonazos de los misiles. Corrió a sacar a sus hijos de la cama. Le costó despertarlos. A la pequeña, de 4 años, la cogió en brazos y salieron pitando. Se metieron en un sótano junto con otras familias. «Me dejé encendidas las luces de casa. Me olvidé por completo de apagarlas», nos cuenta Olesia, de 34 años, con la mirada perdida y las lágrimas resbalando por las mejillas. Llora en silencio. Pero por dentro vive un terremoto. Hemos esperado 50 minutos a que se tranquilizara. No quería hablar con nosotros. Estaba alterada porque le preocupa que las humedades de la residencia donde la han acogido junto con sus cuatro hijos estén perjudicando a su hijo Ylusha, de 5 años, y con tos persistente. Está alterada también porque su hija Yaroslava, de 14, no se adapta a la situación y le repite unas cuarenta veces al día con la vehemencia de la adolescencia que quiere volver a Ucrania. Vive en una montaña rusa emocional constante. Está irritable, vulnerable, emocionada, agradecida, sobrepasada...

La despertaron las sirenas y los misiles. Corrió con sus hijos a un sótano. «Me dejé encendidas las luces de casa», llora Olesia

Olesia y sus hijos viven en un centro de acogida temporal donde la convivencia no siempre es fácil. Los niños se pelean con otros niños, ... las madres chocan entre ellas... Los nervios están a flor de piel. Viven con el móvil en la mano, pendientes de una aplicación que envía SMS con las noticias de los bombardeos. Olesia tiene a toda su familia en Ucrania. Antes de la guerra, su marido, de 38 años, era vigilante; ahora, patrulla por la frontera con Bielorrusia a bordo de un tanque. «Se ha quedado a defender nuestro territorio», explica Olesia con tristeza y orgullo. Es difícil contactar con él.

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