Caos en Reino Unido
¡Es el 'brexit', estúpido!
Querían menos inmigrantes y votaron a favor de la salida de la Unión Europea. Ahora, la mano de obra procedente de Europa del Este que sustentó su modelo económico ya no puede entrar en Gran Bretaña. El resultado: falta personal en todos los lugares donde el trabajo es duro, sucio y está mal pagado. Y los británicos empiezan a padecer las consecuencias. Te lo contamos
La ropa sucia llega hasta la calle. Abarrota los grandes carros de lavandería que bloquean la entrada de este edificio de ladrillo al noreste de Londres. Daniel Browne, de 53 años, va ya con más de 24 horas de retraso en sus entregas. No da abasto. «¡Qué caos de mierda!», exclama. El director de la lavandería industrial Blossom & Browne's Sycamore aparta de un empujón uno de los carros y atraviesa las cortinas de plástico que protegen la entrada a la nave principal. En su interior, docenas de mujeres y hombres acarrean toallas, fundas de almohada y sábanas, las meten en lavadoras y secadoras, las doblan, las planchan, las cosen. Y sudan sin parar.
Casi todos son de Europa del Este; la mayoría, búlgaros. «Sin ellos estaría perdido», dice Browne. El problema es que son muy pocos. Dos años ... atrás, su empresa –un negocio familiar desde hace tres generaciones– tenía 130 empleados. Ahora son 70, muy pocos para poder atender a todos sus clientes. A lo largo de estos últimos meses ha tenido que cancelar un tercio de sus contratos, muchos de ellos con años de antigüedad, el último esta misma mañana, por SMS. «Es terrible, pero inevitable», resume Browne, y añade que está diciendo que no a clientes dispuestos a pagarle más por sus servicios.
El director de una lavandería calcula que el 70 por ciento de sus empleados se marchó de Gran Bretaña durante la pandemia. regresaron a sus casas en Europa del Este y allí se quedaron«La nueva realidad es una pesadilla»
No hay nada que pueda hacer. Los trabajadores inmigrantes que con tanta urgencia necesita no han vuelto: Browne calcula que el 70 por ciento de sus empleados se marchó de Gran Bretaña durante la pandemia y regresaron a sus casas en Europa Oriental, y allí se quedaron. «La nueva realidad es una pesadilla», dice mientras señala el suelo de su nave. Por todas partes hay suciedad. «Ni siquiera encontramos personal para limpiar».
Los británicos abandonaron la UE hace un año y medio. Querían «recuperar el control», como rezaba uno de los eslóganes de los partidarios del brexit. Ahora, cuando tendría que estar produciéndose el prometido despegue económico tras la pandemia del coronavirus, el país está viviendo justo lo contrario: una pérdida total de control.
Tras la salida de la UE, la mano de obra procedente de la Europa del Este ya no puede entrar en el país. El resultado es que numerosos sectores económicos se encuentran paralizados y en muchos lugares se han agravado unos problemas de abastecimiento que comenzaron con la pandemia. Multitud de bares y restaurantes han tenido que cerrar por falta de personal. En los mataderos faltan carniceros y matarifes. Y en los supermercados los clientes buscan en balde papel higiénico y rollos de papel de cocina.
Muchas gasolineras han colgado en sus surtidores carteles de «fuera de servicio» porque no hay suficientes camioneros para transportar la gasolina hasta sus tanques. Con los conductores enfurecidos y peleándose por el poco carburante disponible, el primer ministro, Boris Johnson, ha encargado al Ejército que se prepare para una operación de distribución de gasolina por si fuera necesario.
Y Boris Johnson anuncia que enviará cohetes al espacio...
Gran Bretaña se encuentra a las puertas de un 'otoño del descontento'. El brexit no es el único motivo, pero sí el principal. El Gobierno, por el contrario, repite incansablemente que la situación actual no tiene nada que ver con la salida de la UE.
Hace unas semanas, cuando la crisis de la gasolina empezaba a acercarse a su punto álgido, e incluso los medios conservadores se preguntaban si el Gobierno controlaba el caos o era más bien al revés, ese ilusionista de la política que es Boris Johnson volvió a dar buena prueba de sus dotes de maestro en el arte de la distracción: anunció a bombo y platillo que el año que viene su país lanzará cohetes al espacio desde Cornualles, las islas Shetland y otros lugares. A Johnson ya no le basta con una «global Britain», ahora quiere que sea, en sus propias palabras, una «galactic Britain».
Esa ha sido su estrategia desde que el país le dio la espalda a la UE. ¿Toneladas de pescado pudriéndose en los almacenes británicos? Nada que no se pueda resolver con «buena voluntad» y un poco de «imaginación», respondió Johnson antes de anunciar la construcción de una nueva versión del legendario yate Britannia. Y en verano, cuando la crisis de los combustibles ya era imposible de negar, decretó que en el futuro los comerciantes británicos pudieran volver a vender sus mercancías por libras, onzas y demás unidades de medida imperiales.
¡Chúpate esa, Europa!
Pero los trucos de magia ya no le funcionan. Según las últimas encuestas, solo uno de cada cinco británicos se muestra satisfecho con el curso que está siguiendo el brexit, mientras que una clara mayoría piensa que la salida de la UE crea más problemas de los que resuelve.
Unas voces que últimamente se oyen sobre todo entre los partidarios más fieles de los conservadores, entre los autónomos y los pequeños empresarios.
Y es que el éxodo de trabajadores continúa a toda máquina. Según las autoridades estadísticas británicas, en los dos últimos años han salido del Reino Unido en torno a 300.000 europeos del Este. Falta personal en todos aquellos lugares donde el trabajo es duro, sucio y está mal pagado.
La escasez de camioneros, faltan 100.000 conductores, es de tal calibre que las empresas se pelean por el poco personal disponible, lo que también está contribuyendo a agravar la crisis. «Estas últimas semanas, muchos conductores de camiones cisterna han dejado el trabajo porque ganan más dinero llevando camiones de super-mercados», cuenta Rod McKenzie, director de la asociación de transportistas RHA.
El precio y las colas de la gasolina no son lo único que irrita a los británicos de a pie. Hace pocas semanas, Johnson se saltó una de sus principales promesas electorales y aprobó la subida de impuestos más drástica de los últimos tiempos
Mientras que el sueldo anual habitual en el sector ronda los 50.000 euros, los supermercados están ofreciendo ya 60.000 o más, cuenta. Estas cifras no están consiguiendo que los británicos se suban a la cabina de un camión, pero sí contribuyen a encarecer unos precios que, debido a la escasez de energía y materias primas, ya estaban en un ascenso que hacía mucho que no se veía.
«Una inevitable pérdida de bienestar»
Es una crisis anunciada. Que la economía británica estaría en apuros sin los trabajadores inmigrantes «era algo previsible», dice Jonathan Portes, profesor de Economía en el King's College de Londres. «El Gobierno debería decirle con claridad a los ciudadanos: esto es el brexit, esto en lo que han votado ustedes», cree Portes. La salida de la Unión Europea, en su opinión, no es «una catástrofe permanente», pero le costará al país «una inevitable pérdida de bienestar».
Es una verdad que la gente en el Reino Unido parece reacia a escuchar. Limitar la inmigración fue uno de los motivos centrales para millones de británicos que votaron por abandonar la Unión Europea. Lo que los partidarios del brexit pasaron por alto es que la mano de obra extranjera llevaba mucho tiempo siendo parte fundamental del modelo económico británico.
La falta de personal está acentuando la crisis de abastecimiento, un hecho incuestionable que Boris Johnson y su gente siguen negando con obstinación. Se aferran a la explicación de que solo la pandemia es el origen del problema. Pero esta excusa «ya no convence», comenta Tim Bale, politólogo en la Universidad Queen Mary de Londres. Bale cree que la presente crisis podría convertirse en un peligro para Johnson. «Un Gobierno no puede sostenerse únicamente en una política de símbolos. El circo por sí solo no basta, la gente también quiere pan». Sobre todo porque no es solo la subida de los precios de la gasolina lo que estos días irrita a los británicos de a pie. Hace pocas semanas, Johnson se saltó una de sus principales promesas electorales y aprobó la subida de impuestos más drástica de los últimos tiempos para financiar los sectores sanitario y asistencial. Por si fuera poco, el Gobierno quiere eliminar las subvenciones para personas desfavorecidas aprobadas durante la pandemia. «Y cuando lleguemos a ese punto en el que los problemas afectan directamente al bolsillo y a la vida diaria de la gente, el optimismo de Boris Johnson acabará dejando de funcionar», dice Bale.
Con el brexit, el Reino Unido se encuentra más aislado económicamente que nunca. Para los británicos, ya no hay un mercado único europeo que pueda actuar como factor compensador si se produce una subida de los precios del gas o escasez de combustible y mano de obra.
El Gobierno británico mantiene contra viento y marea su visión del brexit como éxito absoluto, a pesar de lo cual sus declaraciones sobre el tema se van volviendo cada vez más rebuscadas, como prueba el ejemplo dado hace unos días por Dominic Raab. En vez de traer mano de obra del extranjero, el ministro de Justicia propuso que los empresarios «contrataran a expresidiarios británicos para realizar los trabajos esenciales».
A Daniel Browne, el propietario de la lavandería industrial londinense, este tipo de salidas ya no le hacen gracia. Tras el recorrido por las instalaciones, sube las escaleras que llevan a su oficina. Un monitor muestra imágenes en directo de la planta. Browne usa el ratón para pasar de una cámara a otra: un poco de control en tiempos en los que ya no se puede confiar en nada. «La estabilidad que había antes del brexit ha desaparecido–afirma–. La idea de ser independientes era estupenda. La realidad es diferente».
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