Salas desiertas
Arabia Saudí quiere ser Hollywood, pero no ha empezado bien...
Presupuestos abismales auguran titánicos fracasos (a excepción de 'Titanic'). Es el caso de 'Desert Warrior', una superproducción de Arabia Saudí con aspiraciones hollywoodienses —e intención de hacer más amable al régimen— que se ha estrellado en la cartelera.
La idea partía de hacer un cruce entre Lawrence de Arabia y Mad Max. Tomar una historia local, con un toque folclórico, y adaptarla ... con cineastas internacionales para un público global. Una historia legendaria, épica, bigger than life. Un western de Oriente Medio concebido como una película emblemática para la región dentro de la estrategia del gobierno para blanquear sus violaciones de los derechos humanos.
La financiación de Desert Warrior (Guerrero del desierto) partía del fondo soberano saudí y del programa estrella de su gobernante, Mohammed bin Salman, quien cuando llegó al poder hace diez años anunció un plan estratégico —Visión 2030— con el que pondría fin a la relación «adictiva» del país con el petróleo. (Spoiler: no ha ocurrido). Y que en realidad es una campaña de relaciones públicas de miles de millones con el fin de aumentar su poder blando y atraer al turismo.
El plan Visión 2030 pasa por invertir obscenamente en deporte (serán los anfitriones del Mundial de fútbol de 2034), en grandes museos y, más recientemente, en producciones audiovisuales, un terreno donde han cosechado su mayor fiasco.
Desert Warrior, que acabó costando 150 millones de dólares, se estrenó el 24 de abril en Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos, dos mercados donde estaba previsto que tuviera buenos resultados. Pero los peores pronósticos se han superado. El primer fin de semana recaudó 487.848 dólares, cuando su presupuesto era 300 veces mayor.
Rodada en pleno desierto, había que trasladar todo y a 12.000 extras en camiones. ¡Pero no había carreteras!
Las razones para el fracaso son múltiples. «Hay camellos en esta película que merecen más atención que gran parte del reparto humano», escribió David Ehrlich, el crítico de IndieWire. Además, el momento político y el ambiente social no podían ser menos propicios. Publicaciones como Vulture escriben: «En un giro inesperado, Desert Warrior —donde héroes árabes se alzan contra villanos del imperio persa— ha llegado a los cines norteamericanos justo cuando el público deseaba ver cualquier cosa menos guerras en el desierto (…). Los árabes no quieren verla porque no la consideran auténtica. Y a nadie en Occidente le importa la princesa Hind».
Desert Warrior está situada en la Arabia preislámica del siglo VII, en el momento en que varios clanes luchan por la supremacía. La princesa Hind está prometida en contra de su voluntad con Kisra, el despiadado y brutal gobernante del Imperio sasánida (antecedente de Irán). Sin embargo, la joven no está dispuesta a contraer matrimonio y en su huida por el desierto conoce a un misterioso bandido (el actor Anthony Mackie, conocido por sus papeles de super héroe en Marvel) que decide ayudarla. Para tener alguna posibilidad, Hind debe convencer a los clanes en guerra de que se unan (como Lawrence de Arabia, vaya).
En la mayor parte de la cartelería solo aparece Anthony Mackie, por lo que da la sensación de que él es el protagonista de la historia, cuando en realidad Desert Warrior, dirigida por el cineasta inglés Rupert Wyatt, intenta abordar indirectamente un tema por el que Arabia Saudí es a menudo criticada: los derechos de las mujeres.
La película presenta a una gran variedad de hombres combatientes, pero la verdadera guerrera del desierto a la que se refiere el título resulta ser una mujer: Hind (interpretada por la actriz británico saudí Aiysha Hart), quien se resiste a la idea de servir como concubina del emperador sasánida (interpretado por un sobrio y majestuoso Ben Kingsley).
El proyecto nació torcido, sobre todo, por la falta de experiencia en producción de la incipiente compañía saudí MBC Studios, que no aprendió ninguna lección de los grandes fiascos de la historia del cine (Cleopatra, Waterworld, La puerta del Cielo…) y que construía y destruía los escenarios una y otra vez, ajeno a las pragmáticas decisiones de producción de Hollywood.
Filmada en una zona del país a punto de ser remodelada por controvertidos proyectos de construcción, el primer gran enemigo del rodaje fue el propio desierto, sobre todo, porque se decidió desde el principio que todo sería real y se usaría la IA lo mínimo posible. Incluso se contrató a un gran número de personas para limpiar las huellas de los actores sobre las dunas entre toma y toma. Además, a pesar de usar varias capas de ropa y gorros protectores, el director sufrió insolación en repetidas ocasiones. El equipo construyó un enorme plató improvisado en el estacionamiento del Hotel Grand Millennium en Tabuk, refrigerado por ventiladores gigantes para contrarrestar el los 49 grados del abrasador calor del desierto.
El director trajo a miles de extras de Georgia para representar al ejército persa-sasánida e insistió en que los caucásicos interpretaran a los malos
El productor Jeremy Bolt, conocido por su trabajo en la franquicia Resident Evil, le contó al medio especializado Deadline, que ha sido el proyecto más difícil de su carrera. «Estábamos filmando una épica histórica centrada en la batalla en paisajes desérticos. Pero no había nada allí: ni infraestructura, ni equipo, ni material. Tuvimos que traerlo todo de otros países. El esfuerzo del director, el reparto y el equipo fue hercúleo».
Casi todo tuvo que ser transportado en camiones —incluidos los 12.500 extras y equipos de cámara de todo Oriente Medio—, ¡pero no había carreteras!
Para colmo, el rodaje coincidió con la crisis de la COVID-19. Arabia Saudí decidió entonces cerrar la frontera durante seis semanas debido a los protocolos de seguridad y equipos cruciales quedaron fuera del país, lo que implicó un sobrecoste de 20 millones de dólares.
El director, Rupert Wyatt, seleccionó a los extras por región —árabes francófonos, alauitas de Siria…— con el fin de lograr una representación heterogénea de las tribus árabes en la película.Trajo a miles de extras de Georgia para representar al ejército persa-sasánida e insistió en que los caucásicos interpretaran a los malos, tanto por precisión histórica como para que el público los entendiera mejor, de modo que en la secuencia de batalla culminante se pudiera identificar fácilmente quién luchaba contra quién.
Durante la postproducción continuaron los conflictos, pues los productores saudíes creían estar pagando por una una aventura épica al estilo de El último samurái o Braveheart, y lo que Wyatt les estaba ofreciendo era película audaz, atmosférica (y lenta) al estilo de Sergio Leone y sin Tom Cruise.
Para darle un giro, y con el fin de complacer a Bin Salman, los directivos llegaron incluso a plantearse pagarle a Morgan Freeman un millón de dólares para incluir una narración como voz en off.
Una vez terminada, en febrero de 2024, representantes de ventas de AGC International realizaron proyecciones de Desert Warrior para compradores de Netflix, Amazon y todos los grandes estudios, pero ninguno hizo una oferta para adquirir los derechos de distribución. Según publica Vulture, todos decían lo mismo: está muy bien filmada, hay escenas de acción magistrales, pero… «esta película no tiene público después de la guerra entre Israel y Hamás».
Desert Warrior tiene prácticamente nulas posibilidades de recuperar su presupuesto de producción en taquilla. Pero para una compañía con tantos recursos como MBC —que salió a bolsa en 2024 con una valoración inicial de 2200 millones de dólares— un sobrecoste de 80 millones de dólares puede considerarse un simple error de redondeo en el balance anual, un estornudo o las palomitas saladas para Bin Salman…