Matilda Joslyn Gage fue una sufragista estadounidense que tan pronto como en 1852 se percató del ingente número de mujeres inventoras cuyos nombres habían sido suplantados por los de sus maridos o sus jefes o sus hermanos. En el año 1993, su nombre fue propuesto por la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter para bautizar el Efecto Matilda, ese sesgo histórico y cultural en virtud del cual muchas obras y descubrimientos científicos concebidos por mentes femeninas trascendieron con autorías masculinas en un ejercicio de desplazamiento que podríamos comprobar si se mantiene vigente. Las víctimas del Efecto Matilda son legión, incluidas todas las que nunca serán reconocidas ni reparadas. Entre las que sí, Lista Meitner, la física que explicó la fisión nuclear, aunque el Nobel se lo llevó su colaborador; Nettie Steves, descubridora de los cromosas X e Y; Rosalind Franklin, con quien Crick y Watson no compartieron la paternidad de la hélice del ADN; Marie Curie, nunca admitida en la Academia Francesa de Ciencias. Y así un etcétera tan largo como indignante.
La usurpación, claro, incumbe también a las disciplinas artísticas, con una lista igual de sonrojante de señores que se apoderaron de las creaciones de sus compañeras y en muchos casos de sus rendimientos económicos. Entre los más conocidos, el de Margaret Keane, cuya peripecia fue retrada por Tim Burton en Big Eyes. Durante años su marido se atribuyó la autoría y los réditos de esos dibujos de niños y niñas de ojos enormes y llorosos que han cubierto las carpetas de colegio de media humanidad. La reparación llegó después de un juicio surrealista en el que el magistrado instó a la pareja a que demostrara en directo sus habilidades pictóricas con un resultado determinado por un súbito dolor de hombro del esposo. De la estirpe de Keane sería también Zelda Fitzgerald, sospechosa de haber sido mucho más que la musa de Scott, o Fanny Mendelssohn, algunas de cuyas composiciones musicales firmó su hermano.
Con estos antecedentes llegamos al escándalo del Premio Goncourt, de cuya lista de finalistas acaba de ser borrado Thélyson Orélien por ocultar que su original había sido escrito casi en su totalidad por la inteligencia artificial. El reconocimiento que a las mujeres se les negó durante siglos, la IA lo ha logrado en unos meses.