Iván Salgado estuvo entre los 80 mejores ajedrecistas del mundo: «Llegué a niveles de estrés tan altos que ahora nada me parece un problema»

ALEJANDRO CASTILLO / S.F.

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IRINA PETROVA SALGADO

Consiguió el título de Gran Maestro en el 2007 con solo 16 años. Fue el primer español en ganar el Campeonato Iberoamericano en el 2012. Antes de cada torneo, escucha «Losing my Religion» de R.E.M. para distraerse

13 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Rostros inmutables y ojos desafiantes sin parpadear. La única parte del cuerpo que se mueve son las manos: para mover las piezas, para apoyar la cabeza envuelta en pensamientos o para desafiar al rival. El maestro ruso Garry Kasparov decía que el ajedrez de élite roza la tortura mental. En una partida, las piezas blancas y negras van desapareciendo del tablero mientras algo mucho menos visible se consume por dentro. Cuando un torneo termina, casi nadie repara en la tensión mental y física que un jugador profesional es capaz de soportar. Iván Salgado López (Ourense, 1991) acaba de disputar en Bulgaria la Sofia Cup 2026, el torneo más relevante en Europa de rápidas y blitz, después de meses sin entrenar. Al terminar, volvía a casa junto a su vecino y amigo Alireza Firouzja, uno de los mejores ajedrecistas del mundo, y ninguno de los dos era capaz de seguir el GPS para volver caminando. «Vamos a coger el metro, volvemos y ya está», dijo Salgado, agotado hasta la médula.

La pasión por esta disciplina nace alrededor de su familia. Él mismo reconoce que hubo dos razones que lo empujaron hacia el tablero: por un lado, era un niño muy inquieto que traía de cabeza a sus padres; por otro, su familia ya se había enamorado del juego. «Jugaba con mi abuelo, mi padrino y mi hermano Óscar. Nos sentábamos en el sofá y nos poníamos a jugar una partida uno contra uno, y los demás la analizábamos. El ajedrez siempre hay que entenderlo como un juego social», relata. A los 7 años encontró el sitio ideal para seguir consolidando su pasión: la Casa de la Juventud de Ourense, un lugar donde los jóvenes se reunían para jugar. «Iba después del colegio y los fines de semana. Algunas veces había clases y otras simplemente te ponías a jugar unas partidas con cualquiera», cuenta.

Con solo 10 años ya había sido subcampeón de Galicia y a los 11 se acercó a sus padres para transmitirles su deseo de irse a Mondariz, Pontevedra, a la Escuela Internacional de Ajedrez Kasparov Marcote. «Ya era el mejor jugador de Ourense y allí no había grandes maestros. En esa escuela se formó Paco Vallejo, uno de los mejores jugadores de la historia de España. En ese momento pensé que si quería ser el mejor, tendría que copiar y hacer lo mismo que hacen los mejores. Cuando un niño toma una decisión así, la gente lo mira y piensa: “Este tío está loco”, pero yo lo tenía claro», relata. Desde los 10 años ha recorrido casi cuarenta países, siempre de la mano del ajedrez. Su primer destino fue Grecia, en el 2001, donde disputó el Mundial. Salgado pertenece a la generación nacida entre 1990 y 1992, la que él mismo describe como «la mejor generación de la historia» del ajedrez mundial, la de Magnus Carlsen y Ding Liren, entre otros campeones del mundo recientes.

CAMBIAR EL FUTURO

Desde finales del 2013 hasta mediados del 2016, y tras mucho trabajo, logró situarse en el puesto ochenta del mundo, cuando llevaba muy poco tiempo instalado en Bulgaria, un país que terminaría por convertirse en su hogar definitivo. «Si quieres ser bueno en ajedrez, tienes que salir de España lo más rápido posible. Encontré un entorno increíble donde podía enfocarme y nadie me molestaba. Ahora mis vecinos son los mejores ajedrecistas del mundo», afirma Salgado. Sin embargo, el ascenso no fue una línea recta. En el 2019 se mudó con su mujer a Alemania, en unos meses que él mismo describe como complicados, y en el 2020 llegó la pandemia. La imposibilidad de jugar torneos presenciales acabó con su carrera ajedrecística competitiva. «Jugué de vez en cuando, pero cada vez menos. Podemos decir que básicamente el 2018 es mi último año como profesional del ajedrez», reconoce. Aun con una carrera exitosa, admite que también hubo fracasos: «Me quedé con la espinita de no meterme entre los 50 mejores del mundo, porque mis problemas de salud truncaron mi carrera en algunos aspectos».

Hace dos años fue padre de una niña, Atina, y ese cambio ha reconfigurado por completo su forma de mirar el ajedrez y la vida. Habla de esa etapa con una transparencia poco habitual: «A nivel de estrés y de tensión, no hay nada más agotador que yo conozca o que haya hecho en mi vida. He llegado a niveles de estrés tan altos jugando que la mayoría de cosas de mi día a día ya no me parecen un problema». Esa fortaleza mental tuvo también una contrapartida física que hoy sorprende a quien lo escuche hablar de un deporte aparentemente sedentario. La imagen popular del ajedrecista inmóvil y encorvado sobre un tablero esconde una exigencia atlética que pocos reconocen: «Me parece superimportante. Recuerdo entrenamientos de ocho horas de ajedrez combinadas con dos horas diarias de ejercicio físico, entre gimnasio y fútbol». Salgado sigue con atención el momento que atraviesa su disciplina y no oculta cierta inquietud.

En el ajedrez, opina, la irrupción de la IA va a tener una influencia profunda, porque se trata de un entorno controlado, con reglas fijas y un gran número de posibilidades. «El problema es que la IA no sabe distinguir qué información es relevante. En ese terreno de la decisión intuitiva seguimos siendo, por ahora, muy superiores». Ese debate lo conecta con otra preocupación: la pérdida de capacidad de atención y concentración en las nuevas generaciones. La plataforma mundialmente conocida Chess.com ha impulsado un crecimiento sin precedentes de esta disciplina, casi convirtiéndolo en un videojuego más. «Casi la mitad de las partidas que se juegan hoy en plataformas son contra bots: gente jugando contra máquinas, no contra otras personas, lo que erosiona el componente social. Ahora se juegan partidas incluso a 1 o 3 minutos en las que no aprendes nada, simplemente es acción-reacción. Estamos atravesando una época en la que el entretenimiento está siendo lo más importante en el ajedrez y creo que tiene muchas más posibilidades que solo eso». A través de su academia, Chess Excelsior, que cuenta con más de 200 alumnos, la mayoría de España e Hispanoamérica, intenta revertir esta tendencia. «Es la academia que me hubiese gustado tener cuando empezaba. El sistema es cíclico y dedica cuatro meses a cada fase —apertura, medio juego y final—, y Salgado ha comprobado que la mayoría de los alumnos aficionados necesitan mucha repetición sobre los mismos temas para interiorizar el conocimiento». La academia acepta desde principiantes hasta aficionados avanzados. Algunos alumnos que empezaron de cero hoy ostentan el título de maestro internacional.

Sobre sus raíces gallegas dice: «Somos gente a la que le gusta buscarse la vida. No nos pesa tener que marcharnos para conseguir un futuro mejor para nuestras familia. Emanuel Lasker (ajedrecista alemán) decía que la vida es una lucha, y el ajedrez, a su manera, también».