Bego, La Ordenatriz: «Los huevos hay que colocarlos con la punta hacia abajo y nunca en la puerta de la nevera»
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Pocas manchas se le resisten, entre ellas la del pompero, y en su nuevo libro insiste en la importancia de actuar rápido, aunque no se tenga el producto perfecto. «Si cae aceite y no tengo polvos de talco, puedo echar pan rallado o maicena, incluso champú seco», dice
13 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay quien ve una casa desordenada y no sabe por dónde empezar. Begoña Pérez (Madrid, 1974), en cambio, parece tener un truco para cada cajón, armario, mancha y caos doméstico. La Ordenatriz regresa con Contigo en cada cambio, un libro que invita a poner orden no solo en casa, sino también en esos momentos de la vida en los que todo cambia.
—¿Qué cambio vital te ha enseñado más sobre el orden?
—Así, de manera más radical, las cosas de la salud, porque ahí es verdad que dices: «Me da igual tener dinero, me da igual tener tiempo, eso que siempre queremos conseguir...». No me hace nada, no puedo hacer nada, lo que tengo que hacer es caso a los médicos. Y también el nacimiento de mis hijos.
—Dices que hay dos grupos de personas: las que nacen ordenadas y las que se hacen con el tiempo. Confiesas que eres de las segundas.
—Yo no es que sea el desastre del año, pero tampoco soy la megaordenada. Esa disciplina que hace falta para ser superordenado no la tengo, pero sí tengo una ventaja muy buena —o no sé si desventaja— y es que soy una rapidilla. Cuando me doy cuenta de que se me va de las manos, rápidamente actúo y me pongo a ordenar, a organizar o lo que sea... ¿Pero qué pasa? Que con la edad esto va cambiando un poquito. Y cuando me creía que era rapidilla y llegaba de sobra, veo que a raíz de ser un pelín mayor y de lo de mi padre, no llego a todo. Entonces, digo: «Tengo que tener más disciplina conmigo misma y con los niños, y con todo desde el principio, no a última hora como si fuera un examen».
—¿De niña o adolescente dejabas las cosas por ahí tiradas?
—No, no, para nada. Podía estar desordenada la mesa de estudio... Pero si mi madre me decía que venía gente a cenar y que había que ordenar, lo ordenaba divinamente.
—Explícame la teoría de las ventanas rotas...
—Es muy buena. Con esta teoría se vio que si una persona dejaba un coche abandonado en un barrio un poco más discriminado o lo que fuera, al día siguiente el coche en vez de tener una ventana rota, tenía dos. Al día siguiente, un faro... A nosotros nos pasa exactamente lo mismo. Nos vamos desanimando. Si empezamos con un foco de desorden, luego con otro, con otro... dices: «Bueno, esto es un ratillo». No, no. Por haber dejado uno, ves que tienes 50 focos de desorden. Es importante focalizarse y decir: «De aquí ya no pasa».
—¿Cuál es el error más habitual que cometemos cuando intentamos poner orden?
—Que nos venimos arriba, que pensamos que lo hacemos en un momentito y de un momentito, nada de nada. Creo que no somos realistas.
—¿Hay algo que tú no tirarías nunca, aunque ocupe espacio?
—Un top que no me va a volver a quedar bien nunca más. Espero que les quede bien a mis hijas. Fue un regalo, creo que de mi hermano, le tengo mucho cariño. Me pareció caro en su momento, igual a otros no, pero a mí sí. Y dije: «Yo esto no lo pienso tirar». Cuando uno se va a deshacer de cosas y poner orden, realmente es muy costoso mentalmente. Porque un top, un pantalón, un jarrón, un cuadro... no solo una cosa material, que también, sino que de repente le pones tu corazón, tu alma... Dices: «Es que esto... Qué monada, es que me lo regaló por mi aniversario, o qué esfuerzo en ese momento, porque éramos jóvenes...». Unas historias detrás que solo sabemos nosotros, y eso no se valora mentalmente. Creo que eso es lo que más cuesta.
—Dices que hay un orden incluso para hacer la compra...
—Totalmente. Lo que más pesa primero: las leches, las Coca-Colas, las cervezas... Todo eso va al fondo del carrito. Luego lo demás, y arriba cosas blandas, patatas fritas, pan de molde... También los congelados.
—Te voy a poner en una tesitura. Si tuvieras que quedarte solo con uno de estos tres productos, ¿qué elegirías?: fórmula mágica (mezcla de agua caliente, jabón en escamas y amoníaco), bicarbonato y agua oxigenada o vinagre.
—Fórmula mágica. Me va a solucionar más cosas que los demás, probablemente.
—Sirve para casi todo, ¿para qué no?
—Sirve para muchísimo. A lo mejor no me hace falta algo tan fuerte, por ejemplo, para limpiar unos armarios de cocina. Con coger agua con jabón, chimpún. Si no está tremenda, claro. Pero para un desteñido no me hace nada la fórmula mágica, o para una transferencia de color, que prácticamente es lo mismo, tampoco. Según qué tintas, lo disuelve mejor un alcohol o una laca.
—Me hiciste reír este verano cuando dijiste que le teníamos que pedir permiso al jefe para ir a limpiar las joyas a la playa. ¿Cómo descubriste que el oro se limpia con la arena?
—Eso es de toda la vida, recuerdo a mi madre decir: «Me voy a llevar el oro para darle un bañito en la arena». Estas cosas que hacen las madres de las que pasas olímpicamente. Lo tenía enterrado, y fue como un recuerdo desbloqueado. Todo porque una amiga me dijo que en un bazar había arena. Y le dije: «Cómprame dos, por favor». Para hacer un post, aún no lo he hecho porque no la he visto, pero al día siguiente me llevé los pendientes para limpiarlos. Claro, la arena tiene que ser fina. En Galicia, hay una arena maravillosa, en el Cantábrico en general, pero en el sur te cargas las joyas.
—¿Solo con el oro o con la plata también?
—La plata es un pelín más blanda que el oro y se puede rayar. Y con la plata tenemos una reacción de electrólisis con papel de aluminio, bicarbonato y agua caliente que se puede limpiar sin frotar.
—Hay que saber qué mezclar y qué no. Porque el percarbonato es un blanqueante, pero cuentas que si lo utilizas mal, puede producir el efecto contrario.
—Eso es. O cuando pones la mezcla al sol para potenciar el efecto. Está mal hecho, porque queda peor. O usar el percarbonato en azul marino, porque te va a hacer la acción del jabón. Muchas veces queremos matar pulgas a cañonazos, e ir a lo fácil o lo rápido que tengo ahí por medio. Y no, hay que saber que cada producto tiene lo suyo. A mí me dicen: «Es que al principio usabas muy pocas cosas». Es que ahora hay cosas que sé que son más eficaces para una mancha en concreto. No todo vale para todo.
—A falta de polvos de talco, bueno es el pan rallado, la maicena, incluso el champú seco para la grasa.
—Efectivamente. Muchas veces decimos polvos de talco, y hay gente que escucha campanas y ya dice: «Es que son cancerígenos». A ver, no te has leído el estudio. Son cancerígenos si los usas todos los días. El caso es que igual se cae el pimentón con aceite en el sofá y no lo tenemos en casa. Bueno, pues actúa. Yo lo que quiero con este libro, igual que con el primero, es que sepamos actuar. Es mucho mejor rapidez que lentitud. A lo mejor tengo maicena, que es igual de fina y absorbe fenomenal. El bicarbonato también, el pan rallado. Ayer unos me comentaron que se les había derramado una garrafa de cinco litros de aceite en el maletero, de tal manera que los asientos traseros lo estaban chupando todo, y ya olía a rancio. Le dije: «Pues vas a tener que poner pan rallado, y luego lo quitas con una pala». Te pones a rallar cuatro barras, que son 2 euros, y es barato y fácil poder molerlo. Hay veces que nos da más la rapidez que el producto exacto.
—Apuntas un truco para cambiar el armario: pensar en hacer una maleta para 15 días.
—Para que seamos conscientes de lo que necesitamos. Cuando iba a ordenar casas me encontraba a maridos que igual iban de traje a trabajar y tenían 32 camisetas en el armario. Y ahí me vino la idea. Muchas veces queremos tener mucha ropa y no tenemos días y no podemos ir tan distintas.
—Llama mucho la atención que no uses suavizante para la ropa.
—Nunca lo he usado, porque a mi madre se lo prohibieron porque mi hermana gemela y yo teníamos dermatitis, y le dijeron que nada de suavizante. Además, yo soy muy sensible a los olores fuertes. El suavizante deja mucho olor y no lo soporto. También hay detergentes que no puedo usar. Gracias a mi perfil, estoy viendo desde hace unos años que mancha. Es una grasa que apelmaza las fibras precisamente para que no rasquen. Te está aplastando las fibras, está manchando el planeta, puede manchar la toalla y encima la toalla no te seca. No lo veo nada rentable. Prefiero un vinagre y una sal que poco a poco va suavizando, aunque no consigue tanto, es verdad.
—¿Cómo hay que colocar los huevos, porque no deben estar en la puerta y la parte estrecha hacia abajo, no?
—Sí, porque la yema, que es lo que debe protegerse más, al estar hacia abajo queda más cubierta. Y es la parte más dura. En la puerta de la nevera están más expuestos a cambios bruscos de temperatura y no es recomendable.
—Te encanta la plancha, ¿pero qué tarea se te resiste?
—Odio el polvo. Además los mejunjes o espráis, que me salen en muchos vídeos virales, llevan grasa. A priori dan más brillo, y aguantan mejor al día siguiente, pero en el fondo te va a costar muchísimo más sacarlo. Nos va a dar muchísimo más trabajo. Y, además, no le viene nada bien a la madera.
—¿Cuál es el truco que más te piden que compartas?
—Para las manchas de grasa. La gente, según las superficies, no sabe quitarlas. O a la primera ya se rinden. Y a veces hay que repetir.
—A veces te ponen retos complicados.
—Sí, sí. Es muy divertido, y muy interesante, pienso: «A ver si consigo sacar esto».
—¿Porque intentas probar en casa con algo antes de dar una solución?
—Sí, sí, ¡claro que me he puesto a manchar cosas en mi casa para ver si salen! Y he comprado cosas para manchar, y hacer la misma prueba en dos camisetas iguales, por ejemplo. Y ver si resulta jabón, fórmula mágica o qué. Aquí está el ejemplo del pompero, yo sigo probando, porque tiene que haber algo que quite las manchas. Todavía no lo he descubierto.
—¿Quizás tiza blanca? Porque tú la llevas en el bolso por lo que pueda pasar.
—Siempre. Y he ayudado a gente que no conocía. Lo típico que en un evento me vienen en plan: «Ordenatriz, que me acabo de manchar con una gota de grasa», y le digo: «Espérate». En vez de darle con jabón, hago como un polvillo, a base de darle una especie de talco, y absorbe.