David Pastor, Vico, el filósofo que llena estadios: «Sin confianza sana vivimos menos y mal, está demostrado»

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David Pastor Vico
David Pastor Vico

«Evitemos las agendas de ministros infinitas de nuestros niños, y que jueguen más con el vecino», propone este divulgador confiado, que hace una reivindicación del nosotros. Le mueven la fe en las personas, el sentido práctico de la ética y la visión del ocio de Séneca. Frente a la sociedad egoísta y polarizada del cansancio, y sus seudoclanes, el autor de «Filosofía para desconfiados» defiende la utilidad del pensamiento y el cuidado

15 sep 2026 . Actualizado a las 15:27 h.

Con total confianza y una mano de sal de sarcasmo se dirige a los desconfiados el filósofo y divulgador experto en ética de la comunicación al que siguen decenas de miles de personas en el mundo. David Pastor, Vico (Bélgica, 1976), estudió Filosofía en la Universidad de Sevilla y es profesor en la UNAM de México, donde colabora con la Dirección General de Divulgación de las Humanidades. El autor de Ética para desconfiados y Era de idiotas ha publicado este año Filosofía para desconfiados, un ensayo en el que invita a recuperar el «nosotros», a recobrar el lugar del pensamiento para evitar la soledad y el descreimiento, este dejarnos en la velocidad de las circunstancias de la era digital ser autómatas manipulables a merced de los sesgos cognitivos y quienes los usan para su propio beneficio.

—¿Qué relación tienen la filosofía y la confianza?

— Para el lego en cuestión de filosofía, aparentemente son dos campos diferentes. Creen muchos que la confianza es un psicologismo o una actitud. Sin embargo, es más una especie de pegamento social, que dice Victoria Camps. La confianza es el pilar de la posibilidad ética. Sin confianza entre nosotros es imposible una relación de responsabilidad. Si no hubiéramos confiado unos en otros, ¡no habríamos salido de la selva jamás! Porque necesitamos confiar para distribuir el trabajo, delegar responsabilidades y para progresar como sociedades. La confianza se ha tratado muy poco en el mundo de la filosofía, pero hoy cuando vemos que todas la sociedades, o la mayor parte, han entrado en una crisis de confianza, es necesario explicar lo importantísima que es.

—¿Por qué somos hoy tan desconfiados?

—Lo primero es hacer la diferencia entre desconfianza y sospecha. La duda es una cosa, no tener claro un asunto, una percepción de los demás... Otra cosa es sospechar. Sospechar es algo propio de una mente individualista y egoísta. La sospecha no surge de una duda sana, surge de un prejuicio. Un prejuicio sobre el otro. El yo se reivindica en su unicidad: parte de un «yo soy el mejor» y «a ver qué quiere el otro de mí». Esa mirada nos da un rol de superioridad. Sospechar no es desconfiar.

—¿Qué es desconfiar?

—No esperar que el otro haga lo que es esperable que haga. La sospecha es política, mientras que la confianza es ética. Son dos campos diferentes.

—¿Nacemos confiando?

—Uno nace (vamos a decirlo así) con un carácter propenso a confiar. ¿Por qué? Por una razón sencilla: cuando nacemos somos seres desvalidos. Un elefante nace pesando 90 kilos y a los diez minutos de nacer anda, mama de su madre y empieza a jugar con otros. Nosotros, tras más de nueve meses de gestación, nacemos medio ciegos, sordos, inútiles y venimos programados para aceptar la ayuda que otros nos dan. Hay una confianza innata respecto a los que están alrededor. Esa confianza es la que, a medida que nos vamos relacionando, va cristalizando. Al principio hay un puro afecto y a medida que vamos creciendo empezamos a buscar la confianza no solo en la familia, también en otros niños, con los profesores... La confianza se va actualizando si es que permitimos que se actualice, ahí está el detalle. Si nacemos en un entorno sano, de cuidados, esa confianza se estira en el tiempo, hasta que llega un momento, que suele ser la adolescencia, en que empezamos a distinguir las personas que pueden ser de confianza de aquellas que no.

—¿Qué pasa si la desconfianza se da antes, si es muy precoz?, ¿cómo nos afecta?

—Si empezamos a desconfiar muy pronto castramos nuestras posibilidades de desarrollo, tanto psicomotor como habilidades sociales, pensamiento crítico... No somos, entonces, adultos con todas las potencialidades, somos adultos castrados. Y eso hace que sintamos un extrañamiento de nosotros mismos. Y llegan la ansiedad, la depresión, el estrés, pues de alguna manera esas habilidades sociales no se han podido desarrollar convenientemente, porque falló la confianza, el entorno. Y se buscan razones del tipo «es que vivimos en un mundo que es demasiado complicado».

«Hoy, ser único tiene un valor añadido, valor de mercado. Un diamante es único. Seres humanos hay 8.300 millones en el mundo, y son seres únicos genotípicamente hablando, pero esta unicidad no da más valor a unos que a otros»

—Ahí está ese estudio, de René Spitz, que muestra que los bebés sin alimento emocional se mueren antes que el resto.

—Ese estudio determina que de lo que depende realmente la felicidad es de cuán sanas sean tus relaciones. En el libro El efecto aldea, de Susan Pinker, de manera científica y muy bien contrastada, se concluye que las personas que tienen una convivencia sana, de amigos, viven más. Si desde niños no nos hablan podemos morir. Si no hay confianza sana está demostrado que vivimos menos y vivimos mal. Ya decía Aristóteles que el hombre es un animal político...

—Hablas del espejismo de la unicidad. ¿Entonces, no somos únicos?

—Hoy, que tenemos un lenguaje impregnado de cuestiones económicas, ser único tiene un valor añadido, valor de mercado. Un diamante es único. Seres humanos hay 8.300 millones en el mundo, y son seres únicos genotípicamente hablando, pero esta unicidad no da más valor a unos que a otros. Única es la composición de las bolsas de basura que encontramos en los vertederos de las grandes ciudades, y eso no las hace valiosas, las hace únicas. Lo valioso no es esa unicidad, sino que la unicidad de una persona tenga practicidad. Tras la caída del muro de Berlín, estamos en sociedades competitivas, muy capitalistas, pero la pulsión del ser humano por ser gregario, por pertenecer a algo, sigue presente, y buscamos el sustituto del clan en lo que yo llamo seudoclanes. Permiten que nos sintamos parte de un todo, sea en el Santiago Bernabéu, en un concierto, en un partido político o incluso en una banda de criminales. Pero los seudoclanes no tienen el interés del clan de «cuanto mejor vivan todos mejor vivo yo», sino el de mantenerse vivos por esa necesidad de pertenencia de las personas. Es fácil entenderlo con los partidos políticos...

—¿En qué momento la gente trabajadora se siente de la patronal y defiende los intereses del empresario por encima de los derechos propios?

—Influye en eso un efecto importante, el efecto Forer, un sesgo cognitivo que nos hace creer que todo lo bueno y positivo que se dice de nosotros es cierto. Es lo mismo que nos hace creernos, por ejemplo, el horóscopo. En vez de decirnos «vas a fracasar», te dicen «eres muy sensible pero los demás no se dan cuenta». Tras la caída del muro de Berlín fue un logro hacernos creer que en vez de clase obrera somos clase media. Es un paso adelante, pero ser clase media es pelear para ser el mejor y perder el sentimiento de pertenencia. Y ahí es donde se rompe la confianza que permite la evolución. Cuando te vuelves individualista el pensamiento empieza a desaparecer. Y así nos acercamos a aquellos partidos en los que no vemos reflejado lo que somos, pero sí quizá lo que queremos ser. En el momento en que nos aislamos somos profundamente manipulables, una pulpa doliente que vamos a arrimarnos al que nos diga cosas más bonitas. Pensar que en España estamos en un régimen comunista y que aquí existen partidos de extrema izquierda es ser un analfabeto funcional. Ningún partido en España aboga por la lucha de clases.

—¿Cómo recuperamos la confianza y educamos en ella a los chavales?

—Somos unos padres muy desconfiados y estamos educando a hijos aún más desconfiados que nosotros, terrible. ¿Cómo hacemos? Interesarnos por quién es el vecino, evitemos las agendas de ministros infinitas que tienen nuestros niños, por ejemplo, y en vez de eso que jueguen con el vecino. No nos dejemos morir. Luchemos por seguir viviendo. Es absurdo que nos dé más miedo que nuestros hijos bajen a jugar a la calle que que pasen la tarde con el móvil encerrados en su habitación.