El mejor regalo de Manuel por su 83 cumpleaños: «Cumplí un sueño que llevaba 50 años esperando: subir el Machu Picchu»

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La edad no es un límite. Al menos para Manuel, que cruzó el Atlántico para hacer un viaje que tenía pendiente desde hace más de 50 años. Todavía no se puede creer que haya subido a una de las 7 maravillas del mundo

12 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

A sus 83 años, Manuel Ramos (Carral, A Coruña, 1943) ha hecho realidad uno de esos sueños que parecen esperar toda una vida. Este año, como regalo adelantado de cumpleaños, puso los pies en la cima del Machu Picchu, un lugar que llevaba más de 50 años imaginando. Frente a las ruinas incas y con la emoción de quien acaba de saldar una «deuda» pendiente, Manuel solo alcanzó a decir: «No me lo creo». «Pero aún no me lo creo ahora que haya estado allí», apunta. 

Llevaba años, décadas, «desde los veintitantos» alimentando esa ilusión, porque él leía y veía cosas sobre la cordillera de los Andes que agrandaban ese anhelo, pero hasta ahora, por unas o por otras, no se había dado la circunstancia de poder viajar hasta allí. «Alguna vez le había comentado a mi hija, que trabaja en el aeropuerto, que me gustaría ir. Bueno, primero quería ir a Australia, pero es verdad que está muy lejos. Entonces le dije: “Pues vamos a Machu Picchu”. Y ella ya empezó a pensar: “Papá, pero la altura...”, “papá que no sé qué, que no sé cuanto... “. Yo llevo marcapasos desde hace un par de años, y eso a ella le preocupaba, pero yo le pregunté a mi cardiólogo, y me dijo que sin problema. Me lo ajustó un poquito, por si hacía falta que me diera más pulsaciones, y listo», cuenta Manuel el propio día de su cumpleaños, el pasado 28 de agosto, que con los años, confiesa, casi se ha convertido en uno más del calendario. «Los días ahora pasan como un relámpago. Incluso los años. Si me doy la vuelta, ayer aún era invierno, y ya estamos a finales de verano», reflexiona.

Con el permiso del médico, él y su hija, Montse, su aliada en esta aventura, planearon el viaje de 12 días. «Ella tenía miedo del vuelo, son once horas y media, y yo ni me enteré. Lo llevé muy bien», cuenta Manuel, que es el claro ejemplo de que la edad no es un límite si te propones conseguir algo. Ni siquiera, apunta, le afectó el conocido como mal de altura. El primer día se atrevió con la hoja de coca machacada que le recomendaron tomar, pero después le hablaron de unas pastillas que se compraban en la farmacia que hacían el mismo efecto, y cuando notó que le faltaba un poquito el aliento, se las tomó.

Tiene una fuerza vital admirable, aunque asegura que algo se la trabaja. Porque si hay una frase que repite durante la conversación esa es «hay que estar preparado por lo que pueda pasar». Él se aplica el cuento y lo tiene muy presente. Hace ejercicio con frecuencia, sale a caminar y acude a la piscina. Y apunta que a los 39 dejó de fumar de manera «radical». «Por lo que pueda pasar, para envejecer hay que sacrificarse. Si viene, paramos, pero cuidarse un poquito es necesario siempre». La vitalidad no es solo una cuestión física, sino que la actitud acompaña. Él se quedó con ganas de visitar la Montaña de los Siete Colores en Perú, y no le importaría repetir, pero se ve que Montse no está por la labor. «Yo le estaba diciendo, pues si no quieres ir a Perú, vamos a un país que a mí también me fascina, pero no se habla mucho de él, que es Costa Rica, al que también le tengo muchas ganas. Pero sí, sí, la tengo que animar yo a ella». ¿Quizás para los 84?, le digo. «Bueno, no estaría mal para los 83 por lo que pueda pasar».

El espíritu aventurero lo lleva en la sangre. Desde pequeño ha sido un alma viajera. Con 19 años, tras realizar voluntariamente la mili, emigró a Suiza, donde estaba su hermana y su cuñado, para buscarse la vida. Le habían ofrecido la posibilidad de trabajar en la refinería de A Coruña, pero él prefirió hacer las maletas. «Estaba muy lanzado con lo de viajar», confiesa. Llevaba cuatro años en Suiza, cuando conoció a Rosa, su mujer, una relación que le hizo paralizar los planes que tenía de irse a Canadá con unos amigos. Más bien los aplazó, porque dos años después se casaron y se mudaron a Toronto, donde nacieron sus dos hijos. Al otro lado del charco, empezó trabajando en la construcción, pero no era lo suyo, y apostó por la soldadura, para lo que ya se había estado formando en Suiza. Primero estuvo en una fábrica, y más tarde en una planta incineradora de basura del ayuntamiento de Toronto durante seis años. Estuvieron un tiempo viviendo en las casas de algunos amigos, también en un piso oficial que les facilitó el Gobierno, hasta que se compraron su propia vivienda. En el círculo en el que se movían, muchos de sus más cercanos comenzaron a hacer las maletas de vuelta a casa. Y cuando llevaban diez años allí, ellos también decidieron que debían volver a su tierra natal, entre otras cosas, porque veían que los hijos de sus amigos locales crecían y ya no querían regresar. Corría el año 1979. «Teníamos mucha morriña, se marchaban los amigos, los niños se hacían mayores... Y dijimos: “Vamos a ver qué tal”, sin saber si nos quedaríamos...». 

VUELTA A CASA

Una vez de vuelta en España, le ofrecieron varias posibilidades laborales: desde llevar un bar en Zaragoza, un trabajo muy sacrificado porque había que estar al pie del cañón los siete días de la semana, hasta un puesto en la central térmica de Meirama, en Cerceda... Y aunque lo intentó, ninguno fue de su agrado. Eran tiempos difíciles y no logró adaptarse al modo de trabajo de España. «En Canadá se trabaja muy bien. Tienes que trabajar, quieren calidad, pero trabajas cómodo». En Meirama aguantó un mes. «Yo no estaba contento. Aún vivía mi madre, y me dijo: “¡Ay, Dios mío. Qué sucio vienes. Qué ropa tan sucia”».

Manuel decidió regresar a Canadá un par de años después. Pero esta vez solo. Un amigo le ofreció trabajo como soldador en Alberta, al oeste del país. Un destino poco apetecible para su mujer, que decidió quedarse en España con los niños. Aprovechando que nadie dependía de él, se fue moviendo por todo el territorio a medida que le fueron surgiendo trabajos. Incluso llegó a estar empleado en una mina de oro al norte de Yellowknife a 200 kilómetros del círculo polar ártico. A pesar de la distancia, solía pasar largas temporadas con la familia en casa. Venía siempre en Navidad, con el billete abierto, porque trabajaba a través «de sindicatos» (abonaba una cuota y a medida que las empresas necesitaban y les reclamaban mano de obra, iban llamando a los profesionales), y volvía en abril o mayo.

Así fueron tirando durante años, pero llegó un momento en que la situación empezó a pasar factura. «Echaba mucho tiempo allá en las refinerías arriba. Había un pueblito pequeño, que es el único pueblo que hay a 40 kilómetros, para ir a tomar un café. Aun así, en la refinería tenías de todo: buen gimnasio, buenas comidas, se comía fenomenal... Pero llegó un momento en que dices: “Hasta aquí”. Los niños se hacían mayores, y yo ya estaba saturado. Y me volví para España, en 1991 donde trabajé los últimos 15 años». En esta segunda etapa laboral también tuvo varios trabajos: estuvo en la central de Almaraz, en General Electric en Cartagena, en la refinería de Puertollano.... Hasta que con 65 se jubiló.

Dice que su compañera de vida, Rosa, es muy tranquila, y aunque le hubiera gustado que le acompañara en esta aventura en Perú, cree que ella no lo hubiera aguantado. Él le insiste en que debe hacer más ejercicio «por lo que pueda pasar». Como él, que dice estar preparado para llegar a los 100. Cuenta que ha pasado por cosas muy difíciles, entre ellas dos accidentes que estuvieron a punto de costarle la vida. «Cuando se produjo el incendio de la refinería de Puertollano, yo estaba trabajando allí, y escuché semejante explosión. Curiosamente, unos días antes yo les dije a mis amigos: “Cualquier día esto va a dar un pepinazo porque silbaban las bombas de tal manera... Las tenían al máximo”. Y se les fue de las manos, porque rebosaron los tanques. Yo estaba como a 100 metros, pero cuando levanté la cabeza ya vi que no había sido una cosa cualquiera. Y suerte que no me cambiaba en los barracones, me dio la vida. Cogí el coche y me piré para casa pitando», recuerda.

Asegura que uno de los secretos de contar con tanta vitalidad es marcarse un objetivo. A él ya le ronda el siguiente viaje. ¿Quién sabe si Australia o Costa Rica? O quizás consiga convencer a Montse para regresar a Perú y ver la Montaña de los siete colores... «A mí la altura me fascina, me gusta mucho. Me gustan mucho las montañas».