Ellas se reencuentran todos los agostos en Cantabria: «Nuestros hijos van a veranear aquí y serán amigos sí o sí»
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Aitana, Candela, Úrsula, Leire, Blanca, Clara y Ale pasan este mes del verano en el pequeño pueblo de Cóbreces. «Hay un punto en el que se van y hasta que empiezan las clases es superraro para mí», confiesa una de ellas
05 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Los veranos en el norte siempre tienen algo especial. Es habitual encontrarse casos como este: grupos de amigos que solo se reencuentran en agosto. Esta pandilla de chicas tiene en común un pequeño pueblo de Cantabria, Cóbreces. Cada año viajan desde sus casas en Madrid, el País Vasco o Castilla y León para disfrutar del verano en la casa del pueblo. No necesitan estar pegadas al móvil todo el invierno ni verse cada fin de semana para saber que lo suyo es una amistad de verdad. Su historia es la de muchos grupos de amigos que se conocen en la infancia, crecen juntos y su relación dura para siempre.
La cuadrilla se unió como el clásico caos de verano donde nadie llegó el mismo día, pero todas terminaron encajando. «No nos conocimos a la vez, pero todas nos fuimos incluyendo poco a poco», recuerda Blanca sobre los inicios de la piña. Cómo acabaron todas veraneando en el mismo lugar viene de mucho antes de que ellas nacieran. Sus familias —abuelas y padres— compraron sus casas en Cóbreces muchos años atrás, ya sea porque crecieron allí o porque se enamoraron del entorno. «Mis aitas (‘padres’ en euskera) tienen aquí la casa desde hace 20 años», cuenta Leire. Y como ella, el resto de chicas acompañaba a sus padres cada año al pueblo. Eso sí, la chispa del grupo real no saltó en la cuna. Empezaron a juntarse de verdad hace unos cuatro años, justo cuando empezaron las primeras noches de fiesta y planes por la zona, admiten a coro. Algunas se unieron al grupo de danzas populares y allí se afianzó su amistad. Desde ese momento, pasaron de ser las niñas que se cruzaban por la calle a hacerse inseparables. Ahora ya no vienen por cumplir con la familia; la dinámica es otra. «Venimos cada verano. Nuestros padres nos traen todos los años, pero si estamos aquí es porque queremos», afirman.
Durante el resto del año, el grupo de WhatsApp no se llena de conversaciones vacías; va a otro ritmo. «Sí hablamos. Igual alguna cosa más puntual nos la contamos en persona, pero estamos en contacto todo el año», aclaran. Reservan para esos reencuentros los cotilleos gordos, las felicitaciones de cumpleaños y, cuando alguna cumple los 18, los viajes para celebrarlo todas juntas. Es una tradición que les encanta; este año casi todas ya tienen la mayoría de edad, así que los planes van evolucionando poco a poco, aunque la esencia sigue siendo la misma.
Reglas inventadas
Durante sus vacaciones no hay espacio para horarios ni agendas apretadas. Las mañanas no existen y las tardes se improvisan. «Por la mañana no se levanta nadie porque estamos durmiendo. Luego por la tarde quedamos y salimos a la calle», bromean. Casi nunca suelen bajar a la playa, pero cuando el calor aprieta se juntan para ir a la piscina. El punto de encuentro habitual es el quiosco del pueblo; allí organizan los planes del día o se quedan en la terraza jugando a las cartas. Para disfrutar del tiempo no les hacen falta planes muy elaborados, aunque tengan que ajustar el presupuesto. A veces surge alguna aventura: «El año pasado hicimos el descenso en canoa por el río Sella, nos encantó, repetiremos sin duda». Pero hay algo que se repite año tras año, como un ritual: «El pícnic en la playa lo hacemos sí o sí. Vamos de noche y cada una lleva algo de comer». Es un momento muy especial: juntar a todo el grupo no siempre es fácil y, aunque cocinar no sea su fuerte, para esa noche preparan un gran despliegue de comida. Otro imprescindible es subir a los escalones de la iglesia a jugar a las cartas por las noches; es su momento para ponerse al día de las novedades del pueblo y divertirse un rato: «Yo en la villa donde vivo no juego a las cartas, solo juego aquí con ellas, porque ya tenemos nuestras reglas inventadas», cuenta una de ellas.
Las anécdotas del grupo quedan guardadas como oro en paño, como la historia del camarero al que bautizaron como Sandwichín. Ocurrió merendando en un pueblo cercano. «Casi todas nos pedimos un sándwich mixto. Entonces el camarero quiso hacerse el chulo y vino con un montón de platos a la vez. Se le cayeron al suelo todos menos medio. Y lo único que hizo al llegar a la mesa fue decir: “Bueno, al menos he salvado medio”. Y se fue a la cocina solo a por el otro medio, dejándonos medio sándwich en la mesa en vez de traer uno entero», relatan atropellándose de la risa.
Carta de despedida
Agosto vuela entre las fiestas y planes de la zona. Cuando asoma el final, el cuerpo ya nota el bajón. La úlima cena del verano empieza animada, pero siempre acaba con alguna lágrima. «La despedida en Ruiloba —una localidad cercana— es fija. Cuando se acaba el verano nos vamos a despedir allí y hacemos una cena en el mirador», explican. El remate emotivo lo pone Ale con una tradición que deja a todas tiritando. «El último día es de llorar todas. Ale siempre nos escribe una carta a cada una y la lee en alto, habla de cada una de nosotras. Lo solemos hacer en el acantilado de El Remedio, todo es muy triste pero es nuestra tradición», admiten. Volver a casa en septiembre se les hace bola. «Lo pasamos mal al irnos. Yo me tiro unos días en mi casa encerrada. Hay un punto en el que se van ellas y, hasta que empiezan las clases, es superraro para mí», confiesa Candela. En sus ciudades, a sus otros amigos les toca aguantar la historia de todos los años: «Nuestro grupo de casa está harto de nosotras porque no callamos hablando del pueblo. Como contamos nuestras vacaciones, es imposible no hablar de todas nosotras, somos un poco pesadas», añaden.
Mirando al futuro, aunque descartan mudarse al pueblo, saben que seguirán veraneando aquí con sus propias familias: «Lo hemos hablado mil veces: nuestros hijos van a venir aquí a veranear y van a ser amigos sí o sí. Da igual si nuestro marido tiene pueblo u otros planes, nuestros hijos van a venir a Cóbreces fijo. Los vamos a obligar a venir y además es que van a dormir cabeza con cabeza, así que como no sean amigos ya me dirás qué hacemos», rematan con toda su guasa. Y si tienen que definir lo suyo en una palabra, se quedan con una clara: «Especial».