Todo sobre el caso de Lindsay Clancy: el juicio que está siendo seguido en el mundo entero como un «true crime» de Netflix
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El jurado ya se ha reunido, pero todavía no hay un veredicto del juicio que ha paralizado a millones de personas tras haber dado un giro inesperado. A esta madre que ahora tiene 36 años se la quiere condenar por el asesinato de sus tres hijos de 5 años, 3 años y 8 meses. La defensa de Kevin Reddington ha sido brutal: ¿y si en realidad lo hizo su marido, Patrick Clancy?
02 sep 2026 . Actualizado a las 20:49 h.No es el guion de la nueva serie policíaca de Netflix, pero reúne todos los ingredientes para convertirse en el caso judicial más mediático de la década en Estados Unidos y de muchas otras partes del mundo. Al menos eso es lo que se deduce del seguimiento en tiempo real del juicio que ha paralizado a millones de personas, que siguen en la televisión y en las redes sociales los detalles del asesinato de tres hermanos pequeños supuestamente a manos de su madre.
El 24 de enero del 2023, la próspera y apacible localidad de Duxbury, Massachusetts, se convirtió en el escenario de una pesadilla cuando Lindsay Clancy, de 33 años, una enfermera pediátrica, fue acusada de estrangular a sus hijos —Cora (5 años), Dawson (3 años) y Callan (8 meses)— antes de arrojarse por la ventana tras cortarse la tiroides y el cuello. Hoy, mientras la acusada —quien se ha declarado formalmente no culpable por falta de responsabilidad penal— sigue el proceso judicial retransmitido en directo a todo el país, el foco de la opinión pública ha dado un giro radical. Para millones de personas, la versión oficial no es más que una investigación viciada desde el origen, en el que la policía aceptó el relato del único testigo sin cuestionar una sola de sus contradicciones: su esposo, Patrick Clancy.
El relato de la acusación sobre lo ocurrido se construyó sobre una premisa estricta: el tiempo. Según la reconstrucción policial basada en las declaraciones de Patrick, Lindsay, diagnosticada con un cuadro de ansiedad y depresión posparto, aprovechó un pequeño margen para llevar a cabo el crimen. Su marido, Patrick, afirmó que ella le pidió esa tarde que hiciese dos recados: recoger una medicina en la farmacia CVS y buscar comida para llevar a casa en un restaurante. Entre su salida y su regreso transcurrieron de 18 a 20 minutos y en ese breve tiempo, Lindsay habría atacado a sus tres hijos en el piso inferior de su casa, estrangulándolos con bandas elásticas de ejercicio, habría intentado suicidarse cortándose las muñecas y el cuello, y finalmente se habría arrojado desde la ventana del segundo piso al jardín.
Cuando Patrick regresó, encontró a su esposa herida en el césped y, tras llamar al 911, halló los cuerpos de sus hijos en el sótano: Cora y Dawson murieron esa misma tarde, pero el pequeño Callan falleció tres días después en el hospital, dado que su corazón latía cuando llegaron los médicos. Lindsay, la madre, sobrevivió al impacto, pero la caída le provocó una paraplejia irreversible que la mantiene de por vida en una silla de ruedas.
En poco tiempo la policía dio por cerrado el caso y Patrick rápidamente incineró los cuerpos de sus hijos. Sin embargo, en cuanto el juicio comenzó hace unas semanas y los informes médicos e imágenes del suceso salieron a la luz, la narrativa de la Fiscalía empezó a desmoronarse y ha dado un giro inesperado al caso, que millones de personas siguen por internet como si fueran auténticos forenses y detectives. Algunos se han dedicado a reconstruir el suceso con muñecas Bratz de acuerdo con el rastro de la sangre encontrada en la habitación de Lindsay y otros apuntan en pizarras minuto a minuto los vericuetos de un caso en el que tal vez nada es como parece, tal y como ha intentado demostrar la defensa.
En el centro del tablero procesal se encuentra Kevin Reddington, uno de los abogados penalistas más experimentados y agresivos de Massachusetts, que a sus 75 años, ha sumado muchas fans que lo esperan a la salida del juicio para pedirle autógrafos. Reddington no busca convencer al jurado de que Lindsay no estuvo allí —la propia defensa no niega la autoría material de los hechos—, sino aplicar una brillante estrategia de defensa por capas para demoler el caso de la acusación.
Por un lado, el letrado pretende demostrar la falta de responsabilidad penal alegando que Lindsay atravesaba un brote psicótico incontrolable inducido por un fallo masivo del sistema psiquiátrico. Fue Reddington quien introdujo en el proceso las alucinaciones auditivas, revelando que días después, desde el hospital, Lindsay le confesó a Patrick que una «voz masculina» le había ordenado actuar. Por otro lado, Reddington ha ataco implacablemente a Patrick Clancy en la sala.
Uno de los alegatos más contundentes del abogado se ha centrado en la total falta de empatía, apoyo y auxilio por parte de Patrick durante la espiral de sufrimiento de su esposa. Reddington puso sobre la mesa que Lindsay suplicó ayuda desesperadamente durante meses, dejando constancia en diarios y notas de que se sentía desbordada, adormecida y aterrorizada por los efectos de la medicación.
La trampa psiquiátrica
Un pilar fundamental de la estrategia de Reddington ha sido sentar en el estrado a la red médica que atendía a Lindsay antes de los hechos. El interrogatorio a la doctora Jennifer Tufts, la psiquiatra que trataba a la joven madre antes de la tragedia. El abogado documentó que en los cuatro meses previos al crimen a Lindsay le prescribieron un «cóctel tóxico» de hasta 13 fármacos psicotrópicos distintos (incluyendo Zoloft, Klonopin, Valium y Remeron), un baile salvaje de dosis ajustadas de forma remota mediante consultas virtuales. Reddington demostró que, a pesar de las llamadas desesperadas de Lindsay pidiendo ayuda, la doctora Tufts continuó modificando la medicación sin realizar un ingreso involuntario o un seguimiento clínico presencial adecuado, convirtiendo a Lindsay en una «zombi emocional». A esto se sumaron durísimos enfrentamientos con los psiquiatras presentados por la acusación. Reddington obligó a admitir al perito estrella del FBI de la Fiscalía, el doctor Gregory Saathoff, que en toda su carrera solo había tratado a dos mujeres con psicosis posparto.
La prueba del cuchillo
Uno de los detalles más impactantes que ha hecho valer la defensa durante el proceso gira en torno a las heridas autoinfligidas de Lindsay y el arma empleada para ello. Según el informe forense, Lindsay presentaba profundos cortes en las muñecas y en el cuello. Sin embargo, la trayectoria, el ángulo y la inclinación de los cortes en la zona cervical indicaban con claridad que el arma blanca había sido empuñada por una persona zurda o aplicada desde una posición posterior. Aquí es donde la investigación policial cometió una omisión escandalosa: Lindsay Clancy es diestra.
Durante las vistas, la defensa sugirió la imposibilidad anatómica de que Lindsay se provocara cortes con semejante profundidad en ese ángulo utilizando su mano no dominante, máxime si se encontraba en shock o debilidad extrema. Este hallazgo reforzó la tesis de que las heridas en el cuello no fueron un intento de suicidio, sino el resultado de una agresión externa o una escenificación forzada para incriminarla antes de ser arrojada por la ventana. A esto se suma la incoherencia de la supuesta respuesta en el jardín. En las actas oficiales consta que, al encontrarla, Patrick le preguntó dónde estaban los niños y ella le contestó: «En el sótano». No obstante, los partes sanitarios confirmaron que Lindsay tenía el cartílago tiroides y el hueso hioides aplastados, lo que le impedía físicamente articular palabra. En la propia grabación del 911, realizada instantes después por el propio Patrick, se le escucha admitir que su esposa no puede hablar y solo emite gemidos incomprensibles. ¿Cómo pudo pronunciar vocalmente esa frase segundos antes con la tráquea destruida?
Además, los paramédicos registraron una temperatura corporal en Lindsay anormalmente baja al levantarla del suelo, una pérdida de calor que no encaja con una caída ocurrida en ese margen de 18 minutos. Y menos, según algunos, con la posibilidad de que el niño de ocho meses aún tuviese latido. Es decir, Lindsay no podría haber estrangulado a su hijo menor (aún vivo) y que ella tuviese el cuerpo a tan baja temperatura.
El correo a las 17.24
Si los hallazgos en el cuerpo de Lindsay sembraron dudas, otros elementos también. En primer lugar, está el cambio de vestimenta de Patrick. En las grabaciones de la farmacia lleva una chaqueta y pantalones oscuros específicos; sin embargo, en las imágenes de los agentes al llegar a la escena tras la llamada al 911, Patrick aparece con prendas completamente distintas. Nunca se confiscó su primera muda para analizar sangre o ADN. En segundo lugar, están las contradicciones digitales de Patrick y el Apple Watch de Lindsay. Uno de los momentos más tensos en el interrogatorio al marido sucedió al revisar sus registros de trabajo. Un correo electrónico fue enviado desde su cuenta a las 17.24. Durante su testimonio, Patrick reconoció que el correo se había enviado desde su portátil de trabajo que estaba en el despacho de la casa, lo que situaría su presencia física dentro de la vivienda en plena franja crítica del crimen. Sin embargo, al percatarse de que eso destruía su afirmación de haber salido de casa a las 17.15, rectificó improvisando que «pudo haber sido enviado desde su iPhone».
Además, a las 17.23 se produjo la última lectura del reloj de Lindsay, que registró unas insólitas 57 pulsaciones por minuto justo antes de dejar de emitir señal. Para la defensa, un pulso tan bajo encaja con una persona sedada o inconsciente, no con una agresión homicida frenética. No obstante, la Fiscalía sostiene que se lo quitó para no dejar rastro.
A la discrepancia de las pruebas tecnológicas y el cuchillo se añade la logística del propio ataque y la disparidad biológica en la muerte de los niños. El hallazgo de los cuerpos reveló una disposición particular: Cora y Dawson estaban juntos en una misma habitación del sótano, mientras que el pequeño Callan se encontraba en un espacio separado. Para la defensa, la logística de reducir a dos niños que se encontraban juntos, estrangularlos, trasladarse a otra estancia para hacer lo propio con el bebé de 8 meses, provocarse cortes en la garganta y muñecas, y subir las escaleras para saltar por la ventana en apenas 18 minutos resulta difícil de encajar en el perfil de alguien mermado físicamente por la medicación.
La nueva vida de Patrick
Pero para muchos lo peor ha sido la controvertida conducta de Patrick tras la tragedia. Tras gestionar la recaudación de casi un millón de dólares en GoFundMe, cobrar seguros de vida y solicitar el divorcio de Lindsay mientras ella luchaba por su vida en cuidados intensivos, Patrick rehízo su vida a gran velocidad, a los 28 días hizo un viaje a Costa Rica, y tres años después volvió a casarse en Nueva York con Rachel Dennis, una destacada especialista en medicina reproductiva de un escalofriante parecido físico con Lindsay, que ha hecho que los internautas rastreasen su relación hasta el punto de observar que se conocían de mucho antes del asesinato, por lo que algunos sostienen que Patrick pudo haber diseñado un plan para deshacerse de su vida anterior con Lindsay —sabiendo que ella atravesaba un frágil estado mental— para iniciar una nueva relación con una mujer de perfil idéntico pero sin problemas psiquiátricos.
El destino de Lindsay Clancy está ahora en manos de un jurado popular de 12 ciudadanos (nueve mujeres y tres hombres) en el Tribunal Superior de Plymouth. Frente a los cargos de asesinato en primer grado, la postura de Lindsay es declararse no culpable por falta de responsabilidad penal. Lo que se juzga formalmente no es si ella estuvo allí, sino su estado mental y su capacidad legal para comprender la ilicitud de sus actos en el momento del crimen. Una vez que el jurado se reúna, la ley de Massachusetts contemplará tres salidas procesales acotadas para este caso:
1. Culpable de asesinato en primer grado: si el jurado concluye que actuó con premeditación y estando cuerda, la condena es obligatoria: cadena perpetua.
2. Culpable de homicidio voluntario o asesinato en segundo grado: implica una pena de décadas de prisión con posibilidad lejana de solicitar libertad condicional.
3. No culpable por falta de responsabilidad penal: si el jurado valida su declaración y determina que el brote psicótico o el cóctel recetado por la doctora Tufts le impidieron distinguir el bien del mal, Lindsay será absuelta de los cargos criminales, pero no quedará en libertad. Será ingresada de forma indefinida en un hospital psiquiátrico de alta seguridad.
¿Por qué no se juzga a Patrick Clancy?
A pesar del torrente de especulaciones, los datos y las contradicciones, Patrick Clancy jamás ha sido imputado por la policía ni por el Gran Jurado. Para la Fiscalía, las facturas, la llamada al 911 y los rastreos del GPS situaron a Patrick procesalmente como víctima y testigo. La ley estadounidense impide juzgar a alguien contra quien el Estado no ha presentado acusación formal, por lo que sus sombras solo sirven en este juicio como una herramienta de la defensa para sembrar la duda razonable.
¿Es Lindsay Clancy la ejecutora de un infanticidio tras ser devastada por un brote psicótico y un sistema psiquiátrico negligente, o la víctima de una investigación deficiente donde las fisuras de la escena no se quisieron ver? Por el momento, el jurado está reunido, pero no ha emitido un veredicto porque no hay unanimidad. Mientras, la historia de esta familia sigue conmocionando al mundo en un caso que está siendo seguido minuto a minuto como el true crime más adictivo de Netflix. Muchos, eso sí, ya tienen claro quién es el auténtico culpable.