Thais Alonso, experta en bienestar y atención plena: «Viví un año como si fuera el último de mi vida, y acabó siendo el mejor»

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Thais Alonso, autora de «El hilo rojo de la felicidad».
Thais Alonso, autora de «El hilo rojo de la felicidad». Marta Machin

«Hay que pasar cada día la manguera al patio de nuestra mente. La respiración cuadrada es el ''ansiolítico'' más efectivo, puede salvarte en momentos de estrés», afirma esta pionera del bienestar organizacional, autora de «El hilo rojo de la felicidad», basado en su experiencia

15 ago 2026 . Actualizado a las 10:48 h.

La felicidad puede pender de un hilo, pero ese no suele ser el hilo que le da hilván en el tiempo. Una puntada te cambia la vida, y es labor de muchas más. «Cáncer de pulmón. Tienes una esperanza de vida de cinco años. Y en el peor de los casos, de uno», le dice el neumólogo a Daniel en el El hilo rojo de la felicidad, fábula en la que Thais Alonso (Madrid, 1970), experta en atención plena, creadora del método FelizMENTE, e impulsora del bienestar en organizaciones educativas, empresariales y sanitarias, nos ayuda a entender cómo respirar para estar mejor, qué cinco modelos disfuncionales de apego nos condicionan o cómo podemos tratar de convertir en un principio un final. En los últimos 15 años ha formado a miles de profesionales, emprendedores y directivos. Su entrenamiento va directo a la atención.

—A Daniel, un chico de 42 años al que le dicen que le queda uno de vida. ¿Cómo de real es su historia?

—Es una historia con la que llevo familiarizada años, porque yo viví un año como si fuera el último de mi vida. Fue hace 16, a causa de una noticia médica. Después de vivir ese año hice un trabajo personal, de soltar muchas cosas, de quitarme las tonterías, y al final acabó siendo el mejor año de mi vida. Fue hace ya 16 años, pero como soy terapeuta reivindico mucho lo que aprendí durante ese año. Es una situación bastante común. No necesariamente por una enfermedad, puede ser una crisis, uno de esos momentos en que no sabes qué pasa que sientes que todo se cae a nivel profesional, o por un divorcio... A veces uno no tiene herramientas.

—Este es un viaje físico y, a la vez, hacia el interior de uno, de autoconocimiento. Nunca estamos solos ni somos del todo independientes. ¿Necesitamos a otros para saber quiénes somos?

—Sí, la novela te lleva a no estar solo. A ver que los dolores son universales, las alegrías también, y que tenemos una humanidad compartida. Que, aunque no hayamos vivido lo mismo, podemos resonar con los dolores ajenos. En la novela, Amalia acompaña desde el principio a Daniel, desde que sale del hospital, pero no para salvarle, sino para hacerle las preguntas, para que él se cuestione, para que empiece a mirar lo que nunca ha querido mirar. Quizá porque hay cosas de la vida que duelen, como la enfermedad, la soledad o la muerte. Pero es tremendamente sanador mirar ahí, reconciliarnos con la muerte y recordar que nuestro tiempo es limitado. Como decía Sócrates, hay que vivir practicando el morir. Aprovecha la vida, suelta las piedras de la mochila que te frenan para tener la vida que quieres. Este es el trabajo que hace Amalia con Daniel. Ella le va dando herramientas de autoindagación, un manual de vida. Cada lector puede ir haciendo ese viaje con Daniel, viendo cuáles son sus emociones, cómo las gestiona o si las evita, si tiene los duelos elaborados o no...

—Aquí identificas cinco heridas inaugurales, heridas que pueden venir de la infancia: la del rechazo y la del abandono entre ellas. ¿Nos ayudan a entendernos, a entender, por ejemplo, por qué evitamos la intimidad en las relaciones o la buscamos a la desesperada? ¿Cómo nos condicionan esas primeras heridas que nos marcaron?

—Es un tema precioso, porque hemos venido a la vida a experimentar, a veces toca el amor y la alegría, y otras el dolor o cosas complicadas y ambivalentes. Pero lo que nos llevamos es experiencia, y hay que quitarle dramatismo a lo que nos pasa; tomarlo con más deportividad. Esas heridas son, junto con las creencias limitantes, las dos patas que hacen las relaciones más conflictivas. No tiene que ver con el de enfrente, ¡tiene que ver conmigo! Es importante ver qué creencias limitantes tengo sobre la pareja, el dinero, los amigos... Hay muchas que podemos soltar, que heredamos de nuestra madre o de nuestro entorno. Una de ellas puede ser, por ejemplo, el concepto de felicidad.

—¿Por qué quedan tanto las heridas antiguas y de forma inconsciente?

—Cuando somos niños tenemos un software precioso. Pero en esa primera infancia cuando pasa algo tiene un impacto emocional fuerte, es como una marca del zorro que se queda, y nos hace sentirnos muy vulnerables en esa primera herida que tuvimos. Hay cinco: el abandono, el rechazo, la humillación, la traición y la injusticia. Si yo, por ejemplo, tengo la herida del rechazo, voy a ser muy sensible a todos los rechazos. Cualquier persona que me rechace puede abrir esta herida; lo que tengo que hacer es tratar de cerrar esa herida. Que me rechacen no es agradable, pero hay que aprender a encajarlo de otra manera.

—¿Perder es no arriesgar?

—Hay que arriesgar. Que el día que nos vayamos no se nos quede nada por vivir, que no nos frene el miedo. La gente tiene mucho miedo, miedo a sufrir. Si lo tomáramos como experiencia... Yo quiero enamorarme, me estoy enamorando... Lo importante es lanzarse a la vida y, si te hacen daño, tener buenas herramientas. Esto se lo digo mucho a los más jóvenes: «Lo importante no es que nos caigamos, porque todos nos vamos a caer o a practicar un mal hábito». Lo importante es tener herramientas para no quedarse ahí. Y con esa experiencia de fracaso o rechazo llevarnos aprendizaje. No es «¿por qué me ha pasado esto?», sino «¿para qué me sirve, cómo haré si me vuelve a pasar»? Un concepto del que hoy se habla mucho es la resiliencia. Ser resiliente. Creo absolutamente en eso. El dolor es inevitable, es parte de la vida. Pero el sufrimiento sí lo podemos evitar, porque es mental.

—¿Cómo se explica este matiz?

—Todo sufrimiento viene por un pensamiento y luego baja al cuerpo, a emociones. Si no tenemos control, soberanía de nuestra mente, si dejo que en ella entren un tipo de pensamientos..., puedo sufrir mucho. Yo doy herramientas para elegir los pensamientos que quiero y evitar los tóxicos que me van a acabar destrozando la vida.

«La felicidad con la atención plena tiene que ver todo! La mente está yendo siempre al futuro con los y si... En el presente estamos muy de puntillas. Una mente enfocada siempre es más feliz que una mente dispersa»

—¿Qué relación tienen la felicidad y la atención, y la infelicidad con su déficit?

—¡La felicidad con la atención plena tiene que ver todo! La mente está yendo siempre al futuro con los y si... En el presente estamos muy de puntillas. Y la felicidad ni es permanente ni tiene que ver con la idea de éxito y sonrisa constante que vemos en redes. La clave es aprender que puedes ser feliz aunque lo de fuera no esté alineado o no encaje. La felicidad tiene que ver, si es duradera, con una sensación de silencio mental. Cuando silencias la mente, se desinflama la amígdala, sales de los bucles mentales y puedes disfrutar de las pequeñas cosas. Mi felicidad no depende entonces de la dopamina externa, sino más de la serotonina. Una mente enfocada siempre es más feliz que una mente dispersa.

—¿En qué consiste meditar?

—Es fundamental. Yo empecé hace 30 años y para mí meditar es medicina en vena. Doy formación a empresas y a equipos de alto rendimiento. La palabra meditación se asocia a inciensos y túnicas. Hay que quitarle esto; meditar es una herramienta de entrenamiento mental que te da salud integral. Se ha demostrado que un pensamiento torcido recurrente acaba en una célula torcida. Hay que regar cada día el patio de nuestra mente. Meditando. Cuando cocino, solo cocino. Lo que decían las abuelas de «estáte en lo que estás».

—¿Cómo se empieza?

—Respirando bien, por ejemplo.

—¿Lo que nos enfada de otros es lo que nos molesta de nosotros mismos?

—Lo que más me chirría de otro me puede llevar a un entendimiento de mí mismo. En vez de victimizarme, es constructivo pensar: «¿Por qué me molesta esta persona, esta actitud?». Una persona prepotente puede molestarme porque quizá yo soy igual de prepotente. Pero también puede ser que cuando veo a alguien prepotente yo me haga chiquitita. El trabajo está en mí: ponerme a la altura de esa persona prepotente y expresarme con asertividad, sin hacerme ni grande ni pequeña. De todo conflicto se puede aprender. Puedes decir lo que piensas sin ofender. Hay gente que debe aprender a sentir rabia, por ejemplo. La rabia es necesaria para poner límites sin que los caballos se desboquen. «No me hables así». La rabia hay que sacarla, es una de las emociones más tóxicas. Si la reprimes, es de las emociones que más enfermedades provocan. Las personas más irascibles son las que necesitan un abrazo, pero no lo saben pedir.

—¿Se trabaja igual el estrés con una persona que en una empresa?

—El protocolo de trabajar con estrés es el mismo. Lo que recomiendo es entrenamiento mental, siempre; bajar el ruido de la mente, y perder el miedo.

—¿Qué hace infelices las empresas?

—Una mala gestión del tiempo, el estar friendo el cerebro, el multitarea. El estrés es necesario, pero hay que aprender a no caer en distrés (patológico). Enseño en las empresas lo mismo que a las personas. Escribo estas herramientas con toda la conciencia de que sirven porque llevo años aplicándolas, y aún me siguen diciendo: «Thais, la respiración cuadrada aún me sigue salvando la vida en momentos duros de estrés». [Inhalar contando hasta 7, aguantar la respiración contando hasta 7, exhalar contando hasta 7 y aguantar sin aire contando hasta 7, todas las veces que sea necesario].

Meditar no va de inciensos

y túnicas, es medicina en vena”

FOTO: MARTA MACHíN