Leticia Sala: «Las mujeres no tenemos un lugar asegurado en el mundo a partir de cierta edad»

ANDREA GARCÍA / M. V.

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Leticia Sala
Camila Falquez

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para frenar el paso del tiempo? En su último libro, Leticia Sala analiza la dictadura de la belleza rápida, los abusos del bótox y las consecuencias de la cosmética clínica en los más pequeños

18 ago 2026 . Actualizado a las 08:39 h.

Dejó un trabajo estable en una Big Four (las cuatro firmas más grandes del mundo en servicios profesionales de auditoría, consultoría, asesoramiento legal y fiscal) y los juzgados para convertirse en una de las voces más agudas del ensayo contemporáneo. Tras el éxito de sus publicaciones, Leticia Sala (Barcelona, 1989) regresa con Dame veneno que quiero vivir, un lúcido e incómodo análisis sobre la presión estética que sufren las mujeres, el negocio del skincare y los peligros del bótox.

—Has estudiado Derecho y eras abogada...

—Ejercí como abogada y la verdad que en todo momento sabía que no había elegido bien, pero llevé mi error hasta el final, incluso trabajé en una Big Four. Pero en un momento dado me di cuenta de que estaba llegando a un límite de infelicidad extrema y lo dejé. Me puse a estudiar un máster de periodismo cultural y empecé a trabajar en una ONG que se ocupaba de que llegaran los libros digitales a países en desarrollo. Después me quedé en el paro y empecé a publicar las cosas que escribía en las notas del móvil en Instagram, sin ningún tipo de intención. Rápidamente empecé a ver que había interés en internet. Seis meses más tarde me escribió Luis Prados, el editor de la editorial independiente Terranova en Barcelona, para proponerme publicar un libro. Ahí publiqué Screen After Effect y a partir de ahí empecé a escribir para medios, marcas, etcétera.

 —«¿Por qué papá no se pone cremas y tú sí?». ¿Qué respuesta le das tú a tu hija en este caso?

—Este fue el motivo por el que escribí el libro entero, porque no tenía una respuesta simple ni corta. El libro explora cómo esta resistencia al envejecimiento está mucho más pronunciada en las mujeres que en los hombres. Una de las cosas que planteo es que las mujeres no tenemos un lugar asegurado en el mundo a partir de cierta edad, como sí lo tienen los hombres. Bajo este punto de vista, parece lógico que si te sale una crema que te promete quedarte como cuando tenías 20 años, te la compres.

 —Hablas de ese miedo a no reconocernos en el espejo después de ser madres...

—Pienso que la maternidad supone un cambio tremendo de identidad, y esto se refleja en lo emocional y en lo que te devuelve el espejo. Si uno no es un poco consciente, la industria cosmética estará encantada de entrar en un momento así y venirte con soluciones, cuando, en realidad, el tema es mucho más profundo: el cambio identitario está siendo a un nivel que no se corrige con una crema.

 —¿Crees que una vez que se pasa la «barrera de las agujas» ya no hay vuelta atrás?

—Sí creo que hay vuelta atrás. Desde que se publicó el libro he recibido mensajes muy esperanzadores de mujeres que se ponían bótox desde hacía tiempo y lo iban a dejar de hacer, o que se lo estaban planteando. Quiero creer que, por inercia, puedes haber hecho cosas y luego, con más información, cambiar de opinión. En el libro, menciono que esto es algo adictivo, por eso es importante no banalizarlo ni pensar que lo haces durante años y luego todo sigue igual.

 —¿De dónde sacan las niñas el dinero para poder comprar su «skincare»?

—Es la gran pregunta, porque sin dinero las niñas no lo podrían comprar. Ahí te das cuenta de que hay una responsabilidad enorme de los padres, no solo es culpar a las redes sociales o al colegio. Por otro lado, como el skincare se está sofisticando y encareciendo, aparecen los productos de dudosa calidad. Esto perjudica a la gente que no puede acceder al producto carísimo o al bótox de calidad. No es un problema solo de ricos; al estar globalizado, afecta más a quienes no pueden acceder a tratamientos seguros.

 —En el libro relatas un episodio de «violencia estética»

—El concepto de violencia estética fue acuñado por la activista Esther Pineda. Puse ese ejemplo para que se entienda hasta qué punto es una práctica habitual que probablemente nos ha pasado a todas: estar en una cabina estética con un propósito y que el profesional aproveche para poner la atención en cosas de tu cuerpo sobre las que ni habías preguntado. En mi caso, iba a hacerme una limpieza facial. Estaba en una posición horizontal y vulnerable, en modo relajación. Me preguntó si dormía de lado y respondí que sí. Me dijo: «No hace falta que lo jures, tu escote habla solo», refiriéndose a las arrugas del escote. Consiguió que me fijara en una zona nueva de mi cuerpo cuando solo iba a hacerme una limpieza facial. Ayuda a entender los tentáculos de la violencia estética: es la normalización de ir a hacerte algo y salir con un nuevo problema.

 —También señalas los peligros del bótox de los que nadie habla.

—Cuando empecé a investigar y a hablar con amigas, me di cuenta de que estos hallazgos no se sabían a nivel de calle. Hablar con una amiga tomándote una cerveza y decirle: «¿Tú sabes que el bótox reprime las emociones?». No tenían ni idea. Es importante que esta información llegue y luego que cada uno haga lo que quiera con ella. Pero que se sepa que no es tan inocuo como nos lo han vendido. A mí me han ofrecido ponerme bótox diciéndome que el cuerpo lo reabsorbe y no pasa nada. ¿Cómo no va a importar algo que paraliza tus expresiones, que es caro, que te obliga a un mantenimiento, que es un veneno y que provoca adicción? Hay muchas alertas rojas.

 —¿Por qué crees que la vejez de las mujeres es un tema tabú en la sociedad?

—Este mundo es tremendamente edadista con la mujer. La sociedad ha puesto esto en el lugar del tabú, de la sombra y del secreto. Se crea una vergüenza alrededor de cumplir años y ahí llega la mentira con la edad, los retoques y el secreto. Veo todo menos a una mujer libre en alguien que está escondiendo el paso del tiempo.

 —¿Puede ser un problema para sus hijos, las caras paralizadas por el bótox de sus madres?

— Las madres son uno de los colectivos en una situación más difícil: querer estar en el mundo, tener un lugar en él y maternar. Hay que tener la información de que esto no solo afecta al pescadero que lee tu emoción cuando le compras pescado, sino a tu propio hijo, que necesita esas emociones para comprender el mundo. Si colectivamente hay un rechazo a las arrugas, me parece importante recordar que las expresiones las necesitamos para la supervivencia humana.

 —¿Cómo trabajas a diario para que tu hija no entre en estas dinámicas?

—Primero, escribiendo este libro, y luego siendo un ejemplo para ella. He ganado la conciencia de que no puedo pretender criar a una hija libre si me ve inyectándome cosas u obsesionada con mi envejecimiento. Creo que se enseña más desde el ejemplo y lo que ven, que desde lo que se dice.