Silbia y su pareja llevan viajando todo el verano: «En septiembre haremos 90 intercambios de casa»

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Más de dos meses conociendo sitios. Muchos son los kilómetros que lleva Silbia a su espalda y muchos más los que le queda por hacer: «Francia nos la hemos trillado. También Italia, Alemania y los Países Bajos...», asegura

13 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Silbia y su pareja Ángel llevan un verano envidiable. Y no es el único. El anterior también fue así. Y el de hace dos años, y el de hace tres... Porque esta pareja ha decidido que la vida está para disfrutarla mientras puedan. Así que desde que Ángel se jubiló, en cuanto llega la temporada estival, no se les ve el pelo por Ansoáin, la localidad cerca de Pamplona donde residen. En lo que va de verano ya han recorrido varios destinos de Francia, un país que se conocen de cabo a rabo. Han estado también en las Rías Baixas, han vuelto al norte de Francia y a mediados de agosto se irán a Oporto. Desde el pasado mes de junio no paran más de dos días seguidos en su casa. Solo se quedan si les pilla de camino para hacer coladas y poco más. Al día siguiente ya se encaminan a su próximo destino. Y así estarán más de dos meses seguidos.

Viajan a través del método de intercambios de casas (Homeexchange) y Silbia reconoce que ya no sabría hacerlo de otra forma. Para ella, es una forma de vida. Considera que, entre las muchas virtudes que tiene esta forma de viajar, está realizar un turismo sostenible, porque mientras ellos no están, otros ocupan su lugar y se hospedan en su casa. «En septiembre haremos ya 90 intercambios. Nosotros ya estábamos antes en otra plataforma, pero cuando desapareció, nos pasaron a todos a esta. Y la verdad es que nos parece la pera limonera, porque vas a sitios maravillosos, te quedas en unas casas estupendas y siempre hay muy buen rollo. De hecho, con los primeros que hicimos un intercambio, todavía nos mandamos felicitaciones de Navidad. Hay gente maravillosa», comenta Silbia, que es todo alegría y desparpajo.

CASI DOS DÉCADAS

Cuenta que se animaron a unirse a esta modalidad por el boca a boca: «Fue hace 17 años. Yo tenía una pastelería, y un representante que venía me comentó que estaba anotado al intercambio de casas. Entonces, nos animamos e hicimos el primer viaje al Algarve portugués». A raíz de esa primera experiencia, ya no se pudieron desvincular. Silbia y Ángel tuvieron claro que esa iba a ser su manera de viajar. «Durante un par de años nos compramos una caravana y viajábamos con ella. Nos fuimos a Córcega, a A Coruña, a Francia... Pero nuestra hija Miriam creció y un día nos dijo: “¿Qué hacemos durmiendo los tres en una cama si podemos tener una habitación para cada uno?”. Ella es muy práctica. Pero tenía razón y volvimos a Homeexchange. Y desde entonces, llevamos ya 17 años haciendo intercambios de casas», cuenta. Y viajando por un sinfín de lugares: «Este año estamos haciendo más en España, que hasta ahora casi nunca habíamos hecho. Francia nos la hemos trillado prácticamente toda. Porque, además, a los franceses les gustan mucho los jardines. Y muchas de las casas tienen jardín. También hemos estado mucho en Italia, en los Países Bajos, en Alemania...».

«Ángel era bombero y, antes de jubilarse, tenía turnos de 24 horas y solo trabajaba unos 60 días al año. Siempre hemos tenido ocasión de viajar. Aunque yo tenía una mercería, la cerraba unos dos meses al año, que es mucho para la gente normal. No nos íbamos todo el verano, pero sí un mes, y luego hacíamos escapadas de varios días. Pero desde que se jubiló Ángel, hace unos cuatro años, nos hemos enganchado y en verano ya no paramos por casa», añade.

CONOCER OTRAS CASAS

«A nosotros el hecho de ir a las casas de otras personas nos parece lo más. Es un plus porque las casas te hablan. Unas te dicen unas cosas y otras, otras. Aunque hay algunas que no te dicen nada [se ríe]. Por ejemplo, muchas propiedades francesas tienen huerto y gallinas. Así que te levantas por la mañana, coges huevos, unos tomatitos y te los desayunas. Además, las familias francesas te dejan sus álbumes de fotos para que los veas. Igual que los holandeses. Tienen sus casas muy abiertas a todo el mundo», comenta. «En general, todas las experiencias que hemos vivido son muy divertidas. También te encuentras otras casas muy minimalistas... Otras con 50 figuritas por todos lados. De eso hay mucho en Andalucía», resume Silbia, que casi puede hacer una tesis doctoral sobre cómo son las casas, dependiendo del lugar al que vayan.

Este es el cuarto verano que lo dedican exclusivamente a descubrir sitios. Algunos de los viajes los hacen ellos solos, y a otros se apunta su hija, aunque también ella hace intercambios por su cuenta. «Nos vamos a mediados de junio y no paramos hasta finales de agosto. Este año, hemos estado en Piles, en Valencia. Ahí estuvimos diez días. Este intercambio lo hicimos con un chico con el que intercambiamos nuestras casas a menudo. Él ya ha venido varias veces a Baztán. Y tenemos muy buen rollo con él. Luego nos fuimos a Canet de Mar, que vamos todos los años. Y ahí estuvimos otros diez días más. Volvimos y nos fuimos a Marín, otros diez días, que nos ha encantado y queremos volver. Y así se nos ha pasado el mes de julio», explica. «En agosto, ya hemos ido a Rennes, en la Bretaña francesa, nueve días. Luego nos hemos quedado cinco en Navarra para ver el eclipse, y el día 16 ya nos vamos para Oporto, donde estaremos hasta el 31 de agosto. Y después, pues no sé. Seguro que cae alguna cosa más de cinco días en septiembre», añade, mientras comenta que antes del verano también estuvieron en Vizcaya, en el parque natural de Urdaibai, «que es preciosísimo», y en Bidart, en el País Vasco francés.

«Para nosotros no hay otra forma mejor de viajar. Tenemos una casa en Baztán, en Navarra, que es un valle muy bonito, y es con la que hacemos los intercambios. La gente que va se queda encantada. Para nosotros ya es un modo de vida. La única manera de viajar. Yo no me iría a un hotel. Es un modo de compartir. Y considero que no tengo nada en mi casa que se pueda robar. Y si en algún momento pasara eso, pues pensaría que si se lo han llevado es porque lo necesitaban y ya está. No le tengo apego a las cosas materiales», reconoce. Además, también considera que es una manera de conocer a muchísima gente de otras zonas. «Creas vínculos y formas una comunidad muy bonita. Me pasó una vez un detalle con una pareja de unos 65 años que vinieron a mi casa. La pobre señora estaba toda preocupada porque me había manchado la mesa del comedor de madera con disolvente de uñas. Coincidió que durante este intercambio estaban mis padres allí, en su propia casa, y me avisó mi madre para contarme que me iba a llamar la señora porque estaba muy disgustada. Ella quería pagarme la mesa. Pero le dije que no, porque además tenía un color que no nos gustaba nada y quería ver bien cómo la reparaba o cómo hacía. Así que le dije que no se preocupara y que disfrutara de las vacaciones», relata. «Ella insistía en pagar el arreglo. Pero cuando llegué y la vi —continúa— casi me gustaba más el color que se había quedado con el disolvente. Así que bañé la mesa en disolvente de uñas para unificar el tono. Pero no sé por qué no quedaba igual. Compré un decapante especial y bueno... se me quedó una mesa preciosísima. Luego le eché un barniz mate ecológico y la mesa estaba espectacular. Así que me hizo un favor. Me dio un poco de trabajo, pero quedó estupenda. Ella insistía en que le pasara la factura de los productos, pero no le pasé nada. Igual es que nosotros somos así», indica.

UNA FILOSOFÍA DE VIDA

También cuenta que en una ocasión en Berlín, las dueñas de la casa les encargaron regar las lavandas cada dos días: «Y cuando llegaron ellas nos dijeron que estaban un poco pochas. Pero, claro, es que regar las lavandas tan frecuentemente en un país que llueve tanto.... Si a mí se me muere una planta, me compro otra y listo. ¿Qué le vas a hacer?». Esta es un poco la filosofía de vida de Silbia y por la que siempre le ha ido tan bien realizando intercambios de casa. Aun así, reconoce que no todo el mundo está dispuesto a dejar su vivienda a un desconocido, pero aclara que tu casa también está en el juego y que es un sistema muy solidario. Si quieres que cuiden de tu casa, tú también correspondes de la misma manera. Además, hay valoraciones de los anfitriones y de los huéspedes después de cada intercambio. De tal forma que tienes referencias de la persona que se va a alojar en tu casa. «Tenemos claro que de otra forma sería imposible viajar tanto y durante tanto tiempo. Además es que nos encanta. Es una experiencia que nos enriquece muchísimo. No sabemos ya viajar de otra manera», asegura.