La historia de superación de Nayibe y su hija tras dejar Venezuela:«Nos tocó reaprenderlo todo, hasta la manera de decirnos te quiero»

ALEJANDRO CASTILLO / M.V.

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Nayibe (izquierda) junto a su hija Jossiana (derecha), con quien cruzó el Atlántico. Hoy ambas construyen su vida en Santiago de Compostela.
Nayibe (izquierda) junto a su hija Jossiana (derecha), con quien cruzó el Atlántico. Hoy ambas construyen su vida en Santiago de Compostela. SANDRA ALONSO

A sus 60 años Nayibe Borges dejó Venezuela en busca de un futuro mejor acompañada de su hija Jossiana, que es una persona sorda. A pesar de los obstáculos, este nuevo comienzo ha puesto a prueba su fuerza y su capacidad de reinventarse

09 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay una frase que Nayibe Elizabeth Borges (Venezuela, 1962) repite con orgullo: «Nosotros los venezolanos hacemos de tripas corazones». Esas palabras la arman de valor, le permiten disimular el miedo y sobreponerse cuando toca, como le tocó a ella cuando tuvo que renunciar a la vida construida en su país para empezar desde cero. Borges nació en Barquisimeto, conocida como la capital musical de Venezuela. En 1988 se mudó a Caracas, donde crió a sus tres hijos. Trabajó incansablemente para que su familia fuera un equipo —ella y sus tres hijos— y más tarde los nietos que fueron llegando. Al año siguiente de haberse mudado a la capital ocurrió «El Caracazo», una ola de protestas, disturbios y saqueos masivos. «Había alquilado una casa con opción a compra. Durante los saqueos, un grupo de personas incendió una tintorería cercana y el fuego afectó las paredes de mi vivienda, y terminamos perdiendo la mitad del dinero que habíamos pagado. Yo estoy acá para darle una mejor calidad de vida a mis hijos», relata.

Borges ha vivido, desde hace algunos años, con el corazón partido: «Cuando estaba allá extrañaba a mi hija la mediana que se había venido hace año con una de mis nietas, pero ahora que estoy acá extraño a mi madre, a mi hijo y a mis hermanos, sobre todo porque allá se va la luz muchas veces y no hay señal, lo que dificulta la comunicación». Vivir en otro país no estaba en sus planes. Había emigrado ya una vez dentro de su propio territorio, pero cruzar un océano, en otro continente, era distinto. En el 2022 hizo las maletas y voló a Madrid junto a su hija mayor Jossiana y su nieta, para luego trasladarse en coche hasta Santiago de Compostela. «Llegué con sentimientos encontrados. Por un lado tenía la emoción de reencontrarme con mis amores después de muchos años, pero también estaba dejando mi país. El duelo migratorio no se acaba nunca», cuenta con emoción. En Venezuela, Borges estaba jubilada, había trabajado muchos años en contabilidad y había montado su propio negocio de telas. Sin embargo, desde que llegó a España no ha dejado de formarse. Ha realizado desde cursos de administración hasta formaciones para el cuidado de personas dependientes y mayores. «Llegar a España significó hacer cosas que nunca pensé hacer en mi vida y enfrentarme a otras que tampoco me imaginé». Ha atravesado todos estos desafíos con una salud comprometida. «Perdí mi riñón derecho y como soy diabética, la herida no me cicatrizó y se me formó una hernia por la que estoy en lista de espera para operarme». En el 2024 sufrió un ictus que la mantuvo tres días en cuidados intensivos. Y como si la vida no le hubiera puesto ya suficientes pruebas, con el reciente terremoto en Venezuela su casa sufrió daños. El mayor alivio es que los suyos están a salvo. «Todas las paredes, desde la sala hasta las habitaciones, están resquebrajadas. Están etiquetando las viviendas: las rojas indican que no son habitables; las amarillas, un uso restringido, y las verdes, que fue la que le pusieron a mi casa, una estructura que presenta daños menores», explica.

EL IDIOMA DEL AMOR

Las primeras semanas en Galicia fueron choques culturales desconcertantes. Borges es hipertensa, y un día tuvo una experiencia desagradable en la consulta de un médico que la trató muy mal: «Como mi hija es sorda y yo soy su intérprete de lengua de signos, siempre intentaba coordinar nuestras citas el mismo día para acompañarla, ya que no cualquiera sabe comunicarse con ella. Al doctor, le molestaba que entráramos juntas. Si mi cita era primero, después no quería atender a mi hija, y si la de ella era primero, luego me atendía a mí de muy mala gana o no me atendía, y me insultó. Lloré de la impotencia y se me subió la tensión».

Jossiana, de 45 años, nació con hipoacusia bilateral, una condición que mantiene los tímpanos sellados y calcificados, sin resto auditivo alguno. Cuando era bebé, Borges intuía que tenía problemas de audición y unos exámenes confirmaron la pérdida auditiva completa. Desde entonces, criar a su hija significó aprender un idioma nuevo. «Duré casi un año estudiando lenguaje de signos», cuenta, un esfuerzo que hizo para comunicarse mejor y ayudarla mientras la niña estudiaba en un colegio de educación especial. Ella llevaba muchos años dando por sentado algo que resultó no ser cierto: que la lengua de signos era universal. «Cuando llegamos aquí, nos dimos cuenta de que cambia por completo entre España y los países de América Latina. Acá usan la Lengua de Signos Española (LSE)», explica. Jossiana tuvo que volver a estudiar, esta vez en la Federación de Asociación de Persoas Xordas de Galicia (FAXPG), un proceso que sigue en marcha años después. Y en ese reaprendizaje, los papeles se invirtieron: la madre que una vez le enseñó a comunicarse ahora aprende de su hija. Además de estudiar, Jossiana trabaja como camarera de pisos en un hotel. Fuera de la gramática de las señas, hay un gesto que describe como el idioma real entre las dos: «Ella tiene sus formas de demostrar su amor. Siempre nos hacemos la seña con forma de corazón que significa te quiero. Cuando pasa por nuestras habitaciones en la noche y nos ve desarropadas, nos arropa con la sábana. Cuando me ve triste o enferma es atenta conmigo y me dice con sus gestos que todo va a estar bien. A mi hija y a mí nos tocó reaprenderlo todo, hasta la manera de decirnos te quiero».

Los venezolanos, según Borges, están hechos de perseverancia, fe y mucha confianza en sí mismos. Las tradiciones no rivalizan entre sí: la Nochebuena se celebra al estilo venezolano, con pernil y hallacas, mientras que la cena de Fin de Año se hace al estilo español, con marisco y pescado. Migrar no significa borrarse. «Yo siempre he dicho que nosotros debemos acostumbrarnos y adaptarnos al país al que emigramos, no que el país se adapte a nosotros», afirma.

Cuando algo le pesa, acude a sus propios refugios, casi terapéuticos: las plantas y el canto, una pasión de infancia que había abandonado en Venezuela. «Para mí, la música es el mejor relajante y la mejor terapia que un ser humano puede tener». Luego está la memoria sensorial de lo que dejó atrás, que Borges convoca sin que se lo pidan dos veces: el mar. «Mi rincón favorito en mi país siempre fueron las playas, ese aroma sabroso a salitre». Su identidad incluye una alegría deliberada: «Tenemos esa chispa de humor con la que llevamos alegría a donde vayamos. Esas ganas de sentirnos bien y hacer sentir bien a los que nos rodean», y añade: «En la asociación de migrantes a la que asisto (AMIGA) me conocen como la alborotadora porque llego a bailar y a poner música».