El secreto del descanso de Patricia: «Paso todas las vacaciones de agosto con mis suegros desde hace diez años»

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Patricia con sus suegros, Delfina y Andrés, que la conocen desde hace 26 años.
Patricia con sus suegros, Delfina y Andrés, que la conocen desde hace 26 años.

Para ella, Delfina y Andrés son como sus padres: una familia que conoce desde la época de la universidad y con los que ahora pasa todos los veranos en una casa de aldea en A Coruña

04 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Para Patricia pasar el mes de agosto de vacaciones con sus suegros es uno de los mayores regalos que le podían hacer: «Son casi como mis padres porque los conozco desde hace unos 26 años. Imagínate, ¡si hasta vinieron a mi graduación cuando terminé la carrera!». Y este es su pequeño homenaje a Delfina y a Andrés, los padres de su marido Sergio, los abuelos de su hijo Martín, de 10 años, los que la ayudan con la crianza durante el año y los que le abren las puertas de su casa en Mántaras, (Irixoa, A Coruña) en verano. «Durante el invierno somos vecinos, casi puerta con puerta. Yo le llamo una crianza en tribu. No es que Martín vaya de vez en cuando con los abuelos, es que somos cuatro padres», cuenta emocionada.

Su ritual, todos los veranos, desde hace diez, es casi el mismo. Los primeros en llegar a Irixoa son Delfina y Andrés. En las casas de aldea siempre hay algo que hacer: cuidar del huerto, poner todo a punto, salir a pasear y hablar con los vecinos. Aquí empiezan los veranos lentos y sin móviles. Los días en los que solo escuchan los sonidos de los pájaros.

Cuando se acerca agosto, Patricia hace las maletas y deja A Coruña para instalarse en Irixoa con su marido y su hijo, y allí se quedan todos hasta septiembre. «Hasta que nació Martín, nosotros no íbamos de vacaciones con ellos. Lo típico, te querías ir de viaje por ahí. Pero cuando el niño empezó a caminar encontramos allí una manera de poder descansar, desconectar, de que tuviéramos contacto con la naturaleza», cuenta. «Me pasa todos los años: cuando se acerca la fecha de ir para Irixoa siempre tengo mil planes, que si voy a ir a comer a Betanzos, que si vamos a hacer una ruta en kayak. Pero la realidad es que conforme va avanzando el tiempo cada vez haces menos planes y disfrutas más de la vida de la aldea. De hecho, siempre llevo la maleta llena de ropa que no me pongo: estoy todo el día con el pantalón corto y dos camisetas». La relación con sus suegros es muy buena, pero son distintos y se respetan los espacios. «En casa, de política y religión no se habla. No es que seamos amigos, somos muy diferentes, ellos son más tradicionales y yo soy un poco el perro verde de la familia. Pero hemos encontrado, a lo largo de los años, un equilibrio y nos entendemos. Nos vamos de vacaciones juntos porque respetamos el espacio de cada uno. En realidad, estamos conviviendo en la casa, pero cada uno tiene allí su paraíso. Yo, por ejemplo, me paso el día leyendo, me pego atracones de lectura, y pinto mucho, por afición, saco el caballete fuera y me pongo allí las pinturas. Y, ellos están en la huerta o van a visitar a los vecinos. Cada uno hace sus planes dentro de la casa». Lo que sí se celebra en compañía son las fiestas: «La primera semana de agosto estamos todos para preparar as festas, para tener todo listo para recibir a la gente en casa». Y también las comidas: cuando todos se sientan a la mesa para comer juntos.

JUNTOS, NO REVUELTOS

Patricia explica que este año el verano está siendo un poco especial: «Los dos están operados del corazón, mi suegro hace unos meses, y toda esa actividad de aldea no la puede hacer. Así que, como soy restauradora y estoy trabajando en la restauración de cuadros y estos se pueden trasladar, pues me monté en el bajo de la casa de Irixoa el taller y así puedo estar con ellos». Está siendo un verano distinto, con un mes de julio en el que Patricia sigue con su taller en Irixoa y con algún viaje de ida y vuelta en el día a A Coruña para reuniones de trabajo. «Estoy tan bien que hasta a veces me planteo quedarme aquí todo el año», cuenta emocionada.

Para Patricia sus suegros son un pilar fundamental. «La casa de Irixoa está genial y está remodelada y, la verdad, ellos podrían vivir allí todo el año porque están jubilados. Pero son tan buenos que viven en A Coruña para ayudarnos con la crianza de Martín. Siempre les digo: «Si no fuera por vosotros no podría conciliar y estar en el taller». y siempre tengo la deuda de que ellos podrían estar allí. Pero la realidad es que mi suegra siempre me dice que somos nosotros los que le hacemos el regalo a ellos de permitirles estar en la crianza de Martín». En Irixoa, Patricia les enseña su trabajo de restauradora. «Vengo del mundo artístico e igual no es una profesión tan fácil de entender, pero lo respetan». Cree que esa admiración y ese respeto por lo que hacen los demás es la clave del éxito de la relación. «Yo soy una persona muy independiente y siempre han permitido esa independencia. Nunca te obligan a ir con ellos a un sitio en concreto o a que te tengas que quedar de sobremesa. Cuando terminamos de comer, recogemos y cada uno va a hacer lo que más le apetece».

UN PILAR FUNDAMENTAL

«Delfina y Andrés son personas superempáticas y me encanta cómo asumen todas mis locuras. Aún hace poco se me ocurrió que quería probar unas pinturas con unas telas a ver si agarraba y mi suegro me ayudó a colgar las telas al lado de la leñera. Creo que no entendieron muy bien cuál es el objetivo de eso, pero me ayudaron a hacerlo», recuerda Patricia de sus anécdotas en la casa familiar de verano.

«Todo esto hace que la relación sea muy fácil. Para mi hijo Martín, además, los abuelos son lo más importante. Aún recuerdo que cuando tenía seis años, en una actividad por el día de los enamorados, le hizo un regalo para su abuela. Ya le dije, en plan broma, que de eso no me olvido. Creo que ese vínculo con los abuelos es muy especial, que los niños puedan criarse con distintas generaciones es un regalo».

«Es una maravilla poder pasar el verano sin dar explicaciones de a dónde entras o a dónde vas. Hay días que prácticamente no nos vemos, solo para comer y para cenar». Para Patricia lo mejor de los veranos en Irixoa es tener tiempo para aburrirse: «Es algo que también le enseñé a mi hijo y creo que es importante porque de ahí surge la creatividad». Pero también para aprender del trabajo que hacen sus suegros en la aldea: «Ellos no paran de hacer cosas».

Con ellos van a aprender cómo cuidar del huerto, a cortar la hierba… «Esa casa para ellos es su pasión y yo también lo entiendo». «Es un lugar en el que disfrutamos todos juntos haciendo lo que queremos. La verdad es que a mis alumnas de las clases de restauración siempre les hablo de mis veranos allí y lo maravillosos que son. Encontrar ese lugar de calma, de poder pasarme las horas en el porche, de ver a mi hijo disfrutar con sus abuelos, es una gran suerte que espero poder seguir viviendo muchos años».