Nuria y Sonia, 54 años, y toda la vida de cámping: «Lo mejor de veranear así son las vecinas»

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Nuria y Sonia, en la playa de su cámping
Nuria y Sonia, en la playa de su cámping -

Muchos deciden instalarse con sus caravanas para pasar el verano en uno. Esta es la vida campista. «Te hace más empático. Si aparecen dos chicas de paso con una tienda y no saben montarla, terminas ayudándolas. Les ofreces hasta café», confiesan

05 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Una valla era lo que separaba hace unos cuantos años el espacio que ocupa Sonia y el que ocupa Nuria en un cámping de Vilanova de Arousa. Decimos separaba, porque aunque todavía continúa colocada y cada una tiene sus pocos metros cuadrados, eso no fue un impedimento para que estas dos vecinas hiciesen muy buenas migas. Ahora podrían hasta saltar por encima de ella y probar a hacer parkour que no pasaría nada. Porque compartir lugar de veraneo —y ver la colada tendida de cada una— desde hace años es lo que tiene. Nuria es de Betanzos, Sonia de Padrón. Una buena mezcla, como cuando acompañas la tortilla con los pimientos. «Al principio te cuesta lanzarte a hablar por la timidez, pero llega un momento en el que haces un vínculo y después tienes contacto el resto del año», confiesan las dos. Ambas también están de acuerdo en que las amistades que nacen en estos entornos son para siempre. «Lo sé por mis hijos, porque siguen teniendo los amigos de cuando eran pequeñitos», indica Nuria. «En mi caso, en el mes de agosto, siempre vienen unos amigos del País Vasco y otros de Lugo. Nos conocimos aquí. Nos juntamos como unas 25 personas durante 15 días», añade. Desayunos, comidas y cenas en compañía que se basan en leche, paellas y macarrones.

Purés en el cámping gas

Sonia también se introdujo en la vida campista cuando sus hijos eran pequeños. De hecho, ahora siendo mayores, los dos se pelean por ver quién duerme fuera de la caravana y estar más al fresco en una tienda de campaña que instalan en su propia parcela. Por su parte, Nuria fue desbloqueando niveles y distintos habitáculos en los que descansar. «Cuando éramos novios, mi marido y yo, ya íbamos de cámping en Semana Santa y en verano con la pandilla. Cuando nos casamos y tuvimos los niños, decidimos volver. El mayor tiene 29 años y empezamos a venir cuando él tenía 1 añito. Primero con una tienda canadiense a la que después le compramos un avance. Recuerdo que le hacía los purés a mi hijo mayor en el cámping gas. Más tarde, compré otra con tres habitaciones y un hall. Con el tiempo nos decantamos por la caravana», explica. «Ahora tiene hasta un jardín propio», recalca Sonia. Cultiva hasta tomates cherry —por los que los vecinos se pelean— y otros vegetales. Incluso colocó un banco de madera para estar al fresco.

«Primero veníamos con una tienda canadiense a la que después le compramos un avance. Cuando mi hijo mayor tenía un añito, le hacía los purés en el cámping gas»

La palabra con la que definirían este tipo de vacaciones es libertad. «Mis hijos ya son mayores y cada uno anda a su bola, pero tú como adulto haces la rutina que quieras. Si quieres desayunar tarde lo haces, si quieres caminar, ir a la playa o no comer también...», explica Nuria. En el caso de Sonia, lo que más agradece es no tener que depender del vehículo. «La ventaja es que en la ubicación en la que estamos no necesitamos el coche para nada. Yo, si me paso una semana aquí sola sin él, puedo ir andando a la compra, a la playa, a la farmacia... Incluso ir a tomar algo a los chiringuitos de la Illa de Arousa, que son solo tres kilómetros», cuenta. Sin embargo, aunque a ella le parece un paseo, Nuria resopla un poco. Por la comida tampoco se preocupan. En los grandes fogones de la tienda cocina solo entran sus maridos, dos estrellas michelín. «Aquí cocinan los hombres, nosotras hacemos de pinches. Somos unas suertudas», confiesan entre risas.

La tarde cae y los refrigerios también se consumen durante la conversación. De fondo, niños corriendo. Alguno hasta pasa con una bicicleta a la que incluso le tiene instalado un altavoz. «La vida campista no la cambio por nada del mundo. Yo vendería esa semana del hotel de lujo para pagarme la temporada del año siguiente», confiesa Nuria. Es lógico que haya quien piense que socializar sea muy pesado cuando realmente quieres desconectar. Para Sonia es completamente posible. «Te vienes para aquí y si llegas el lunes a trabajar, no te acuerdas ni de las contraseñas. Imagínate el nivel de desconexión. Aunque pases un finde, es como si hubieses estado 15 días fuera», afirma. Además, siempre vas a tener tu propio espacio. «A lo mejor te apetece estar sola desayunando aunque el resto esté en otra parcela y no pasa nada», añade. El tamaño del cámping también lo agradecen. «Sin piscina, sin grandes instalaciones, sin parques infantiles o cosas exageradas. En uno más grande, en las fechas del 15 de julio al 15 de agosto, hay tanta aglomeración de gente que ya no estás tranquila», puntualiza.

«Te vienes para aquí y si llegas el lunes a trabajar, no te acuerdas ni de las contraseñas. Imagínate el nivel de desconexión»

«¿Os gusta estar así?»

La imagen que puede tener cualquiera de un campista antes de pasar una larga temporada en uno, seguramente la describa con la palabra caos. Por eso, a mucha gente no le convence pasar así sus días de descanso. «Yo es que no conozco a nadie que no le guste la vida campista. A mí, personas que vinieron a comer aquí me dijeron: “¿Pero os gusta estar así? ¿Y no estáis incómodos con tantos alrededor? ¿Y si llueve?”. Pues si pasa, también te puede llover en un hotel. Sí que, a lo mejor, después de pasar aquí el día entero, te acaban confesando que puede que les llegase a gustar. En general, la gente no lo prueba, porque si lo hace, se queda» , explica Nuria.

«La gente, después de pasar aquí el día entero, te acaba confesando que puede que les llegase a gustar. En general, no lo prueba, porque si lo hace, se queda»

Sonia medita y confiesa que, al final, terminas mirando por el prójimo. «Creo que te hace más empático. A lo mejor te aparecen dos chicas con una tienda, se colocan enfrente tuya y les ayudas a montarla porque no saben cómo va. Incluso les guardas cosas en tu nevera si no tienen sitio o les ofreces un café. Sobre todo, cuando vienen de la fiesta del Albariño, que están medio dormidos», afirma entre risas. Una estancia fugaz al lado de veteranos es lo que tiene. «La verdad es que es gente de paso a la que no la conoces de nada y, seguramente, no la vuelves a ver en tu vida. Pero esto te hace ser como más solidario. También desmonté un montón de tiendas de las que se arman en tres segundos porque muchísima gente no sabía cómo recogerlas y decían: “Pues la dejamos aquí”», cuenta. Entonces, ¿qué es lo mejor de las vacaciones? «Las vecinas y la gente», concluyen ambas.