Dos hermanas de Ourense con los rasgos de Táriq ibn Ziyad apresados en el color aceituna de sus pieles hacían cola en un restaurante de Manhattan. Unos metros más adelante, una pareja de edad y aspecto similares las escrutaban con una mezcla de interés y diversión que era recíproca. En unos minutos, la corriente de curiosidad se volvió eléctrica y los cuatro confluyeron con una expectación compartida: averiguar los orígenes geográficos de cada uno al considerar que nuestras evidentes similitudes físicas nos podían llevar a ser del mismo pueblo. Pero no. Las hermanas zaínas eran gallegas y la pareja de enfrente, iraní, pero en la coincidencia física había una suposición de origen.
Con ese tipo de conclusiones he vivido. Me han hablado turco en Berlín y árabe en Marrakesh. A pesar de mi rotacismo ourensano, me han supuesto sevillana en un pub de Londres y sospechado de mi con carácter preventivo en casi todas las fronteras que he cruzado, una tendencia heredada de un padre que se parecía más a Omar Sharif que a Fernán Gómez. En un bar de Madrid, un moreno que resultó ser persa me enseñó una foto de sus hermanas, nacidas y residentes en Teherán, y que se parecían más a mi que mis propias hermanas. Compartí la adolescencia con una hermosísima mujer rubia con los ojos azul transparente que todo el mundo suponía sueca y a quienes ella disuadía con un «soy de Ribadavia» que muchas veces actuaba como disolvente de gilipollas. Y engendré a una criatura con unos preciosos ojos alargados que abocaban a las visitas a considerarla adoptada en China.
Hay un experimento muy revelador que se acomete con una sencilla prueba de ADN y que rectifica a quienes siguen identificando nacionalidad con color de piel. Pueden verlo en YouTube. Un grupo de personas de procedencias diferentes y sentidos patrióticos excluyentes descubre que en su interior habitan algunas de las razas que detestan, porque en realidad las razas no existen y menos las vinculadas a un DNI. Hasta Rajoy y Mbappé comparten el 99,9 por ciento de sus genes.