El Cairo, la cuna de la civilización que nunca duerme

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Carruajes de caballos con una de las pirámides de Giza, al fondo.
Carruajes de caballos con una de las pirámides de Giza, al fondo. J. N.

Es una de esas ciudades que dejan huella. Lo hace con su gastronomía, sus gentes y su historia, que se reconstruye caminando junto a las pirámides y visitando los modernos museos que alberga

22 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pocos lugares hay que deleiten tanto a los cinco sentidos como lo hace El Cairo. A la capital egipcia, una de las cunas de la civilización, se llega de noche en un vuelo directo desde Madrid que dura unas cuatro horas y media y al que se puede unir la conexión con las ciudades gallegas. El aterrizaje es suave y la entrada al aeropuerto avecina lo que está por venir: todo un crisol en el que se entremezclan las diferentes culturas que conforman el pueblo egipcio con los turistas llegados de los cinco continentes. Hay que afinar el oído para tratar de adivinar qué idiomas se hablan en la terminal, y mientras un grupo de viajeras con niqab hace cuentas para decidir cuántas libras egipcias obtener —un euro son 55 libras al cambio—, una pandilla de amigos españoles termina de formalizar su visado. Cuesta 25 euros y se tramita allí mismo. «¿Taxi al centro?», se escucha a unos metros de allí. Unos diez o quince euros bastan para contratar a un taxista y desplazarse hacia Giza, donde arranca el viaje.

El reloj acaba de dar la una de la madrugada, pero el barrio, levantado alrededor de la necrópolis, aún vibra. En las calles, de asfalto o arena según la zona, hay varios ultramarinos abiertos y un pequeño local sigue despachando comida pese a las horas. «¿Quieren probar comida típica egipcia?», pregunta un joven camarero al detectar a los hambrientos turistas. Cuesta decir que no ante la variedad de platos que custodia su mostrador. Hay pequeñas albóndigas, sándwiches de pan de pita con pollo o ternera, y varias opciones de falafel. Enseguida, el olor y el gusto se activan ante unos sabores igual de exóticos que deliciosos.

Hay que reponer energía antes de retirarse al hotel —en el barrio hay opciones cómodas y muy asequibles— y prepararse para una noche que no dura muchas horas. A la mañana siguiente, el rezo del Fajr (amanecer) desvela incluso a los que sueñan más profundo y marca el inicio oficial del viaje. La aventura, después de comer un copioso desayuno típico —con tortilla francesa, falafel y yogur—, arranca a pocos metros, en la abarrotada entrada a la necrópolis de Giza. «¿Guía, guía?», ofrecen varios locales. Hay que ser valiente para rechazar sus ofertas, pero decir la —’no’ en árabe— es lo más recomendable si se quiere evitar un precio más elevado del esperado.

Para acceder a las pirámides y ver la Gran Esfinge basta con comprar las entradas en la taquilla oficial del complejo y disfrutar de una jornada inolvidable. Bajo la calima, más marciana que terráquea, los turistas disfrutan de las milenarias construcciones y reconstruyen los pasos de los faraones que ordenaron construir los templos de Keops, Kefrén y Micerino, a los que se puede acceder pagando un pequeño extra. «¡Qué espacio tan pequeño!», exclama un joven. «¡Cuidado con la cabeza!», recomienda otro mientras sale de una de las pirámides.

Caminar sobre aquel paraje resulta una experiencia inolvidable y abre el apetito para realizar un tour en quad o para salir a explorar el barrio, repleto de salones de té, restaurantes y tiendas de suvenires y papiros. «¿Cómo pudo ser que se levantasen estas pirámides hace seis mil años?», conversan sorprendidos un grupo de jóvenes japoneses recién salidos del complejo. La respuesta la encuentran a pocos kilómetros, en el Gran Museo Egipcio, un coloso de la arquitectura contemporánea inaugurado en noviembre del año pasado y que alberga más de 100.000 piezas desde el período predinástico.

Al museo se llega fácilmente en taxi o VTC, y aunque se echan de menos carteles de información más detallados, caminar por sus doce galerías resulta tan sorprendente como observar la propia edificación, en la que también se pueden probar dulces egipcios o disfrutar de un té local. No es el único lugar a tener en cuenta para los más fanáticos de la historia. El Museo Nacional de la Civilización Egipcia, situado en la antigua ciudad de Fustat, permite profundizar en el conocimiento y recorrer la estancia que custodia las momias de dieciocho reyes y cuatro reinas egipcias. Entre ellos, Ramsés el Grande —que gobernó durante sesenta años— o Ahmose Nefertari, fundadora de la 18 Dinastía, yacen bajo el paso del tiempo y la atenta mirada de los visitantes menos aprensivos.

BAZARES Y VIDA NOCTURNA

Dos días bastan para ver la necrópolis y los museos. Tras el baño de historia, el cuerpo pide explorar El Cairo moderno y empaparse de la vida local. Para ello es recomendable alojarse en el centro, quizás en las inmediaciones de la plaza Tahrir —uno de los corazones de la Primavera Árabe que estalló en el 2011— e ir caminando a Khan El-Khalili, el bazar más grande de la ciudad. Dividido por gremios, el barrio deleita al foráneo con un ritmo imposible de explorar en América o Europa. El tráfico es caótico y cualquier mínimo hueco está ocupado por puestos de venta. Hay carretillas en las que se despachan verduras, tiendas más sofisticadas en las que se venden telas variopintas, y restaurantes que preparan comida a todas horas.

Porque da igual que haya caído la noche. En El Cairo cualquier momento es bueno para comprarse unos zapatos o para degustar un kebab al más puro estilo de la zona. Hay que ser algo más previsor, eso sí, si se quieren visitar monumentos como la Ciudadela de Saladino, del siglo XII, o la mezquita y madrasa del sultán Hassan, una obra única de la arquitectura islámica. Todos son lugares de interés que cierran a media tarde.

Para los más jóvenes —de edad o espíritu— también resulta interesante adentrarse en la vida nocturna. Aunque están camuflados, los pubs son fácilmente localizables en Google Maps y en ellos se puede probar la cerveza típica —bebida que se desarrolló en el Antiguo Egipto— mientras se conversa con algún que otro local. Los egipcios que más frecuentan esos lugares son cristianos de religión, e invitan al turista a visitar El Cairo copto, otro de los barrios a los que hay que dedicar al menos una jornada para conocer la majestuosa iglesia colgante, la sinagoga de Ben Ezra o el templo ortodoxo griego de San Jorge. Como colofón del viaje también vale la pena refrescarse con una escapada a Alejandría, ciudad bañada por el Mediterráneo y fundada por el gran Alejandro Magno.