Patricia Pasquín vivió cuatro años con lobos en una reserva en Nuevo México: «Para ellos es mucho más fácil conectar con una mujer que con un hombre»
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Decidió dejarlo todo por cumplir su sueño. Iba por tres meses y acabó quedándose casi un lustro. Allí estudió la forma de comportarse de estos cánidos para aplicarla a la psicología humana: «Hay a quienes les caes mejor o pero. Yo estuve cuidando muchos años de un lobo que nunca me dejó acariciarlo, y que con otros era muy simpático»
22 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Patricia Pasquín decidió un buen día que había llegado el momento de cumplir su sueño. «Desde pequeña había querido hacer algún voluntariado con animales, pero nunca encontraba el momento. Cuando ya me había olvidado por completo de ese sueño y estaba estudiando la carrera de Psicología, me puse a buscar un libro firmado por el autor de Juego de tronos para regalárselo a un amigo, y vi que George R. R. Martin vive en Nuevo México y patrocinaba a once lobos de esta reserva», cuenta esta barcelonesa. En ese momento algo cambió dentro de ella: «Me encontré con la página web de esta reserva y me quedé completamente enamorada. Pensé que eso es lo que había estado buscando toda mi vida». En un primer momento lo descartó. «Pero no dejaba de pensar en ello. Un día me desperté y me dije que tenía que hacerlo, que era mi momento y que era ahora o nunca».
Patricia decidió ir a probar durante tres meses, pero acabó quedándose cuatro años. «Fue increíble. Es una de las mejores y más importantes etapas de mi vida. Porque me fui a un mundo completamente distinto. Cuando llegué parecía que estaba en otro planeta. Me despertaba en mi cabañita de madera en medio del desierto, como en una película de cowboys. Y si quería ir al baño, a la cocina o a la ducha, tenía que caminar diez minutos. Todos los que estábamos allí éramos voluntarios y vivíamos en cabañas alrededor de toda la reserva. Así teníamos todas las partes un poco controladas», relata. «Por la mañana me despertaba, caminaba hacia la cocina, me tomaba mi café, y ya me dirigía a cuidar de las manadas que tenía asignadas. Después trabajaba en la oficina gestionando voluntarios, ayudando a obtener fondos, cosas así...», continúa. «En la reserva solía haber una media de entre 60 y 65 lobos. También había perros, zorros y coyotes. Y yo tenía normalmente a mi cargo entre 3 y 5 manadas. Las manadas normalmente eran parejas, un macho y una hembra. Así no había problemas de jerarquía y no se peleaban».
Y comenzó a mantener cierta cercanía con ellos: «Había lobos con los que tenía muy buena relación. Pero siempre tienes que ir con cuidado. Hay ciertas normas que tienes que respetar por muy bien que te lleves con ellos. Son depredadores salvajes y tienen unos instintos que los perros no tienen». Y pone algún ejemplo: «Si me tropezaba y me caía al suelo, eso siempre era peligroso. Ellos tienen un instinto de caza, de presa, que es fácil que les salga. Y luego entre ellos, su forma de comunicarse es con la boca. Se muerden mucho, pero tienen una piel muy gruesa y mucho pelo, entonces no se hacen daño, aunque a mí sí me lo podrían hacer. Tenía que marcarles muy bien esos límites. Había que estar muy pendiente, ser muy cauta, y siempre muy consciente de que son lobos».
«Los animales también tienen su personalidad y sus gustos. Y hay a quienes les caes mejor o peor. Yo estuve cuidando muchos años de un mismo lobo que nunca me dejó acariciarlo, pero que con otras personas era muy simpático. Y también había lobos que eran más agresivos. No porque fueran malos, sino que estaban menos dispuestos a acercarse a una persona. Para ellos, al final, nosotros somos sus únicos depredadores», comenta. «Entonces siempre hay cierta tensión entre una persona y un lobo porque su intuición siempre les dice que no se pueden relajar», añade. También explica que hay diferencias entre los machos y las hembras: «Ellas suelen ser un pelín más tímidas. Pero, sobre todo, lo que más le influía era que no le gustan los hombres. Suelen tener mejor relación con las mujeres. En general, los lobos prefieren a las mujeres. Ellos son, por naturaleza, muy miedosos y los hombres suelen ser más intimidantes para ellos. Es mucho más fácil para ellos conectar con una mujer».
Ser fiel a ti mismo
Toda esta experiencia en la reserva Wild Spirit Wolf Sanctuary le ha servido para publicar Lecciones salvajes, con la intención de tender un puente entre ese mundo salvaje y la vida cotidiana y aplicar el comportamiento de estas manadas a la psicología: «No estamos tan alejados. Más que aprender cosas de ellos, siento que las he recuperado. He encontrado mi propia definición de lo que significa este término». «Para mí lo salvaje —argumenta—es volver a ser realmente fiel a ti mismo. Y no dejarte domar o domesticar con todas las expectativas de nuestra sociedad. Gracias a los lobos he aprendido a tener confianza en mí misma, a que si tienes relaciones seguras eso te permite sanar emocionalmente, y a que el entorno en el que vivimos tiene un grandísimo impacto en nuestra identidad». «He visto a una loba crecer en una manada donde la trataban mal y no le permitían hacer nada. Ella ocupaba la posición omega dentro de esa manada, que es la que está debajo de todo el mundo. Era la última en comer, no le permitían hacer muchas cosas, cuando hay tensión, lo pagaban con ella... Pues esta loba, al cambiar a otra manada, se convirtió en alfa y transformó por completo su personalidad», relata.
«También he aprendido muchísimo sobre intuición. Es una de las cosas que más me ha impactado. Lo importante que es aprender a escuchar la intuición y no traicionarla. Porque es algo que hacemos muchísimo en nuestro día a día. Y cuando no la escuchamos podemos pagar un precio muy alto», añade. «A mí me pasó, por ejemplo, con un lobo que quería mucho. Tenía cáncer y lo íbamos a llevar al veterinario para intentar salvarlo, pero cuando fui a verlo, tuve una sensación muy, muy grande de que me estaba pidiendo que no me lo llevara. Se estaba muriendo y se quería morir donde estaba su compañera, porque los lobos siempre están en pareja», explica. «Su compañera me vio, se me acercó, que no se me había acercado nunca, y me tocó en la pierna. Yo sentía que me estaba diciendo que no me lo llevara. Pero a mí me habían dicho que tenían que llevárselo para intentar salvarlo. Al final, habló mi miedo y nos lo llevamos, porque yo no quería que se muriera», cuenta. «Se murió en el coche, de camino al veterinario, en una situación estresante y lejos de su compañera y de su casa. Me di cuenta de que había traicionado mi voz interior. Y luego yo cargué mucho con ese peso en mi conciencia. Le había robado una muerte tranquila a un lobo que quería mucho».
Otro aspecto que nos desvela Patricia es que los lobos son tremendamente fieles: «Tienen una pareja de por vida. Las manadas, en realidad, son familias como las nuestras. Hay un macho y una hembra que son los alfas porque son los que crían. Y esa pareja va a estar junta toda la vida. Y va a criar. A partir de ahí, los que se quieran ir, formarán su propia familia, su manada. Pero, por lo general, la mayoría se quedan dentro de la manada y tienen sus funciones. Uno es el que cuida a los bebés, otro es el que mantiene la paz... tienen muchísimas funciones, también emocionales. Son muy inteligentes emocionalmente», aunque reconoce que también ha vivido situaciones peligrosas. «Muchas. Los lobos son impredecibles, y muy pícaros. Pero aprendí a medir el peligro. Lo bueno es que son miedosos y es fácil coger seguridad para saber actuar».