Lorenza Machín acaba de cumplir 80 años: «A los 71 encontré al amor de mi vida: "mi mujera" Carmen»

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Lorenza Machín y Carmen Cazorla se casaron el 7 de septiembre del 2019.
Lorenza Machín y Carmen Cazorla se casaron el 7 de septiembre del 2019.

Lorenza, 80 años, y Carmen, 72, se conocieron a través de Facebook, y llevan juntas nueve años. En septiembre va a hacer siete años desde que se casaron

29 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El 3 de noviembre de 1965, Lorenza Machín Alarcón (Las Palmas, 1946) pasó por el altar con el que era su novio desde los 14. No había cumplido los 20, y se casó «de noche» para que no le viesen la barriga de siete meses. «Con un miedo absoluto porque tenía un pecado tremendo, y la Iglesia no me iba ni a perdonar». La segunda vez que contrajo matrimonio no tuvo nada que ver. Era un 7 de septiembre del 2019. Lo hizo a las 12 del mediodía, con el sol en lo más alto, y gritando a los cuatro vientos que «dos mujeres, dos señoras mayores, se acababan de casar». Fueron varias las razones por las que dio ese paso. La más importante «que se atraían una a la otra». Pero por parte de Lorenza había alguna más. «Para entrar en ese libro de los derechos que debemos tener todos, y también porque cuando yo me casé por primera vez lo que había era el patriarcado, el machismo, con el franquismo tenías que ser una niña obediente, sumisa, acatar todo lo que te decían, primero en casa, tus padres, y después con el rey de la casa, con tu marido. Yo me casé porque no tenía ni idea de nada. No culpo a nadie, porque seguro que mis padres, o abuelos, lo tuvieron peor».

 Estuvo 44 años al lado del padre de sus dos hijos, que hoy tienen 60 y 55 años. Nunca, en todo ese tiempo, se cuestionó su felicidad. Ella se pasó gran parte de su vida luchando por los demás. Salió a la calle a protestar por la vivienda, por un trabajo digno, por una sanidad digna, por una educación digna... La llamaban la roja, porque se apuntaba a cuanta reivindicación le ponían delante. «En todos los fregados me metí —recuerda—. Y quizás fueron los pilares o las herramientas que me ayudaron a vivir la vida en mi matrimonio, criando a mis hijos, saliendo a la calle... Eso fue lo que me mantuvo aislada de los pensamientos de “¿yo soy feliz o no soy feliz?”. No me lo planteaba. Mi meta era defender al pueblo, y que la casa estuviera en orden, en condiciones, mi marido contento, y mis hijos, con salud».

Se anuló por completo. Pero llegó un momento en que esa insatisfacción vio la luz, porque una voz interior le dijo: «No es cierto que hayas defendido a todo el mundo. Te puedes sentir orgullosa, pero de mí te has olvidado». «Y ese “mí” era yo», apunta Lorenza, que el pasado abril cumplió 80 primaveras. A raíz de una serie de depresiones, acudió a un profesional, que le hizo ver que algo le pasaba, que no era feliz. Y tomó la decisión de separarse. Tenía 58 años.

Estuvo dos años deambulando por el camino equivocado. «Nos pasa a muchas mujeres, pensamos que somos incapaces de caminar por un sendero sin la ayuda de un hombre, y no es así. Porque en la realidad, en la mayoría de las historias, somos nosotras las que tenemos la fortaleza. Sin embargo, muchas no lo reconocemos. En esos dos años, todo mi afán era encontrar a alguien que me llenase el hueco que había dejado un hombre. Hasta que llegué a un momento en que me dije: “Lorenza, estás humillándote, estás fallándote a ti misma. Estás inclinando la cabeza hacia los hombres buscando a la desesperada a alguien que te quiera. Y la primera que te tienes que querer eres tú. No tienes que sudar la camiseta para conquistar, quien tiene que sudarla, si quiere, son los otros seres. Porque tú vales mucho. ¿Por qué no reconoces ya tu valía?». Ese día la reconoció. Para evitar la medicación, empezó a hacer teatro con el colectivo LGTBI. También a crear sus propios monólogos, todos centrados en historias de mujeres. Y entonces pasó algo. Entró en una tienda. «Y vi a unos ojitos que me sonrieron. Volví a entrar otro día. Al tercero, la invité a cenar conmigo. Y después nos acercamos al coche. Primero estaba el mío. Hacía mucho frío, le saqué una mantita y se la puse por encima. Y la acompañé al suyo. Y al llegar a casa tenía un mensaje precioso de ella, que me removió todo por dentro». 

LO SABÍA TODO EL MUNDO

Al día siguiente, en su mesilla apareció el primer poema de amor hecho a una mujer. Y a partir de ese día, salió a la calle e hizo muchos más, sobre todo de amor y de mujeres. Pidió a sus compañeras de teatro que los interpretaran, y prepararon una pieza para el Día de la Mujer. Y así fue como contó su historia. «Ahí le dije al pueblo que me dio 61 años de vida, que si bien hacía dos años que había estado casada con un hombre, a partir de esa fecha me había enamorada de un mujer, y que nunca iba a renunciar a ese sentimiento. Porque aunque tuviese 60 años, lo que me quedaba de vida, quería disfrutarlo, y con las mujeres». Añadió a su lista de luchas la del colectivo LGTBI, «para que los chicos y chicas tuviesen derecho a querer a quien les diera la gana». A día de hoy, le siguen llegando reconocimientos por su activismo. Suma unos cuantos títulos de hija predilecta y honorífica en localidades canarias, ha recibido unos cuantos premios, le han puesto su nombre a una biblioteca, y están en trámites para hacerlo con una calle... «Siento un poquito de orgullo, de alguna manera me tienen en cuenta por los granitos de arena que he aportado en mis luchas», dice quien a los 80 no piensa bajar el pistón mientras el cuerpo se lo permita, por eso cada vez que la llaman ahí está.

Cuando descubrió que le gustaban las mujeres se lo contó a sus hijos, aunque se llevó una sorpresa. «Le dije: “Fíjate, que con 60 años me he enamorado de una mujer”. Y él me contestó: “¿Tú que crees, que yo no me daba cuenta?”. Todos se dieron cuenta de que yo vibraba con las mujeres, cuidaba a las mujeres —estudió para auxiliar de enfermería, y le dieron la plaza en maternidad, porque después de estudiar su perfil «estaban convencidos de que lo iba a dar todo por las mujeres»— porque para mí eran lo más preciado», cuenta Lorenza. La reacción de su hija también fue acogedora. «Me dijo: “Mamá si te hubieras dado cuenta antes, hubieses tenido más tiempo para ser feliz”. Yo me quedé mirando para ella y le dije: “De 60 años para atrás solo traigo a mis hijos y a mi nieto. Si me hubiera dado cuenta antes, ustedes no hubiesen estado. Por lo tanto, ha valido la pena lo que he vivido por tenerlos”». 

SU «MUJERA»

Esa joven de la tienda no significó nada y lo significó todo. No fue a más la historia. Dice Lorenza que quizás ella sintió miedo. Pero le estará agradecida de por vida, porque «le quitó el velo de los ojos». Hace nueve años conoció a Carmen Cazorla Castaño (Madrid, 1954) en Facebook. «Estuve dos meses sin saber quién era porque en el perfil tenía un montón de fotos de su familia. Carmen vio que yo estaba muy activa en el tema LGTBI y quería informarse bien. Me dijo si podía seguirme, y yo le dije que no me siguiera, que caminara a mi lado. A ella le gustó la respuesta, y seguimos hablando y hablando hasta que yo fui a Madrid. Nos faltaba olernos y tocarnos. Y hasta hoy», explica, a la vez que continúa. «He tenido 20 años de vivir a gustito con mayúsculas. Feliz. Y sin ocultarme de nadie. Porque vamos con nuestras manos cogiditas por la calle. Si me da la gana de abrazarla, la abrazo, de besarnos, la beso... y donde quiera que voy la presento como Carmen, “mi mujera”, y le digo a todo el mundo que estamos casadas. Porque puedo decir que a los 71 años encontré al amor de mi vida», explica Lorenza, que el otro día soltó una lagrimilla cuando vio a su mujer en el avión regresando de Madrid después de estar unos días separadas. «Es que es mucho amor el que nos tenemos», insiste.

Ella mejor que nadie sabe que en esto de quererse no hay edad, y anima a todas las personas a vivir acorde a lo que uno siente, tengan los años que tengan. «La dignidad es lo más rico que tenemos en esta vida, junto con la salud. Nadie debe decirte lo que tienes que pensar, hacer o decidir. Porque a mí si ahora mismo me llega el momento, me muero con dignidad, porque estos últimos años los he vivido como yo he querido, y son los más bonitos que hay», dice quien lamenta que, a pesar de todos los avances y de toda lucha, siga habiendo «personas de mente tan cerrada» que todavía juzguen por querer a una mujer o a un hombre.