La «vacuna mental» de José Antonio Marina, catedrático de Filosofía: «La felicidad no es algo que se puede ir a buscar directamente, sino algo que acompaña una acción»

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El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina.
El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina. propia

«Cuando oigo a los padres decir: ''Lo que quiero es que mi hijo sea feliz'', pienso: lo que hay que ver es cuáles son las herramientas para que sea feliz», señala el prestigioso autor, profe de adolescentes y de padres, que publica «La vacuna contra las adicciones»

22 jun 2026 . Actualizado a las 18:10 h.

Lo raro es mantenerse libre, no caer en la tentación de la variedad de opciones que ofrece la adicción. Adicciones las hay de todo tipo, grandes y pequeñas, algunas más repudiadas y otras incluso bien vistas, pero todas persistentes y controladoras como la relación más tóxica que puedes imaginar. A desnudarlas, examinarlas y prevenirlas nos invita el filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939). Este profesor de vocación, fan de la inteligencia que se basa en la capacidad de resolver problemas, entró en la adolescencia queriendo ser bailarín y al salir como adulto descubrió que lo que le entusiasmaba «era la capacidad del bailarín para transfigurar el esfuerzo en gracia». «Esa experiencia puede sentirse en muchos campos. También en el del conocimiento. La gracia exige que no se note el esfuerzo», asegura.

En La vacuna contra las adicciones, Marina nos da la clave de la utilidad de la filosofía y una visión de la felicidad que no tiene que ver con la satisfacción del placer inmediato; sí con otra clase de recompensa más duradera y menos provisional.

—La vacuna mental contra las adicciones de nuestro tiempo no la comercializa ninguna farmacéutica...

—No. Ahí tenemos que inventarnos la empresa fabricante de esta vacuna, que tendría que ser la escuela, pero...

—«La vacuna contra las adicciones» invita a entrenar la «competencia heurística», que viene a ser entrenar una educación más conveniente.

—Más que conveniente, necesaria. Se están destruyendo la autoestima y el sentimiento de capacidad de las personas. Hoy es más fácil claudicar que resistir. Por eso hay que trabajar sobre todo el pensamiento crítico. Porque es mucho más fácil dejarse llevar y ser dependiente que ejercer la libertad. Hoy más del 40 % de los jóvenes creen que el mejor régimen es uno autoritario.

—¿La libertad no es lo que nos dicen, se disfraza hoy muy a menudo de otras cosas?

—Sí. Hay una frase que le oí decir a una niña a una maestra que pedía a los niños creatividad: «¿Hoy también tenemos que hacer lo que queramos?»

—¿Deben educarnos en la creatividad, para saber cómo ser creativos?

—Claro. El fallo más grave, porque está produciendo efectos políticos, sociales, personales, es la explosión de las adicciones. Porque se parte de la idea de que todos nacemos libres, de que no hay que aprender a ser libres. Pero la libertad se aprende, se entrena y se va construyendo. Hay personas que son más libres que otras. ¿Por qué? Porque tienen más capacidad de tomar decisiones, de aguantar esas decisiones y de mantenerse y resistir cuando vienen mal las cosas. Todo estos son componentes de la libertad.

«Los padres sois responsables con los hijos de lo que podéis ser responsables, pero no responsables de más. Porque si no acabáis diciendo: ''Si mi hijo ha perdido el trabajo a los 40 años es que no le he leído los suficientes cuentos de pequeño''»

—La vulnerabilidad empieza a tener muy buena prensa. ¿Por qué deberíamos enfocarla con escepticismo?

—Si hacemos personas vulnerables, claudicantes, que a la menor dificultad se desmoronan no podemos decir que son libres. Hay quien en muchos casos tiene miedo a la libertad, porque implica responsabilidad.

—¿Para entenderlo hay que revisar el modelo de los padres y los profesores, la moral de este tiempo? ¿Esa sobreprotección en la que los adultos caen con la mejor de las intenciones puede ser el germen de muchas de las adicciones comunes en los chavales?

—Claro. Yo cuando oigo a los padres decir: «Lo único que quiero es que mi hijo sea feliz», pienso: «Todos encantados de tener hijos felices», pero lo que hay que ver es cuáles son las herramientas y condiciones para que se pueda ser feliz.

—¿Estamos desorientados en felicidad, buscamos donde no es?

—Primero: la felicidad no es una cosa que se puede ir a buscar directamente. No es «me voy a levantar y voy a ir a buscar la felicidad». No, no funcionan así las cosas... Ya desde Aristóteles sabemos que la felicidad es algo que acompaña a algún tipo de actividad, de acción. Algo que acompaña [recalca].

—¿Tiene entonces más que ver con las ocupaciones y hábitos?

—Sí. Entonces, vamos a ver si conseguimos realizar una actividad que tenga como consecuencia una satisfacción. Por ejemplo, el niño es feliz cuando juega. El niño no juega para ser feliz, encuentra la felicidad, la satisfacción, en ese juego, en hacer lo que está haciendo. En esa capacidad de hacer.

—Sin embargo, la velocidad de los adultos se lleva por delante ese ritmo de los procesos del niño. Los padres somos de «venga, apura, ya lo hago yo, que vamos a llegar tarde». ¿Error?

—Claro... No sé si te acordarás de que hace años fundé una Universidad para padres, para familias, porque me pareció que los padres en general están muy interesados en educar a sus hijos, pero a veces lo que pasa es que no saben cómo hacerlo. Y a veces esa angustia del no saber se resuelve con allanarles el camino resolviendo sus problemas. Parece que los padres les están haciendo un favor cuando les están restando recursos a sus hijos para enfrentarse a los problemas de la vida, para ser capaces de resolver las cosas. Lo que va por debajo de este último libro es señalar el objetivo de la educación. El objetivo de la educación es que los niños deben enfrentarse con problemas, porque si no, mal van. Está claro que van a tener problemas, personales, laborales, de relaciones... Y no solo de Matemáticas o de Física, que se pueden resolver con más facilidad. En cambio, a una persona que siente miedo de cualquier cosa cualquier pequeña dificultad se le va a presentar como aterradora.

—El miedo es duro. Entre otros, el miedo a defraudar a los mayores, a los padres, a los adultos de referencia que ponen todas sus expectativas en sus niños. No querer defraudar es una motivación, pero no puede ser el objetivo en la vida, ¿no?

—Esto enlaza con el hecho de seguir siendo siempre dependientes de otras personas de referencia. Conviene ver cuáles son las causas. Yo, que me doy cuenta de la cantidad de meteduras de pata de los padres, soy muy defensor de ellos. Dediqué mucho trabajo a desculpabilizarlos...

—¿No somos los padres y las madres responsables de nuestros hijos?

—Vosotros sois responsables de lo que podéis ser responsables, pero no responsables de más. Porque si no acabáis diciendo: «Si mi hijo ha perdido el trabajo a los 40 años es que no le he leído los suficientes cuentos de pequeño». Uno de los temas de los chicos es que a partir de los 13 o 14 años quien está influyendo en sus hijos son sus amigos, el grupo; no los padres. Hay un chiste de El Roto en el que están dos adolescentes apoyados en una pared, y uno le dice al otro: «Mira, es que nuestros padres no nos entienden porque pertenecen a distinta degeneración». Eso. Lo que hay que ser es sensato en que los padres colaboren con la escuela. Necesitamos remar hacia el mismo lado. Y que los niños y niñas vayan construyendo su propio camino. Que vayan aprendiendo a ser libres a partir de los 4 o 5 años.

«Con las funciones ejecutivas se construye el núcleo de la personalidad. Una de las claves de las funciones ejecutivas es la atención voluntaria. Es muy diferente de la involuntaria, la de TikTok...»

—¿De qué manera?

—En este libro hablo de la importancia de las funciones ejecutivas porque se construye ahí el núcleo de su personalidad. Una de las claves de las funciones ejecutivas es la atención voluntaria. Es diferente de la involuntaria, en que un estímulo nos atrae y nos distrae sin poner esfuerzo. La atención involuntaria es la de TikTok. Pasamos horas porque estamos distraídos. Pero la inteligencia se pone en marcha cuando hay atención voluntaria. Y cuesta esfuerzo. Pero resulta que si no puedes dominar tu atención, no puedes dominar tampoco tu pensamiento, tus sentimientos ni tu conducta. De tu atención depende tu libertad.

—¿Por qué hay tanto diagnóstico de déficit de atención?

—Lo decimos como un dato médico: entre un 15 y un 20 % de los niños tienen déficit de atención. Pero no es un problema médico, o solo lo es, creo, en el caso de un 2 %. El resto tienen esos mismos síntomas de falta de atención pero por la falta de entrenamiento de la atención voluntaria, que es en lo que debemos centrarnos en la familia y la escuela, en que el niño maneje la atención voluntaria. Y no dejarlos a merced de unos mecanismos a los que todos somos vulnerables.

—¿Qué hacemos entonces frente a la adicción al alcohol, las drogas, Instagram o las relaciones tóxicas?

—Mi campaña se basa en que es difícil que desaparezca toda esa oferta de alcohol, drogas, vídeos que roban la atención... Por tanto se trata de educar para que la gente no necesite ir a las adicciones para evadir problemas. Cuando una persona se enfrenta con un problema tiene dos vías: o se enfrenta con él o trata de aliviar como puede el malestar que ese problema le causa. Una mujer que sufre violencia doméstica tiene una salida: marcharse de casa y poner fin a la relación. En cambio, puede mantenerse ahí. En estas relaciones la otra salida es «a ver cómo aguanto el malestar». En ese caso te estás metiendo en una trampa mortal. Por eso utilizo la palabra vacuna para invitar a fortalecer el sistema inmunitario mental.

—¿Enemigo de la felicidad es el hedonismo rampante de hoy?

—Hay un asunto al que llamo «chapuzas evolutivas». Nuestro cerebro ha ido evolucionando a lo largo de 200 millones de años un poco a salto de mata, a su aire. Las chapuzas resuelven un problema, pero dejan otro sin resolver. ¿Cuál es el sistema con el que nacemos evolutivamente para dirigir nuestro comportamiento? Los deseos y los placeres. ¿Por qué causan chapuzas evolutivas? Porque no podemos fiarnos de ellos.

—Pero no todo deseo es malo...

—No, pero si hablamos de pensamiento crítico la gente piensa que implica decir a todo que no. Pensamiento crítico no es un pensamiento negativista. Crítico viene de cribar, de separar el grano de la paja. Eso te permite distinguir qué deseos son convenientes y cuáles no lo son, cuáles dominamos y cuáles nos anestesian y hacen perder el control.