El zoco marroquí y su retorcido callejero están a apenas dos horas en avión gracias a la conexión desde Santiago. Además de importantes monumentos, la ciudad sorprende por su paisaje humano
17 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Además de los monumentos, las mezquitas, los palacios, las calles sinuosas, la silueta de las montañas del Atlas, o los puestos de venta que conforman un Amazon callejero y medieval, Marrakech merece especialmente la pena por su paisaje humano. Desde finales de marzo y, tras el parón por las obras del aeropuerto de Lavacolla, Vueling ofrece una conexión directa entre Santiago y el gran zoco marroquí con vuelos los miércoles y los domingos. Así, en menos de lo que se tarde en atravesar entera la AP-9, los gallegos disponen de un enlace con otro continente en una ciudad de más de un millón de habitantes que concentra los principales puntos de interés en el interior de las murallas de la medina.
Antes de relatar las visitas obligadas conviene insistir en el paisaje demográfico como mayor valor de esta ciudad. El ejercicio que ha de tomar el europeo inexperto en estas latitudes es descubrir de quién fiarnos y de quién apartarse. Sí, abunda lo segundo, pero la ciudad ofrece piedras preciosas, marroquíes que, lejos del lucro inmediato, se abren al extranjero para explicar con orgullo los valores de su sociedad e incluirnos en su historia personal. Los responsables de los riads, hoteles nacidos de casas autóctonas en calles laberínticas, son los primeros en repartir los consejos y consignas para caminar sin contratiempos por Marrakech. También abundan los guías oficiales (obsérvense las credenciales antes de elegir a un cicerone, hay mucho intrusismo en el sector), que dedican sus minutos libres de descanso a charlar con los turistas sobre lo divino y lo humano. Por otro lado, el intenso tráfico nos obliga a estar alerta todo el tiempo: las estrechas calles son paso continuo de motos, bicis o tuctucs.
Aquí todo gira en torno a la plaza Jemaa el-Fna, el lugar de reunión colectiva de la población local y el más fotografiado por los de fuera. De noche se convierte en un gran circo, con actuaciones de folklore local, estampas icónicas como la serpiente que se alza a ritmo de un flautín, o puestos de fruta que convierten en zumo en un abrir y cerrar de ojos. Las fotos en esta plaza es mejor reservarlas para las terrazas de los restaurantes colindantes, como el Café de France, el Argana o Glacier. Los que osan retratar de cerca a cualquier artista o vendedor corren el riesgo de ser perseguidos para recibir una propina por haberlo fotografiado. También de noche avanza un ejército de mujeres especialistas en tatuajes de henna. Y se registran imágenes poco edificantes, como monos vestidos que ofrecen para posar con los viandantes a cambio de unos dírhams (1 euro equivale a 10 dírhams).
La mezquita Kutubía preside la plaza y la medina. Construida en el siglo XII, sirvió de inspiración para la Giralda de Sevilla. Es la referencia visual en este skyline de planta baja, donde los edificios más elevados se reservan para las nuevas urbanizaciones. Ninguna mezquita es visitable para los no musulmanes, pero los viernes las llamadas a la oración de los almuédanos es una banda sonora que nos retrotrae a muchos siglos atrás. Marrakech también entra por el oído.
Desde el zoco central se entra en unas callejuelas donde Google Maps no lo tiene todo controlado (se recomienda la aplicación maps.me), y también se accede a buena parte de los principales monumentos, como las Tumbas Saadíes, el mausoleo de una dinastía local que destaca por sus azulejos y estucos. El palacio El Badí también es una de las grandes atracciones, si bien tiene una parte en fase de reconstrucción a causa del terremoto de septiembre del 2023, que dejó 3.000 muertos y el doble de heridos en la región. Hay muchos vestigios de aquella jornada aciaga, con calles apuntaladas y solares vacíos.
Uno de los lugares más interesantes es la Madrasa Ben Youssef, una escuela de jóvenes para estudiar el Corán. Cerca de mil alumnos se repartían en sus 130 celdas, algunas con apenas iluminación. A la hora de sacar las entradas, descubrimos un retrato enmarcado del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Forma parte del recuerdo de una visita a este lugar. «Él saludaba a todo el mundo, incluso a mí, era muy amable, y no como esa otra mujer, rodeada de su seguridad que apenas habló con nadie», dice uno de los trabajadores. La mujer aludida es Jill Biden, la esposa del expresidente de los Estados Unidos.
En el exterior de la medina se alza el museo Yves Saint Laurent, rodeado por los jardines Majorelle. El famoso diseñador francés aseguró que Marrakech le insufló nuevas energías cuando atravesaba una profunda crisis creativa. Dejó su sello a través de un museo que esconde vestidos originales que exhibieron sus musas artísticas, como la bailarina Zizi Jeanmaire o la cantante Silvie Vartan.
Otra actividad recomendable es la visita a un hammam, un baño marroquí. Tiene especial fama el Mouassine, un edificio de 1562.
Para comer, la fortaleza del euro hace muy accesibles los mejores restaurantes del centro histórico para evitar así la ruleta de los puestos callejeros en un ciudad que llega a alcanzar en verano los 52 grados. «Aquí estamos acostumbrados al calor, pero para los turistas, Marrakech es una ciudad que ofrece vida a todas horas del día y de la noche», señala Hicham Ennaffar, responsable de la gestión del Riad Miral.