No importan demasiado ni la edad, ni el físico, ni el nivel. El cansancio es moderado y la curva de aprendizaje rápida. Pocos deportes son capaces de reunir en la misma pista a abuelos y nietos como lo hace este
10 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Cómo de adictivo tiene que ser un deporte para que varios estudiantes del World Odyssey decidieran pasar una tarde jugando al pickleball durante su escala en A Coruña. Y no solo ellos. Miembros de la tripulación de este crucero universitario, que cada año embarca a más de 600 estudiantes estadounidenses para recorrer el mundo mientras estudian, también acabaron reservando pista. En Vigo han llegado cruceristas procedentes de Miami, Florida o Toronto con el objetivo de probar las instalaciones del Círculo Cultural, Mercantil e Industrial de Vigo. Y no es casualidad.
En Estados Unidos ya existen urbanizaciones que sustituyen la piscina comunitaria por pistas de pickleball y familias que viajan para jugar en distintos países. Lo que hace apenas unos años sonaba exótico empieza ahora a extenderse por Galicia, y no solo entre turistas. Este deporte se ha convertido en un fenómeno social con clubes, ligas y listas de espera en las principales ciudades gallegas.
Quienes lo prueban suelen repetir. Yo misma acabé haciéndolo después de que David Álvarez y Fran Lodeiro, fundadores de Bahía Pickleball de A Coruña, me invitaran a jugar una mañana. Al llegar pensé que me había equivocado de sitio: había jugadores calentando con una intensidad casi profesional y partidos en los que la pelota iba tan rápido que costaba seguirla. Más tarde me di cuenta de que la escena intimidaba más de lo que luego resultó ser. Con una breve explicación y algo de peloteo me convertí en una más de la pista aunque mi aspecto siguiera sin ser del todo profesional.
La cancha tiene las mismas dimensiones que una de bádminton. El juego recuerda al tenis y al pádel, pero con un ritmo más accesible. Y ahí está una de sus claves: no importan demasiado ni la edad, ni el físico, ni el nivel. A diferencia de otros deportes más exigentes o con barreras técnicas mayores, el pickleball favorece la conversación y el juego compartido desde el primer día.
«Tenemos desde chicos de 15 años hasta jubilados de más de 70. Gente muy atlética y gente con cuerpos más normales. No hay un perfil concreto», explica Fran Yáñez, del Mercantil de Vigo. En dobles, la modalidad más popular, el esfuerzo físico es moderado y la curva de aprendizaje muy rápida. «En una hora ya puedes estar jugando un partido y disfrutando». Eso lo convierte en un deporte inclusivo. «Puedes encontrarte varias generaciones jugando juntas: abuelos y nietos compartiendo el mismo partido», asegura Fran.
Esa sensación fue la que tuve al probarlo. Acostumbrada a deportes como el tenis o el pádel, esperaba necesitar más técnica o fuerza. Sin embargo, el pickleball es muy inmediato: en poco tiempo ya puedes jugar y disfrutar sin sentir que empiezas de cero. En una época marcada por la inmediatez, Yáñez cree que eso es clave. «La gente tiene menos paciencia para aprender. Si se necesita mucho tiempo para empezar a jugar bien, hay quien pierde el interés».
El pickleball surgió en 1965 casi por accidente. Durante unas vacaciones de verano, unos niños se quejaron de que no tenían nada que hacer y uno de los padres les propuso inventar un deporte. Acabaron jugando en una pista de bádminton con reglas improvisadas, usando palas y una pelota de plástico.
Con el tiempo se definieron normas para que cualquiera pudiera jugar. El saque pasó a hacerse por debajo del hombro y se creó una zona donde no se permiten voleas: la «cocina». La «cocina» fue, precisamente, una de las primeras cosas que aprendí. O, mejor dicho, una de las primeras reglas que rompí. Tras invadirla un par de veces y perder varios puntos, entendí que las normas eran más simples de lo que parecen. Y quizá ahí está otra clave: se aprende rápido.
Su gran explosión llegó durante la pandemia. Al ser un deporte al aire libre y compatible con el distanciamiento social, miles de personas empezaron a practicarlo como forma segura de mantenerse activas. «Compañeros en Estados Unidos me decían que estaba arrasando, que en Central Park había muchísima gente jugando a diario», recuerda Yáñez, que decidió apostar por él en Vigo. Empezaron con una pista. Hoy tienen cinco y una demanda en aumento, tanto que se plantean ampliar el número de clases. «No requiere gran inversión», explica. «Solo redes, palas y bolas especiales. Se puede jugar en pabellones o adaptando pistas de tenis». Por ello, los precios son también muy asequibles para practicarlo, por 10 euros es posible alquilar una de las pistas, con palas y pelota incluido.
En A Coruña, David y Fran detectaron el potencial rápido. Se conocían de jugar al fútbol y descubrieron el pickleball trabajando en Madrid. Al volver a Galicia comprobaron que apenas había instalaciones y decidieron crear las suyas. «Primero hicimos números para ver si era viable. Buscamos una nave donde cupieran al menos cuatro pistas e investigamos clubes de toda España», recuerda David. Hoy, Bahía Pickleball cuenta con cuatro canchas y media. Organizan clases, torneos y una liga interna que, aseguran, «engancha muchísimo». Y quizá esa sea la palabra clave: engancha. Porque una vez que empiezas resulta difícil no querer otro partido más.
El crecimiento es constante y la competición también avanza. La Federación Española de Tenis impulsa ya ligas autonómicas y campeonatos específicos. «Cuando llegó el pádel no le hicieron demasiado caso, pero esta vez reaccionaron rápido», apunta el vigués. Aunque las comparaciones son inevitables, no creen que venga para sustituir a ningún deporte. «No le quita jugadores a nadie. Abre una ventana nueva».
Muchos de sus nuevos jugadores son personas que habían dejado el deporte y vuelven a encontrar algo accesible y divertido con lo que moverse. Porque lo adictivo no está solo en el juego, sino en todo lo que lo rodea. «La gente ya no quiere únicamente hacer deporte», resume Yáñez. «Quiere socializar, quedarse después, tomar algo. Y el pickleball tiene mucho de eso». Yo fui pensando que era otra moda americana y salí entendiendo por qué la gente vuelve. Así que cuidado con las invitaciones, porque pueden ser muy peligrosas. Puedes acabar luchando por reservar pista tú también.