Carla Vall, abogada y criminóloga: «Cuando el agresor sexual de un niño es el padre o el abuelo, la familia responde mal, casi siempre tiene dudas»

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Carla Vall, abogada experta en la defensa de víctimas de violencia sexual y vicaria.
Carla Vall, abogada experta en la defensa de víctimas de violencia sexual y vicaria.

La mayoría de los menores callan, no cuentan a sus padres que son víctimas, lo que refuerza la cadena de la violencia sexual en la infancia. Con el cuento «Sansa sin secretos», Carla Vall ayuda a revelar y a prevenir. «Hay algo que siempre funciona mejor que preguntar», dice

09 jun 2026 . Actualizado a las 16:07 h.

Saber distinguir un secreto de una sorpresa tiene su importancia. «Es esencial enseñarles este matiz a los niños, porque ellos crecen con la idea de que hay un mundo secreto donde los adultos no entran, y es peligroso. En el bullying el que habla tiene una sanción. El secreto puede ser terrorífico, tiene una vertiente tortuosa. La sorpresa, en cambio, es muy diferente, nos da un espacio de participación activa en algo bueno, y no genera culpa ni malestar», advierte la popular abogada y criminóloga Carla Vall, que lleva 15 años trabajando con víctimas de violencia sexual infantil.

La mala noticia que nos da es que alrededor de un 20 % de los niños de España sufren algún tipo de violencia sexual. La buena, que este tipo de agresiones se pueden prevenir. Con el objetivo de romper el silencio que enquista esta cruda realidad y que cierra la boca de los inocentes, esta experta abordaje y prevención de violencias machistas publica Sansa sin secretos, un cuento (Duomo) que enseña a los pequeños a distinguir entre secreto y sorpresa, matiz que puede ser la primera herramienta de protección.

—¿Es el pudor a tocar estos temas un enemigo a la hora de combatir la violencia sexual contra los niños?

—Tenemos una ignorancia deliberada por el miedo que da el tema. Creo que, muchas veces, las familias queriendo hacerlo bien, tienen una predisposición muy limitada a hablar de esto porque creen que si no lo tocan es como que no existe. Y eso no es efectivo para la prevención. Tenemos herramientas para afrontar estas conversaciones sobre realidades difíciles, dolorosas, y no hay que afrontar necesariamente el problema desde el cuerpo ni desde la sexualidad de manera directa. Por eso he ahondado en la idea del consentimiento, en su importancia.

—Señalas que el abuso se puede prevenir. ¿Es muy difícil?

—Es muy difícil porque hay que romper con la costumbre de no hablar del tema. Eso es lo que lo hace difícil.

—¿Por qué hay padres y madres que viven en la ignorancia de lo que sufren sus hijos? ¿Es la madre que no se cree el abuso que le cuenta su hijo o su hija una mala persona?

—Creo que, desde el caso Pelicot, todo el mundo puede entender cómo en su momento Gisèle Pelicot no pudo escuchar lo que su marido le había hecho a su hija. El dolor es tan grande que no te sientes capaz de ver que habiéndote hecho algo tan grave a ti sea capaz de hacérselo a tu hija. La recepción de este tipo de noticias no solamente está condicionada por la voluntad de escuchar de la persona, sino también por la capacidad que esta persona tiene de poder escuchar. Lamentablemente, nuestro cerebro tiene una tendencia a autoprotegerse, es «si no lo oigo es como si no hubiese pasado». Es importante que padres y madres entiendan una cosa: en el momento en que eso ha ocurrido con la intensidad o la frecuencia que sea, el hecho de tú como padre o madre no escuches, el hecho de que no des espacio para trabajar esa vivencia traumática, significa no solo que le niegues al niño que ha vivido tal situación, sino que además le dices que no estás disponible, con lo que generas otra situación traumática. Es algo que veo en consulta con bastante frecuencia, hay muchas familias que piensan: «Si no lo hablamos se les puede olvidar; mejor no trabajarlo».

—¿Siempre es mejor hablar, por duro que sea el asunto y grande la herida?

—Siempre. El momento y la forma los va a elegir la víctima, esto es verdad, pero en el despacho yo me encuentro muy frecuentemente personas que ahora son adultos, de 50, 60 o 70 años, que me dicen: «En mi casa no me permiten hablar de esto. Me está saliendo todo ahora de golpe». Pienso en el dolor, en la conexión que hay en ese momento en que sale con la niña o el niño que fue ese adulto y al que no protegieron como debieron. Es importante insistir en que siempre es mejor hablar porque esto en algún momento va a estallar, aunque sea a los 60 o 70 años.

—¿Pero los niños olvidan, pueden ellos olvidar un abuso sexual?

—Sí, existe la amnesia infantil. Nuestro cerebro trabaja para protegernos. Puede ser que el niño ignore esas vivencias para autoprotegerse, pero es muy probable que eso en la vida adulta vuelva a aparecer. Y cuando suceda va a recordar cómo han actuado los otros. Es importante, por eso, que como padres les demos ese espacio, incluso en esas situaciones especialmente difíciles en las que los agresores son otros familiares o personas que apreciamos.

«La persona que abusa puede ser alguien maravilloso en otras facetas»

 

—¿Es habitual que el agresor se mueva en el entorno familiar o más cercano del niño?

—Lamentablemente, en la mayoría de los casos es así. En cerca del 85 % de los casos se trata de una persona cercana a la víctima.

—Algo difícil de comprender pero que resultar revelador es la ambivalencia sentimental en el niño o la niña: a veces la persona a la que más quieren, la que les dedica tiempo o juega más con ellos, es a la vez quien les daña.

—Así es. Y es difícil de gestionar. Al final, hay en esto una lección dolorosa e importante: las personas que en unas cosas pueden ser maravillosas pueden ser absolutamente terribles en otras. El mundo adulto va también de esto. La ambivalencia emocional que nos crea que un familiar o un amigo pueda ser capaz de algo así es fuerte. El resto, además, cuando estas violencias suceden en el entorno familiar o más cercano, responden de forma floja, más débil. Lejos de lo que puede imaginarse, la mayoría de las familias no responden bien a la revelación de este tipo de secretos terribles. Veo muchos casos en los que autor de los abusos es el padre o el abuelo y en los que la familia tiene dudas. Sobre todo, cuando se trata del abuelo. Surge un «para la edad que tiene, se va a ir de este mundo y no vamos a ganar nada» [con contarlo]. Pero reaccionar así es terrible para los niños, que con esas actitudes lo que aprenden es que si alguien te daña no hay respuesta.

—Es un dilema que veo razonable, cuando el daño está hecho acogerse al olvido y el barrido del tiempo, y a la lealtad familiar.

—Es que esa es una ambivalencia que se siente muy fuerte. Cuando este tipo de cosas se descubren, muchas veces no ves al adulto autor de aquellas agresiones, sino que ves a la persona que queda de ese sujeto malévolo. Ahora ves a una persona que está en un momento vulnerable de su vida porque ha envejecido, está enfermo o las dos cosas. Pero en todo caso el mensaje es: «Es legítimo, por más vulnerable que esté ahora esa persona que cometió las agresiones, confrontarlo y romper la cadena». Dar pasos, incluso, para tu protección penal del modo en que tú desees o necesitas. Es absolutamente compatible porque tú también eras vulnerable cuando te hicieron aquello. Esto abre un abanico de preguntas: ¿si yo respondo con contundencia a lo que pasó, le sucederá a alguien más?, ¿puede el secreto dañar a alguien?, ¿qué van a aprender mis hijos en relación a la protección que les ofrezco como madre y la protección que merecen en el caso de que yo no responda, en caso de que no rompa el silencio la persona que ha sido agredida? Esto es crucial. Y no hay que olvidar que no todas las víctimas necesitan lo mismo. Las personas somos distintas antes de la victimización y vamos a ser distintas para salir de ella.

—¿Pero hay pautas y herramientas que funcionan en la generalidad de los casos con las víctimas?

—Lo que siempre funciona es escuchar más que preguntar. Es importante aprender técnicas de escucha activa. Y tener en cuenta una cosa: la persona que escucha no puede estar pensando: «¿Qué haría yo en esa situación?». Tenemos que aplicar la empatía, la más radical de las emociones, la que nos permite ponernos en el lugar del otro, pero no solo; sino en el lugar del otro con las condiciones del otro y sus herramientas. Esto funciona. Mucha gente en cuanto le cuentan algo piensa: «¿Qué haría yo?» o «si le hicieran eso a mi hijo yo lo que haría es tal...». Esa contundencia no es real, me la he encontrado muy pocas veces en estos 15 años de ejercicio. Y esa contundencia genera en quienes sufren una presión peor. ¿Qué funciona más, dar frases contundentes o decirle: «¿Qué puedo hacer por ti?, ¿quieres que me ocupe de funciones básicas del hogar?». Al final, en esos contextos de trauma pueden pasar 15 años y que se produzca la revelación pasado todo ese tiempo. Es importante que en esos momentos haya alguien que se pueda ocupar de las gestiones básicas del día a día. Hay que enfocarse en esto y en evitar que haya un juicio social sobre la víctima. Porque esto aún sucede a menudo.

—Remitiendo al lema de Gisèle Pelicot, «Que la vergüenza cambie de bando», ¿es aún en muchos casos más fuerte la vergüenza que el dolor?

—Claro. Las mujeres tenemos una sanción social en la mirada de los otros que es extrema. En la pandemia, el 98 % de las multas dirigidas a sancionar la falta de uso de las medidas de protección ante el coronavirus eran a hombres, porque la mayoría de las mujeres por evitarse la vergüenza de que nos pillen en una situación de este tipo no lo hacemos. Para nosotras la vergüenza es muy desintegrativa de nuestro entorno. Está muy vinculada a la culpa, es una emoción muy para adentro y muy para abajo en la mujer.