Pietro, hermano de Emanuela Orlandi, continúa su búsqueda 43 años después: «El Vaticano era nuestra familia y nos dio la espalda»
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El documental «La chica del Vaticano» impulsó la reapertura de la investigación sobre la desaparición de Emanuela Orlandi en Roma en 1983. Hablamos con su hermano sobre los tres procesos en marcha y su lucha para mantener viva la búsqueda
30 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El próximo 22 de junio se cumplirán 43 años de la desaparición en Roma de Emanuela Orlandi, que tenía 15. «Ahora tendría 57, pero yo la recuerdo como ese último día», dice su hermano Pietro. Esa jornada Emanuela acudió a sus clases de música. Después llamó a su casa y le dijo a su hermana Federica que un hombre le había ofrecido trabajo de vendedora de cosméticos Avon. Emanuela nunca regresó a su casa en el Vaticano. Desde entonces, su familia saca fuerzas de donde no las hay para mantener activa su búsqueda. «Mientras no encuentre los restos de Emanuela, para mí será un deber buscarla viva», explica Pietro.
Su lucha traspasó fronteras en el 2022 con el estreno del documental La chica del Vaticano, que disecciona las pistas que vinculan su desaparición con el atentado contra Juan Pablo II, la mafia de Roma, el escándalo financiero del Banco Ambrosiano y un posible escándalo sexual. «Me escribieron periodistas de todo el mundo, supongo que al Vaticano también y tuvieron que hacer algo. Por eso abrieron una investigación», apunta Pietro. El bum de la producción de Netflix forzó la apertura del proceso en la Santa Sede 40 años después del suceso, que la Fiscalía de Roma retomase el caso y el inicio de una comisión en el Parlamento italiano.
Emanuela y sus hermanos se criaron dentro de los muros del Estado pontificio. «Mi abuelo entró a trabajar en el Vaticano en los años veinte, mi padre nació y trabajo ahí toda su vida, nosotros crecimos ahí y mi madre todavía vive ahí. Por eso, el Vaticano es parte de mi familia y, por eso, estoy todavía más enfadado. Porque esa familia le ha dado la espalda a Emanuela y a mis padres», dice Pietro, que considera la investigación de la Santa Sede «una farsa».
En diciembre, el fiscal del Vaticano admitió la existencia de un archivo interno sobre Emanuela. «No les quedó más remedio porque Domenico Giani, el excomandante de la Gendarmería (la policía del Vaticano) lo admitió en la comisión parlamentaria», explica Pietro, que conocía su existencia desde el 2011: «Monseñor Georg Gänswein, que fue el secretario personal del papa Benedicto XVI, habló conmigo y me indicó que pediría a Giani una búsqueda en el Vaticano de cualquier cosa relativa a Emanuela». De momento, Pietro no ha podido ver el archivo porque está bajo secreto de sumario.
La pista de Londres
En paralelo, la Fiscalía de Roma investiga por testimonio falso a Laura Cassagrande, compañera de clase de música de Emanuela. El 5 de julio de 1983 ella recibió la llamada sobre las condiciones para intercambiar a Emanuela por Alí Agca, el autor del atentado contra el papa Juan Pablo II en 1981. «Laura escribió dos páginas al dictado con una calma rara», señala Pietro, que cree que la joven pudo servir de gancho.
Para Pietro «la verdad está en el Vaticano». Una institución en la que su familia tenía fe ciega. «Juan Pablo II vino esa Navidad a casa y nos dijo que el secuestro de Emanuela era terrorismo internacional. Para nosotros, su palabra era la de la verdad», dice Pietro, que añade que años después supo que Juan Pablo fue notificado de la desaparición de su hermana al momento. «¿Cómo es posible que lo avisasen durante su viaje en Polonia de que una joven no había vuelto a casa? Podría estar con unos amigos, pero se lo dijeron a primera hora porque supieron que era algo serio. Juan Pablo eligió salvar la institución y permitió que la omertà y el silencio cayeran sobre el caso», apunta Pietro.
Para los Orlandi la pista más importante es una que aún no se ha retomado. Se trata de unos papeles destapados en el 2017 y supuestamente robados en el Vaticano durante el escándalo Vatileaks 2. Son cinco folios sobre gastos presuntamente sostenidos por la institución para las actividades de Emanuela en Londres desde el 83 al 97. «Los consideraron falsos a los pocos días, pero nadie se preguntó por qué estaban dentro de una caja fuerte vaticana. Puede que Emanuela no fuera a Londres, pero ahí hay algo».
En este punto, Pietro apunta al sacerdote español Lucio Ángel Vallejo Balda, condenado en el 2016 por el caso Vatileaks 2 e investigado en el proceso actual por mencionar en mensajes de WhatsApp la necesidad de hacer desaparecer los folios sobre Emanuela. «Personas fiables me confirman que Balda vio en el archivo del Banco Vaticano los registros de los millones que salían hacia el sindicato polaco Solidaridad (clave en la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría)». Según esa tesis, ese dinero procedía de la mafia y el nombre de su hermana aparecía vinculado a la trama financiera.
Mi madre tiene 96 años e inicios de alzhéimer, así no se pone tan triste
En ese escenario encaja el testimonio de Sabrina Minardi, amante del jefe de la Banda de la Magliana. «No quiso hablar conmigo, pero me creo parte de su testimonio por su precisión», dice Pietro. Minardi contó que días después de la desaparición de Emanuela, ella misma la trasladó en coche hasta la zona de San Pedro, donde fue recogida por un vehículo con matrícula vaticana. «Creo que devolvieron a mi hermana porque las peticiones de los secuestradores fueron satisfechas, pero el Vaticano no la dejó regresar a casa porque era testigo de algo muy grave, del motivo del chantaje al Estado más potente del mundo. Quizás la Iglesia no permitió que esos criminales la eliminaran porque habrían dejado testigos y, quizás, también por conciencia. Al fin y al cabo, hablamos de una niña a la que conocían y de un Estado católico», expresa Pietro. Su teoría es que su hermana fue ocultada por la Santa Sede. «En esos años nadie se atrevía a meter las narices en los asuntos del Vaticano. Si llevas a un monasterio de clausura a una niña de 15 años, en tres meses le comes la cabeza. Así, el Vaticano tiene la conciencia tranquila porque Emanuela está en un ambiente cerca de Dios. Por eso tengo la esperanza de que está viva en algún lugar, pero no por la calle. Si está muerta, ¿por qué no ha aparecido su cuerpo?», se pregunta Pietro.
La idea de su reclusión la manejaron las autoridades en 1993, cuando trasladaron a la familia hasta Luxemburgo. «Íbamos a recogerla a un convento. Estábamos convencidos porque nos lo habían asegurado, yo le había comprado un regalo. Recuerdo que el jefe de la policía llamó a varios periodistas y les dijo: “Preparaos, que volvemos con Emanuela”. Me bastó ver el rostro de mi madre para saber que esa chica no era ella». «Ellos sabían perfectamente que no era Emanuela y, aun así, permitieron que mi madre se ilusionase. Hubo mucha maldad en aquello».
La ley del silencio
Pietro regresa habitualmente al Vaticano para visitar a su madre. «Es el Estado más poderoso del mundo, pero también es como un pueblo. Nos conocemos todos. Cuando voy y saludo a alguien, veo que se incomoda; mira a su alrededor e intenta saludarme rápido por miedo a que lo vean». Sobre su madre, de 96 años, dice que «afortunadamente» sufre inicios de alzhéimer. «Es casi positivo, porque cuando me pregunta: “¿Has encontrado a Emanuela?”. La distraigo con otra cosa y se olvida. Así no se pone tan triste».
Sobre el papa Francisco, recuerda que su llegada en el 2013 fue un soplo de esperanza, que pronto se desvaneció: «Él levantó el muro de silencio más alto». En el único encuentro de la familia con él, a la salida de una misa, les dijo: «Emanuela está en el cielo». «Si me dice esto el papa es porque sabe algo más que nosotros», señala Pietro, que solicitó, de momento sin éxito, una reunión con el nuevo pontífice, León XIV. «Le pedí también, porque así me lo dijo mi madre, que nombrase a mi hermana durante el rezo del Ángelus en junio. Hubo una voluntad de no hacerlo. Mantiene el muro de silencio», asegura.
Para Pietro la muerte de su padre y, un año después, en el 2005, la de Juan Pablo II, supuso un cambio. «Empecé a organizar manifestaciones en el Vaticano. Estaban consiguiendo que se olvidara el caso, pero jamás aceptaré pasivamente una injusticia». Así mantiene viva la búsqueda y este 22 de junio, como cada año, realizará una manifestación por el aniversario de la desaparición de Emanuela. «Me emociona ver a jóvenes que sienten este caso como propio. Cuando un chico de 20 años me dice: “¿Te puedo dar un abrazo?”, para mí ese es el abrazo de Emanuela. Eso me da fuerza para seguir».