Vivir sin hijos: «A los 29 empecé con síntomas de menopausia y a los 32 dejé de buscar ser madre»

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Beatriz Pastells ha buscado durante más diez de años quedarse embarazada. Ahora ha descubierto que se puede tener una vida plena, a pesar de no haber logrado tener descendencia
Beatriz Pastells ha buscado durante más diez de años quedarse embarazada. Ahora ha descubierto que se puede tener una vida plena, a pesar de no haber logrado tener descendencia ALBERT PONS / ANNA MENDIOLA

Tras un periplo de fracasos, decidió no seguir luchando y sanarse psicológicamente: «He vivido varios duelos: el del aborto, el de la infertilidad, el del fallo ovárico precoz, el de las expectativas...».

04 jun 2026 . Actualizado a las 15:35 h.

Son muchas las mujeres que tienen un gran deseo de ser madres. Otras no y es igual de loable. Pero para algunas de las que sí, este sentimiento es casi innato. Desde muy jóvenes se imaginan cuidando de sus hijos. La mayoría lo consiguen, pero hay otras que se quedan en el camino por múltiples motivos. En algunos casos no logran quedarse embarazadas, en otros sufren multitud de abortos, también se da la circunstancia de que no han encontrado a la persona correcta y la vía de la adopción tampoco les ha resultado sencilla... Cada situación es un mundo. Y detrás de todo este proceso hay un gran sufrimiento, un duelo por no poder tener hijos. Pero una vez que se supera, también hay una enseñanza. Se puede ser feliz después de haber intentado ser madre por todos los medios y no conseguirlo. Este es el caso de Beatriz Pastells.

«Hace 16 años que estoy con mi pareja. Desde que tenía 24 años. Y me casé hace nueve. Pero desde el principio decidimos que nos gustaría ser padres jóvenes porque nos apetecía. Entonces, al cabo de un año de intentarlo de forma natural, decidimos ir al médico a ver qué pasaba», comenta Beatriz, mientras hace un inciso para explicar que jamás había tenido sospechas de que pudiera tener cualquier tipo de problema de fertilidad. «En mi familia, mi abuela materna, que aún vive y que tiene 103 años, tuvo una hija con 46 años. Y yo, con esos antecedentes, siempre pensé que no iba a tener problemas de fertilidad. Entonces, empezamos a hacernos las pruebas. Y ya la primera ginecóloga que consultamos me dijo que me tenía que dar prisa porque mi reserva ovárica se iba a terminar pronto». Ahí comenzó Beatriz un periplo de consultas médicas por conseguir el deseo de tener un hijo. «Hubiera subido al Kilimanjaro por quedarme embarazada. Me hicieron pruebas de todo tipo, raspados... Incluso vacunas... de todo. Entonces, me hice una fecundación in vitro. Lograron cinco óvulos, porque mi cuerpo no generó más, ni con la medicación a toda leche, y solo quedaron dos embriones. Me pusieron uno, pero no funcionó. Al mes siguiente, me pusieron el otro y me quedé embarazada. Esto fue en el 2016, hace ahora diez años, pero al cabo de mes y medio lo perdí», explica.

«La gente dice: “En el primer trimestre, eso no es nada”. Bueno, no es nada..., en un proceso in vitro, lo estás viviendo todo desde el minuto cero y el concepto cambia. Podría escribir un libro de las animaladas que me han dicho en estos diez años. Ha sido muy bestia todo, incluso por parte de los médicos. Porque no ha habido un acompañamiento psicológico. Me lo he tenido que buscar yo. Y me he dado cuenta de que esto va de poder adquisitivo. Si no lo tienes, hay muchas cosas que no puedes pagar», reconoce esta mujer.

«Paralelamente, también me apunté a la lista de la Seguridad Social, en el Vall d‘Hebron, en Barcelona, y me llamaron. Pero perdieron mi historial, estuvo un año perdido y yo también perdí todo ese tiempo», cuenta. Comenta que en esa época la relación de pareja también sufrió un deterioro importante: «Estábamos muy mal cuando me llamaron del Vall d‘Hebron para decirme que una persona con la reserva ovárica más baja del 0,60 la quitaban de la lista. Y eso fue lo que me pasó a mí, que me quitaron de las listas de la Seguridad Social y me quedé sin ningún embrión en la privada. A partir de ahí empecé a tener, con 29 años, unos síntomas muy parecidos a la menopausia».

Cuando pidió una consulta a su ginecólogo de la Seguridad Social, el facultativo le respondió lo siguiente: «Que todo era mental». Entonces, Beatriz pidió conocer la causa de su infertilidad: «Le dije que necesitaba medicación, porque me estaba volviendo loca. Tenía insomnio, sofocos, dolor articular... todo. Tras insistir mucho me derivaron a medicina interna». «Allí vieron que tenía un problema de coagulación. Se llama SAFL, síndrome de antifosfolípido —trastorno autoinmunitario que provoca coágulos de sangre frecuentes—. Y lo que me pasaba era que cuando me suministraban estrógenos, me tenía que pinchar heparina para prevenir la formación de coágulos. Para mí era como una bomba de relojería. Al final, decidí dejar el Vall d‘Hebron porque cada vez que iba, me moría. Volvía llorando a Lérida todo el viaje».

Lo intentó con otro ginecólogo, que le explicó que su cuerpo era «como el de una persona de 50 años». «Me dijo que estaba en proceso de menopausia, de fallo ovárico precoz, y que era algo autoinmune, porque mi cuerpo estaba autodestruyendo óvulos», indica. Después de este periplo, Beatriz decidió acudir a un psicólogo para afrontar esta situación que le había sobrepasado desde hacía mucho tiempo. «A los 32 años decidí dejar de buscar ser madre. Necesitaba centrarme en mi cuerpo, en mi vida. Decidí que la opción de no ser madre también era una opción. Muy, muy, muy dura, pero también muy valiente. La gente tampoco lo entendió y me decía que por qué no adoptaba, por qué no lo seguía intentando. Yo valoré todas las opciones, pero no quiero adoptar porque no quiero pasar diez años más de mi vida con eso, no quiero que me rechacen. No quiero seguir frustrándome. Y veo que está todo muy mercantilizado. Entonces, ni mi pareja ni yo queremos ser partícipes de eso», comenta.

Trece años

«Llevo más de 13 años de mi vida dedicados a querer ser madre y decidir dejar de intentarlo fue muy difícil. Tampoco la sociedad está preparada para este discurso. Estuve sin hablarme con mis padres, porque no entendían que no quisiera seguir buscando maneras de tener un hijo», comenta, mientras compara el sentimiento con la pérdida de un familiar. «Está mi duelo y luego hay otro duelo asociado a la familia, cuando ven que no va a ser lo que ellos esperaban», confiesa. Además, comenta que cada vez que le anuncian un embarazo cercano, a veces, la gente no sabe bien cómo afrontarlo: «Mi hermana está embarazada. Y cuando lo anunció, me lo dijo a mí primero porque sabía que iba a ser muy duro. He vivido situaciones en las que la gente se ha alejado de mí por este motivo. Tengo dos amigas que han desaparecido porque han sido madres. Y ese es otro tema, porque te quedas sola, la gente se junta con gente que tiene hijos. El Día de la Madre para mí es un día de nostalgia, pero con el paso de los años lo llevo mejor».

Beatriz reconoce que ahora se encuentra en su mejor momento desde hace mucho tiempo: «Mi pareja y yo empezamos a estar en la misma sintonía de nuevo. Tenemos dos perros, salimos con ellos y decimos: ‘‘Jolín, ¡qué bien!’’. O pasamos un domingo desayunando y comiendo a la hora que nos da la gana. Después de estos años tan duros, ahora es como que sentimos felicidad», reconoce. A pesar de ello, aún tiene presente todo lo que pasó: «Cuando tuve el aborto, me quería morir. He vivido varios duelos por no poder ser madre: el de la infertilidad, el del aborto, el del fallo ovárico precoz, es decir, la menopausia... el duelo por las expectativas. A las niñas nadie les explica que pueden no ser madres». Afortunadamente, todo eso ha quedado atrás, la relación con su cuerpo empieza a estar mucho mejor, con su pareja vuelve a ser lo que era y con sus padres es maravillosa. También forma parte la familia de La vida sin hijos, un lugar donde las mujeres se acompañan en este tipo de situaciones y donde todas las que se sientan identificadas pueden acudir. «Te sientes reconocida, acompañada y comprendida», concluye.