Julia Sánchez, delegada gallega de la Cruz Roja: «Ayudo a familiares que llevan décadas preguntándose dónde están sus seres queridos»
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La joven de 32 años lleva desde el 2020 trabajando en misiones internacionales, viviendo de cerca los horrores de los conflictos armados. Ya está trabajando en Nigeria, su nuevo destino
28 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El número de conflictos armados está aumentando progresivamente, siendo alrededor de 130 en el mundo solo el año pasado. Esta cifra supone el doble que hace 15 años e incluso la situación se ha recrudecido, porque ahora duran más y son más complejos. A día de hoy, 204 millones de personas (más de cuatro veces la población española) viven en zonas controladas o disputadas por grupos armados, una realidad que se antoja lejana, pero no es por ello menos real. Como dijo en una ocasión la presidenta del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), Mirjana Spoljaric, el Derecho Internacional Humanitario «es la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la dignidad y la deshumanización» y una gallega con raíces catalanas, Julia Sánchez, es plenamente consciente de ello y desde hace cinco años trabaja para este organismo procurando que las personas que viven de cerca los horrores de los conflictos armados se sientan más acompañadas, escuchadas y vistas. A sus 32 años, tiene el grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y el Máster Erasmus Mundus de Estudios Europeos que cursó en universidades de Polonia y Francia. En este lustro de trayectoria humanitaria, sus destinos han sido Suiza, Colombia (en dos ocasiones) y Mozambique y ya está trabajando en el terreno en su nuevo destino: Nigeria.
En estas tres misiones como delegada, ha tenido que pasar tiempo con las comunidades afectadas para entender cómo repercute en ellas el conflicto armado, desde la falta de seguridad o el desplazamiento forzado hasta la falta de agua o alimentos, dificultades para desarrollar sus actividades productivas, fallecimientos, desapariciones y hasta violencia sexual.
Una vez detectadas las vulnerabilidades, diseñó acciones junto a sus compañeros para ayudar a minimizarlas.En todos los países donde trabajó tuvo que estar en contacto con personas «con un dolor casi indescriptible» a causa de que sus familiares están en paradero desconocido por causa de la guerra, ayudándoles a obtener respuestas, lo que conlleva a tratar de dar con el paradero de personas vivas pero también de fallecidos. «En este trabajo te enfrentas a lo que viven aquellas personas que buscan a sus seres queridos y muchas veces pasan décadas preguntándose qué les pasó», asegura afligida. Otro eje principal de su labor ha sido mantener al máximo posible el diálogo confidencial y constructivo con todas las partes de los conflictos (las estatales y no estatales) para tratar preocupaciones relacionadas al Derecho Internacional Humanitario.
En este tiempo, su vida ha estado guiada por desafíos tales como empezar casi de cero abriendo una pequeña oficina en un lugar bastante remoto del norte de Mozambique, dando a conocer la organización e intentando generar confianza con comunidades y autoridades de la zona. En este contexto, achaca lo que afecta el factor de la soledad, al estar en zonas parcialmente aisladas «donde no hay mucho por hacer, con quien compartir o con qué distraerte más allá del trabajo, por lo que solo me quedan las películas y series y muchos libros».
Sánchez invita a ponerse en el complicado lugar de las personas a las que dedica su vida, ejemplificando la ansiedad que invadiría a cualquiera si perdiese de vista a sus hijos en el supermercado. «Imagina que tu aldea haya sido atacada y mientras tú huiste en una dirección, tu hijo que estaba jugando al fútbol con amigos huyó en otra, o aquel día en el que tu marido salió de casa para ir a trabajar al campo y nunca más regresó», dice. A propósito de esto, concluye que «el fenómeno de la desaparición es muy duro», mientras admite que es complejo a su vez no conseguir llevar respuestas para aliviar el sufrimiento.
Sin embargo, se enorgullece de que algunas veces sí pudo dar soluciones a estas familias, lo que marcó la diferencia. Rememora que entregó cartas llamadas «Mensajes Cruz Roja» procedentes de seres queridos a personas que pensaban que sus allegados probablemente habrían fallecido. También pudo presenciar cómo una madre se reencontró con su hijo de 11 años tras haber pasado los últimos tres buscándolo o contribuir a la entrega de cuerpos a las familias de fallecidos por causa de un conflicto.
«Para estas personas, el poder finalmente recibirlos y darles sepultura, o realizar los ritos según sus creencias hace que puedan por fin cerrar el capítulo de la búsqueda e iniciar un proceso de duelo con todo lo que eso conlleva», asegura. Sin embargo, advierte sobre no romantizar este trabajo, ya que confiesa que «hay días muy duros». Aún así, confirma que cuando consigues hacer algo por una persona o una familia, «aunque sea una entre cientos, te da un chute de motivación».
De entre sus experiencias, recuerda especialmente otra en un lugar muy remoto de Colombia al que solo se podía acceder en mulas, por caminos difíciles al borde de precipicios. Era su primera vez y en ese momento recuerda que llegó a temer por su integridad. Superado ese reto, ahora se declara toda una «amazona» y apunta que «al trabajar y vivir en contextos donde puede haber ataques, enfrentamientos y presencia de actores armados, hace que tengas que estar un poco en alerta constante».
La labor que desempeña no es usual, como un trabajo corriente de oficina o al cargo de una tienda, pero desde muy joven la gallega sintió que su lugar estaba en muchos sitios a la vez y en cada uno de ellos intenta dejar su huella. Su curiosidad por conocer otros países, culturas e idiomas es infinita y encontrar su oficio, centrado en derechos humanos y acción humanitaria le llevó un largo tiempo y varios intentos, pero tras un contrato inicial de prácticas durante un año en la sede del CICR en Ginebra lo demás vino rodado.
Duro aprendizaje vital
Es consciente del «privilegio» de ser una mujer europea y blanca en este trabajo y opina que es importante que este tipo de oficios sean llevados a cabo por «personas con bagajes diferentes». Esto es debido en parte a que recientemente le pidió a la IA que generase una imagen de un trabajador humanitario y curiosamente plasmó a «un hombre blanco, con ropa beige y kaki y un chaleco», lo que corrobora su argumento sobre la diversidad de perfiles. Precisamente en organizaciones como la suya da especial relevancia a los profesionales nacionales que conocen de cerca la realidad de sus países: «sin ellos, no se podría hacer un trabajo que ponga en el centro el contexto social, cultural, religioso o político de las personas a las que se quiere acompañar».
Con cierto humor enumera que algunos «contras» son los bichos, la malaria o «comer cantidades ingentes de arroz blanco», pero fuera bromas considera que lo más complejo es «el tener que irte de un lugar cuando termina tu misión, dejando atrás personas y rincones de los que te encariñas», algo que siente especialmente ahora que acaba de despedirse de Colombia por segunda vez, un país que ya considera como su segunda casa.
«De momento para mí lo bueno sigue pesando más que lo malo, pero la vida son etapas», concreta. No miente sobre que se le ha pasado por la cabeza lo bien que estaría trabajando en una oficina con horarios fijos «y sin ponerse de barro hasta arriba», pero a la vez teme aburrirse al poco tiempo si cambiase radicalmente de rutina porque remarca que con su trabajo «aprendo y vivo cosas nuevas a diario».
A su actual misión en África, concretamente en el noroeste de Nigeria, llegó en marzo y pasa su día a día en un territorio donde hay conflictos armados que están generando altísimas consecuencias humanitarias. Su rol es el de Field Team Leader (FTL) y planifica y coordina el trabajo operativo de un equipo en terreno (profesionales agropecuarios, de salud, agua y saneamiento, artefactos explosivos...) asegurando que las actividades de la organización se lleven a cabo con las mayores garantías de seguridad posibles y de acuerdo con los principios humanitarios.
Acerca de su futuro próximo, no puede negar que ama lo que hace y su curiosidad y ganas de seguir conociendo diferentes realidades no tiene techo, pero es consciente de que llegará a un punto en el que necesite más estabilidad, aunque no sabe calcular ahora mismo cuándo o en qué lugar. «Me gusta mucho España y A Coruña y quien sabe, si consiguiera oportunidades por aquí sería bonito volver porque se vive muy bien, pero creo que no hay mucha demanda para este sector», concluye, mientras disfruta de este inusual y breve período de calma en su casa familiar.