Victor Küppers: «Dicen que entiendes de qué va la vida a los 80, no antes»

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Asegura que todas las actitudes se pueden trabajar y que ser buena persona depende cien por cien de uno mismo, por lo que es «imposible no conseguirlo, si uno le pone empeño»

16 may 2026 . Actualizado a las 22:27 h.

Acaba de publicar Bondad, compasión y amabilidad para vivir con alegría, pero el nuevo libro de Victor Küppers (Eindhoven, 1970) no es un manual de autoayuda al uso, sino una conversación cercana en tiempos de cansancio, prisa y mal humor cotidiano. El divulgador y conferenciante reivindica tres palabras aparentemente sencillas —bondad, compasión y amabilidad— como herramientas prácticas para vivir con más serenidad y sentido, sin dejar de ser uno mismo. Con el estilo directo y optimista que le ha convertido en uno de los autores de referencia del desarrollo personal en España, Küppers invita a detenerse y recordar que la alegría profunda depende menos de lo que tenemos y más de cómo somos y tratamos a los demás.

 —¿Somos menos amables o simplemente menos conscientes de ello?

—Yo creo que en los pueblos seguimos siendo muy amables, y en las ciudades grandes cada vez somos menos. Pero no porque seamos malas personas, sino porque vamos a un ritmo tan acelerado que las personas no es que no vean a los demás, pero son invisibles. Todo el mundo va a lo suyo, con prisas, con urgencias, todo el mundo corre y entonces al resto de las personas no las vemos.

 —¿Las prisas y el día a día están erosionando la amabilidad?

—Totalmente. En las grandes ciudades sobre todo. Los que vivimos en pueblos todavía no sufrimos eso. Los pueblos son mucho más humanos.

 —¿Cómo se puede mantener la amabilidad en situaciones difíciles?

—¿Qué es una situación muy difícil?

 —Un enfado, algo que te lleve a perder la compostura...

—Uno puede perder la compostura cuando tiene un drama. Lo que pasa es que hacemos de todo un drama. Y dramas son fallecimientos, enfermedades terribles, cuando no llego a final de mes, cuando no tengo trabajo, una separación, un divorcio y alguno más. No hay muchos más. Ahí se entiende perder la amabilidad, la alegría, la sonrisa, estar de mal humor, por supuesto. Fuera de eso, el derecho a perder la amabilidad, la sonrisa, la alegría es, como mínimo, dudosa. Vivimos en una sociedad que nos cuesta mucho relativizar. Que tienes un retraso del avión de una hora, perfecto, enfádate un minuto, o cinco, pero no es un drama. Perdemos la alegría por cualquier cosa.

 —¿La falta de amabilidad es un problema individual o cultural?

—Ambos. Cuando individualmente, por ejemplo, dejamos de decir «gracias», pues ya culturalmente hemos dejado de decir «gracias». Como nadie lo dice, no estoy acostumbrado a escucharlo, tampoco lo digo. Ni digo «por favor». Es un problema que empieza individualmente y acaba siendo cultural. Estamos en una sociedad que nos cuesta mucho decir «gracias», «por favor», dejar pasar en un atasco a un coche. Por el estrés, por las prisas y porque vamos todo el día enfadados. Y hay muchos motivos para estar enfadado: que si el jefe, que si los políticos, que si el Gobierno, que si este barco con el virus... Hay tantos motivos que uno pierde la alegría. Y cuando pierdes la alegría, pierdas la amabilidad, la ayuda a los demás... esas cosas que nos hacen tan humanos.

 —¿Se puede entrenar o depende de la personalidad?

—Se puede entrenar, por supuesto. Yo no soy el experto. No porque no quiera, porque no tengo la capacidad, no soy tan listo. Yo leo siempre a los expertos y traslado sus ideas. Los expertos dicen que en tu manera de ser hay una parte genética que no puedes cambiar, unas circunstancias, que has vivido y que estás viviendo, que no puedes cambiar, y luego lo que tú haces. Hay cosas que no podemos cambiar. Hay condicionamientos. Yo soy impaciente, muy impaciente. Es genético, pero no vale decir «yo soy así». Además, el resto no tenéis culpa de que sea así. Se puede trabajar. No serás el tío más paciente del mundo, pero aspiras a ser más paciente de lo que eres. Pasa con todas las actitudes. Al final, la psicología positiva se trata de hábitos. Al principio, te obligas a saludar, cuando lo llevas haciendo mucho tiempo ya no tienes que pensarlo, te sale solo.

 —¿La alegría también se trabaja?

—Totalmente. Lo que pasa es que la alegría se concreta en cosas que has de trabajar. La alegría viene, por ejemplo, de agradecer las cosas buenas que tienes. La alegría deriva de la capacidad de relativizar, como decíamos antes. Puedes coger el hábito de repetirte constantemente: «Esto no es un drama. No me enfado». Y al final no te enfadas por casi nada. También puedes coger el hábito de ponerte ilusiones.

 —¿Se puede ser buena persona y aun así poner límites?

—Se puede ser muy buena persona y decir que no. «Oye, no te ayudo porque te estás aprovechando de mí». Y eso no quita que seas buena persona. Los límites los tiene que poner uno mismo. Pero no dejas de ser buena persona. Hay que ser buena persona todo lo que puedas y más. Pero hasta un punto. ¿Sabes aquella frase? «Es tan bueno que es tonto«. Es una frase lamentable, perversa. Así nos va como sociedad.

 —¿Se puede aspirar a ser buena persona y no conseguirlo, o si lo intentas es imposible que no lo consigas?

—Si lo intentas es imposible que no lo consigas. Básicamente porque solo depende de ti. Tú ahora tienes que hacer la declaración de renta. Depende de ti hacer trampas o no. A lo mejor ves a una persona mayor que está intentando cruzar la calle, pero se está atascando. Es solo tu decisión si le ayudas o no. Te puedo poner mil ejemplos. Cuando las cosas dependen solo de ti, si tú te empeñas, es imposible que no te salgan. Ser buena persona depende de ti 100 %.

 —¿Tú crees que la sociedad de hoy en día premia a las buenas personas?

—No hay que planteárselo. Lo importante no es lo que te premia, o no, la sociedad, sino tu conciencia. Cada uno tiene que estar orgulloso de su manera de ser y de hacer, no de lo que la sociedad premia o no premia. Yo tengo un muy buen amigo que es el Deportivo, a muerte. Hace muchos años que no gana nada. Y me dice: «Da igual, yo soy del Deportivo». Yo no tengo redes sociales, no me gustan. Pero la sociedad valora que tengas muchos seguidores. La satisfacción plena, la alegría profunda, viene de estar orgulloso de tu manera de ser, no de lo que diga la sociedad. Me da igual si no me va bien, prefiero ser buena persona. Tendré menos dinero, pero prefiero no hacer trampas en la renta. Yo siempre he pensado que hay que escuchar a la conciencia. Obedecerla y hacer de ella nuestro modo de vida. Es lo más importante.

 —¿Se puede liderar con amabilidad sin perder el liderazgo?

—Sí. Al final, el papel de un líder no es decirle a la gente lo que tiene que hacer, y después comprobar que está hecho en tiempo y forma adecuado, eso es el ejército. El papel de un líder es inspirar, influir, contagiar, y para eso te tienen que admirar. Si no te admiran, no puedes influir. Estoy seguro de que si tuvieras que elegir con qué jefe te quedarías, no lo vas a hacer por su despacho, ni por su forma de vestir, ni sus idiomas, sino por su manera de ser. Valoramos a las personas por su calidad humana. Y la amabilidad es un reflejo de ella.

 —No se ve en muchos...

—No, cuesta mucho, porque hay muchos que no tienen capacidad para ser líderes. No pasa nada, yo no sirvo para dibujar. Pues hay gente que no sirve para liderar, porque no tienen esa capacidad de ayudar a los demás. Cuando a uno lo nombran líder, le sube el ego, se siente por encima, «yo digo y tú haces». Hay pocos líderes que se preocupen por ayudar a su equipo para que sean mejores personas y profesionales, porque vivimos en un capitalismo salvaje en el que todo es a corto plazo, para ya, y ahí funciona más la presión, el orden y el mando. El «te castigo«, «te voy a echar», «no te premio». Pero siempre recordamos a las personas que nos han tratado bien.

 —¿Te ha costado alguna vez practicar lo que predicas?

—Muchas veces, yo soy un principiante. Me enfado muchas veces, ¿pero sabes cuál es mi ventaja? Como cada día hago conferencias y explico estas cosas, al final yo he descubierto que me puedo enfadar, pero hay algo en mi subconsciente que me dice: «Acabas de explicarle a María que esto no es un drama, pues no te enfades». Tengo muchos recursos a fuerza de 20 años explicando las mismas cosas.

 —Reseteas cada vez más rápido.

—Sí, porque me obsesiono en aplicar lo que explico. Como me lo creo... Si los expertos dicen que ser amable hace que seas más alegre, te obsesionas. Yo me he llegado a obsesionar tanto que el otro día estaba en la cola del cine, y la persona que tenía delante se le veía la etiqueta del jersey. Lo estaba viendo, mi mujer estaba mirando, y pensaba: «Lo tiene mal, lo tiene mal...«. Y al final se la puse bien. El hombre se gira y me dice: «¿Qué hace usted?». Y yo le dije: «Perdona, es que tenía...».

 —¿Cuál ha sido el acto de bondad que más te ha marcado en tu vida?

—En un hotel de Lima, yo dejé un papelito para la persona que hacía la habitación: «Esto es un medicamento, por favor, no lo tire». Y al volver por la noche, me encontré ese papel y debajo había una frase que ponía: «Deseo que se mejore». Y pensé: «¡Guau!, una persona con una calidad humana estratosférica, se preocupa por un extraño y le desea que se mejore». La fui a buscar y le di un abrazo.

 —¿Qué haces cuando no tienes un buen día?

—Son muchos. Primero hay que aceptar que a veces uno tiene no tiene buenos días. Me aplico una frase que leí en la pandemia: «Si no vas a decir nada bueno, cállate». Los días malos, tengo días silenciosos. Y luego intento salir de ese túnel. Pienso: «No es para tanto. Tengo muchas cosas por las que estar agradecido: mi mujer no me ha abandonado, mis hijos están bien, el Barça va primero...». Y sobre todo hago una cosa que recomienda Paul Smith (yo cuando en las conferencias no me acuerdo del nombre del experto o del autor, lo llamo Paul Smith) que decía: «Cuando estés de mal humor, olvídate de ti, deja de darle vueltas a la cabeza, empieza a ser amable con los demás, sonríe...». Eso no me ayuda siempre, pero a veces sí.

—Dices en el libro que cuando pasamos de los 50, llega el cambio.

—Sí, supongo que porque vas viendo que la mayor parte de tu vida ya ha pasado, porque es una etapa donde tus hijos se han ido de casa, te encuentras un poco más solo; si tus padres no han fallecido, están muy mayores... Y te planteas otras cosas. Cuando miras atrás, te das cuenta de que de lo único de lo que estás orgulloso es de las cosas que has hecho bien, y de lo que has hecho por los demás. Hay un estudio que dice que a partir de los 50 la percepción de cómo pasa el tiempo es mucho más rápida.

 —¿A ti te ha pasado?

—Sí, le das importancia a cosas que antes no le dabas. Igual no te enfadas por lo que te enfadabas, te vuelves un poco más tranquilo... Y te das cuenta de lo que es prioritario en la vida.

 —Qué fastidio también tener que esperar a los 50 para darse cuenta...

—Desde luego. Hay un Paul Smith coreano que explicaba exactamente lo que tú estás diciendo. Cuando tú eres muy joven, la vida es como un lago donde el agua está muy movida. Cuando tienes 30, el agua se empieza a calmar. Con 50, el agua está casi calmada. Y cuando tienes 80, el agua está calmada del todo y ves el fondo. Dicen que en la vida nos pasa lo mismo. Tú entiendes de qué va la vida y ves el fondo, cuando tienes 80, no antes.