¿Cómo se vive la jubilación?: «Me encantaba mi trabajo, pero retirarme fue de las mejores decisiones de mi vida»

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Ana sujetando su esterilla de pilates
Ana sujetando su esterilla de pilates -

Ana fue profesora durante 40 años. Jubilada recientemente, explica cómo es esta nueva etapa. «Para mí no existían los lunes, pero lo dejé porque estaba muy cansada y decepcionada con la deriva de la educación. Ahora soy dueña de mi tiempo», confiesa

12 may 2026 . Actualizado a las 11:06 h.

Séneca le escribió a su amigo Lucilio: Homines dum docent discunt, que significa: «Los hombres mientras enseñan aprenden». Probablemente, esta cita del filósofo estoico resuma muy bien la vida de Ana, una reciente jubilada que dedicó más de la mitad de su vida a hacer entender que formar no solo consiste en llenar la mente de los alumnos, sino también en contagiarse de ellos y encender sus ganas por saber más. A pesar de que hacer Periodismo rondó por su cabeza de joven, terminó decantándose por la Filología Clásica. «Recuerdo que mi padre me dijo: “¡Pero cómo vas a estudiar latín y griego!... ¡Eso son cosas de curas y monjas!”. Y yo le contesté: “Pues mira, aunque tenga que ser barrendera, por lo menos sabré de Homero y ya disfrutaré con eso”», afirma. Seguir su instinto fue un acierto. «Era mi vida, en la carrera disfruté una barbaridad, me lo pasé bien todos los días. Con las oposiciones igual. Después vi que podía seguir trabajando de lo mismo donde me escucharan hablar de ello y encima me pagaran», confiesa.

Ana comenzó a construir su carrera profesional en la facultad, mientras realizaba su tesina sobre El genitivo absoluto en Esquilo, y donde también se ocupaba de dar clases y de llevar «cafés y todas esas cosas». Posteriormente, impartió docencia en otros institutos de A Pobra, Vilalba o en Rianxo, en el que estuvo durante 38 años. Así fue su vida durante algo más de cuatro décadas. «Aunque también di Latín, mi especialidad era Griego. En realidad, yo puedo decir que nunca trabajé. Yo nunca tuve lunes, para mí el domingo por la tarde no existía. Estaba encantada con mi trabajo y eso que a veces te podían tocar algunos alumnos retorcidos. Pero la mayoría de ellos eran muy buena gente, inteligentes, receptivos y entusiastas», explica. Ser profesora de varias generaciones implicó para ella hacerse más consciente del paso del tiempo. «Cada año, algún alumno me comentaba: “Te mando recuerdos de alguien a quien le diste clase”. Y yo le respondía: “¡Espero que no sean de tu abuela!”», bromea.

«Yo puedo decir que nunca trabajé. Yo nunca tuve lunes, para mí el domingo por la tarde no existía. Estaba encantada con mi trabajo»

El punto de inflexión

Las letras fueron —y son— su amor platónico. Por eso trató de hacer oídos sordos a lo que susurraba el mundo. «Siempre tuve que justificar el porqué de estudiar Clásicas hasta que llegó un momento en que dije: “Os juro que estoy muy feliz sin polinomios y sin derivadas. ¡Dejadme en paz!”», cuenta. Sin embargo, hace un par de meses comenzó a reflexionar sobre si sería el momento oportuno de dejar las aulas y estar entre «aborrescentes». «Noté que comenzaba a convertirme en una vieja muy rosmona, que había demasiada máquina y que los niños no aprendían. Me vi un poco sola y me preguntaba a mí misma: “¿No será que tú ya no estás en condiciones de adaptarte? ¿Por qué no te repliegas a tu mundo de Macondo o Camelot y dejas a los demás que vayan a la Guerra de las Galaxias?”», admite. Y, a pesar de que podía haberlo hecho al cumplir los 60 años, lo hizo ahora, con 63. «Lo dejé porque estaba muy cansada, no intelectualmente, pero sí físicamente, y porque también estaba decepcionada con la deriva de la educación. Nunca fue una falta de vocación, fue por los cambios de la sociedad. Yo viví ocho leyes de educación diferentes. En una persona de la generación a la que pertenezco, supone renovarse continuamente. Ya no era mi mundo, me marché y fue una de las mejores decisiones de mi vida», confiesa.

«Noté que comenzaba a convertirme en una vieja muy rosmona, que había demasiada máquina y que los niños no aprendían. Me preguntaba a mí misma: “¿No será que tú ya no estás en condiciones de adaptarte?»

¿Y cómo fue el último día de trabajo? «Físicamente estaba agotada. A mí ya se me habían despedido alumnos y compañeros, entonces como era un día que no terminaba a última hora, dije: “Me voy”. Normalmente yo me quedaba hasta el final para no tener que trabajar por las tardes, cosa que nunca conseguí. Eso fue imposible. Tanto yo como mis compañeros tuvimos que trabajar en casa, porque si a mí solo me hubiesen pagado por dar clases, hubiese sido fantástico. Pero a mí me pagaban también por aguantar a este, al otro, a los protocolos, las programaciones...», indica. Con lo que no contó Ana, fue con la sorpresa que todo el centro le tenía preparada. «Era la hora del recreo. Las niñas a las que les daba Griego me pidieron que bajase. No paraban de insistirme y vi que todo el instituto me había hecho un pasillo por las escaleras mientras me aplaudían. Yo no daba crédito, me emocioné muchísimo, por momentos tuve que parar. Cuando llegué a la biblioteca me cantaron el Gaudeamus igitur y me pusieron un vídeo. Vinieron profesores amigos míos, compañeros de otros institutos e incluso exalumnos desde Madrid», confiesa.

Ana Rivas durante la sorpresa que le dieron los alumnos el día que se jubiló
Ana Rivas durante la sorpresa que le dieron los alumnos el día que se jubiló CARMELA QUEIJEIRO

Como broche a su impecable trayectoria, le pusieron su nombre a la biblioteca. «Fue al consejo escolar y salió el sí. Ahora se llama Ana Rivas y estoy encantada. Fue un gran triunfo. Por eso no quiero volver a Rianxo, porque quiero guardar en mi memoria y en mi corazón ese último día, que fue la coronación de mi carrera», dice emocionada.

«No eché de menos nada ni a nadie»

Al igual que Atenea, diosa griega de la sabiduría, Ana pudo contagiarles algo de la suya a sus pupilos. «El auge de las Clásicas fue cuando yo terminé, en el 85. Ahora estamos todos jubilándonos y no hay gente. Tanto es así que mi sustituto es un exalumno mío de Rianxo, que además tutoricé el año pasado cuando hizo las prácticas del máster», cuenta. Con perspectiva, ahora es más consciente. «Los clásicos a mí me salvaron la vida en muchísimas ocasiones, porque tuve momentos duros y me agarré a ellos. Cuando vi que mi profesión era enseñar y que logré conmover y hechizar por lo menos un segundo a muchos alumnos..., me compensó. Lo primero que hice el primer día como jubilada fue sonreír por la gran satisfacción del trabajo bien hecho. No es egocentrismo, es una constatación que hace que todos mis días sean brillantes», afirma. Sin duda, en su cara se ve que está disfrutando de su actual momento vital. «No eché de menos nada ni a nadie, lo recuerdo todo con muchísimo afecto. Me siento bien conmigo misma. Desde el punto de vista profesional acerté plenamente», indica. Aun así, tanto compañeros como antiguos alumnos todavía la siguen llamando para quedar y charlar. «Lo peor de la jubilación es aguantar a la gente que no está jubilada», bromea.

«Cuando vi que mi profesión era enseñar y que logré conmover por lo menos un segundo a muchos alumnos, me compensó. Lo primero que hice el primer día como jubilada fue sonreír por la satisfacción del trabajo bien hecho»

Romper con una rutina tan instalada desde hace tantos años puede provocar que uno se sienta un poco perdido. No es su caso. «Yo tengo a Alexa despertándome a la misma hora de siempre, a las seis de la mañana, que es a la hora que yo me levantaba para ir a trabajar. La programo para que me diga lo que quiero oír. Siempre desayuné en cama, no solo por una dolencia que padezco, sino porque para mí es un placer y así llegaba al instituto muy despejada. Lo sigo haciendo, lo que pasa es que ahora me levanto más tarde y si paso una mala noche, me da la risa, porque no me importa, ¡puedo quedarme un rato más!», confiesa. Las agujas del reloj ya no dirigen su vida. «Me acuesto sin zozobra. Antes no había agenda que me llegara y ahora soy dueña de mi tiempo. Una frase que me reconforta muchísimo en estos momentos es: “Bueno, ¡pues ahora esto no lo hago!”», afirma. Algo que aprendió a valorar. «Soy muy disciplinada en el ocio y no me tuve que acostumbrar a nada. Quizás sí a ser consciente de que el tiempo es mío y ese es el mejor regalo que se le puede hacer a cualquiera. Es cierto que tengo ratos para pensar en todo mi recorrido y en los errores que pude cometer en la vida. Pero sé que aquella Ana de los veintitantos, si llega a verse en las mismas circunstancias, vuelve a hacer lo mismo. Con lo cual estoy satisfecha», indica.

«Leo mucho. Por las mañanas hago pilates, yoga y, si hace bueno, salgo a pasear. Pero siempre digo que si existiese una inyección que sustituyese el ejercicio físico, yo la probaría»

Como Epicuro, también aprovecha para poner en práctica la «ataraxia» —imperturbabilidad del alma—. A la música y a la lectura les dedica grandes ratos. «Leo mucho, de todo tipo y varias cosas a la vez. Tengo muchos libros con sus correspondientes marcapáginas y escojo lo que me haga falta leer en cada momento», indica. Los miércoles y los viernes por las mañanas hace pilates y lo complementa con yoga, pero ejercitarse no es su mayor placer. «Si hace buen día aprovecho y voy a pasear, pero no me gusta. En este mundo en el que toda la gente anda de aquí para allá de rutas, tengo que decirte que si pudiera escribir un artículo titulado Manifiesto sedentario, lo haría. Estar sentada me parece un acto de rebeldía. Siempre le digo a mi médico que si existiese una inyección que sustituyese el ejercicio físico, yo la probaría. A mí me dice la gente después de hacer deporte: “¿Verdad que al llegar a casa te sientes mejor?”. ¡Pues no! Simplemente estoy con la satisfacción del deber cumplido y de que no me rompáis la cabeza para que salga», concluye.