Gracias al programa Pares, de la Fundación María José Jove, decenas de jóvenes han mejorado su autoestima y habilidades sociales a raíz de interactuar con canes
05 may 2026 . Actualizado a las 09:30 h.Pisar el Centro Municipal de Animales de Compañía de A Coruña impresiona. Un poquito. Cerca de 60 canes, la mayoría PPP (Perros Potencialmente Peligrosos) ladrando al unísono sin pausa alguna. Casi todos fueron abandonados y solo les queda confiar en que llegue un dueño que les permita volver a tener un hogar. Mientras llega ese momento, aunque están muy bien atendidos por el personal del centro municipal, toca esperar. Pero Morgan (21 años), Carolina (24 años) y Samuel (19 años) han conseguido hacerles esa espera más llevadera. Estos tres jóvenes no se impresionan con los ladridos ni con la energía que tienen cuando los sueltan en un jardín de las instalaciones. Están más que acostumbrados a que se les suban, incluso a que los tiren al suelo. De buen rollo. Al final, lo único que quieren es jugar. Llevan meses, algunos años, como Samuel, visitándolos todos los viernes por la tarde. Durante una hora los miman, juegan con ellos, y los pasean. Es el único momento en que salen a pasear. Lo hacen en compañía de Yago Ricoy, que cuenta con el permiso especial que hay que tener para poder sacarlos de las instalaciones municipales. Yago es monitor del programa Pares, una iniciativa de la Fundación María José Jove, el Ayuntamiento de A Coruña, y la Asociación Participa para la Inclusión Social a través de la Fundación Emalcsa. Son jóvenes, principalmente mayores de 16 años, en situación de vulnerabilidad o con necesidades de apoyo socioeducativo, los que participan en este programa que, mediante la interacción con perros y la convivencia con otros chicos les permite crear experiencias emocionales positivas, desarrollar seguridad y autoconfianza al afrontar momentos sociales complejos. «El perro es un facilitador para hacer cosas juntos. Es una forma también de aprender a relacionarse. En la medida en que practicamos la relación con el perro y cómo lo tratamos nos permite también reflexionar sobre cómo interactuamos con los demás. Algunos pueden ser desconfiados, otros pueden tener demasiado ímpetu y tomarse muchas confianzas... Tomando ese marco, que es la relación y el cuidado de los perros, intentamos pasarlo bien, hacer amigos y reflexionar sobre cómo nos comportamos con los demás», explica Yago.
Porque de alguna manera, señala el monitor, lo que se aprende en las sesiones se puede extrapolar al día a día. «Se habla mucho de no humanizar a los perros, pero muchas de las cosas que hacemos tienen mucho que ver. El acercarte a un perro de una manera respetuosa y no invasiva es algo que puedes aplicar en tus relaciones sociales: aprender a confiar, aprender que muchas veces la timidez y el rechazo también están presentes en los perros... y hay una mejor forma de abordar un acercamiento de este tipo con otras personas».
Los beneficios de estos encuentros los confirman Morgan, Carolina y Samuel, que ya finalizaron el programa y ahora acuden como voluntarios una vez a la semana. Para Morgan, que nunca ha tenido perro, ha sido su primer contacto con estos animales. «Como nunca me había acercado, sí que me daba un poco de impresión, pero nunca hubo ningún problema ni nada. También siento que he hecho varios amigos, entonces me ha gustado mucho toda la experiencia». Este joven reconoce que ahora tiene más herramientas y recursos para relacionarse con los demás. «Al principio, cuando llegué, no conocía a nadie, y tuve que ir hablando con la gente, así que creo que sí que me ha ayudado a ganar más confianza en mí mismo».
Los chicos comparten espacio y tiempo con los animales a los que el personal del refugio da el visto bueno. Algunos arrastran traumas y comportamientos delicados. No todos están preparados para estar con gente o con otros perros, y los que lo están salen al jardín o pasear bien de uno en uno o acompañados de su compañero de jaula. Y cuando cruzan la puerta de la zona que tienen para estar sueltos corren a sus anchas, y a mayor velocidad de la permitida. Solamente paran cuando los chicos, los monitores del programa o el personal del centro municipal los llaman para hacerles caricias y ofrecerles premios. ¡Y caramba si paran! Tyson (american stanford, que lleva en el centro desde el 2023) y Malo (mestizo de pit bull, que lleva desde el 2018) se dejan mimar sin problema. Están tan cómodos que incluso se tumban panza arriba. Cualquiera diría que son animales potencialmente peligrosos. Malo está especialmente relajado, minutos antes de salir a correr le tocó baño. Samuel estuvo presente. Siempre que los trabajadores del centro les proponen, si hay tiempo, participar en este tipo de rutinas, aceptan encantados.
LLEVÁRSELOS PARA CASA
Este joven es el veterano de los voluntarios. Fue de los primeros participantes del programa, y desde entonces no falla cada viernes, excepto en verano. «Si un día no vengo, sí que lo echo mucho de menos. Y ellos supongo que lo notan también. Porque nadie más los saca a pasear». Todavía recuerda el primer día que pudieron hacerlo —necesitaron un tiempo para preparar la logística y ver que no pasaba nada a pesar de ser PPP—, le «hizo mucha ilusión». «Al principio, piensas que te puede llegar a morder, pero si tú le transmites seguridad y la confianza de que no vas a hacerle nada, y de que puede estar seguro, el perro está tranquilo, juega y todo va bien», asegura Carolina, que ha pensado varias veces en llevarse a alguno para casa, pero por circunstancias no puede.
«Para mí lo principal es que lo pasen bien y que se cree esa confianza en el perro, y a partir de ahí, en uno mismo. La mayor parte de los perros que hay aquí tienen un aspecto muy imponente, y también se trata de vencer ese miedo inicial. Y darte cuenta de lo que le puedes proporcionar tú al perro. De entrada, un rato de compañía. Están muy bien atendidos, pero claramente toda compañía extra que se les dé va a ser positivo en su proceso de socialización», explica Yago, que asegura que los objetivos más importantes del programa son los «sociales».
Suelen adaptar las sesiones al tipo de perfil de los participantes. Si les tienen miedo, no les sacan un rottweiler de entrada, y si tienen problemas con el ruido, les ponen cascos de protección auditiva para caminar por las instalaciones o acceden por otro lado. Son perros que duplican el tamaño, y son conscientes de que la tendencia siempre es al miedo, aunque con pocas sesiones ya ven avances. «Incluso se sueltan más con los perros más grandes que con los pequeños», dicen los monitores, que desvelan que entre los participantes se va tejiendo día a día una red de amistad. «A mí me animó mucho el poder relacionarme con otras personas, y estar aquí los perros me ha ayudado muchísimo en mi día a día. Incluso ha cambiado mi forma de interactuar con la gente. Es increíble. Se lo recomiendo a todo el mundo», indica Carolina.
El beneficio es mutuo. Todos ganan los viernes por la tarde.