La aventura de Antonio de la Rosa: «Me pedí una excedencia pensando que serían tres años y ya van más de 20»
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Se hizo bombero con 19 años, pero los raids de aventura se convirtieron en su forma de vida. El deportista y aventurero cruzará este verano el Paso del Noroeste y sumará un nuevo hito en su palmarés. «En la expedición del Polo Sur perdí 16 kilos y me quedé ciego durante tres días», afirma
28 abr 2026 . Actualizado a las 17:23 h.La historia de Antonio de la Rosa comienza en Valladolid, concretamente entre las aguas del río Pisuerga. «Nací y viví en Íscar, un pueblo de allí, hasta los 18 años y desde los 11 años hice piragüismo. Mi relación con el agua empezó en el Pisuerga. Siempre he hecho deportes náuticos y he estado muy vinculado con ellos», confiesa. Tan cómodo se sentía este vallisoletano entre el medio líquido y el deporte, que se hizo socorrista, con 19 años se convirtió en el bombero más joven de la Comunidad de Madrid y a los 23 se alzó como Campeón de España de Cuadratlón. Después, se lanzó de lleno a participar en los raids de aventura y llegó a ser capitán del equipo Red Bull. Estas pruebas multideportivas consisten en que los participantes realizan exigentes rutas de más de 400 kilómetros recorriéndolas entre 5 y 10 días y empleando solamente un mapa y una brújula para poder orientarse. «Estuve 14 años de bombero, pero, en 1996, empecé a competir a nivel internacional con el equipo Red Bull. Llegó un momento en el que también organizaba eventos de esto mientras iba a las competiciones y, además, tenía el trabajo de bombero. No daba abasto, así que decidí pedirme una excedencia. Pensé que sería para 2 o 3 años máximo, pero ya van 22. Mi empresa de turismo de aventura empezó a crecer y ahora mismo es mi modo de vivir desde hace muchos años», explica. De hecho, ahora tendrá más conexión con Galicia que nunca. «Estoy montando lo mismo en Leiro —Ourense— con actividades náuticas», afirma.
El cambio climático
A lo largo de su vida, De la Rosa no ha parado de ponerse retos. Próximamente, cruzará el Paso del Noroeste —que conecta el Atlántico y el Pacífico a través del Ártico canadiense— montado en su tabla de pádel surf hecha a medida. ¿Y cómo surgió hacerlo? «Normalmente, las ideas de mis experiencias surgen porque leo un libro o veo un documental. Hace un par de años vi uno del paso del Noroeste, de la expedición de Franklin y de lo que resultó la historia de más de 300 años de intentos de pasar por ahí. De hecho, lo llegaron a llamar el Paso Imposible. Me picó la curiosidad y comencé a documentarme para ver si había la posibilidad de poder hacerlo a remo. Me gusta ese tipo de desafíos en los cuales hay bastante incertidumbre en la seguridad de conseguir los objetivos que me planteo», confiesa.
Por otro lado, esta aventura tiene un mensaje de fondo: mostrar las consecuencias y concienciar sobre el cambio climático. «Hace más de 100 años era imposible hacerlo porque el hielo no se deshelaba. El primero que lo consiguió fue Roald Amundsen en 1906, la misma persona que conquistó el Polo Sur con una tripulación reducida y una embarcación muy pequeñita. Fue la primera vez que se consiguió pasar después de tres siglos de intentos. A partir de ahí, debido al cambio climático, cada vez es más inestable el hielo de la banquisa y es más probable poder cruzar cada año, porque hay más tiempo de duración de la apertura del paso del Noroeste. Por desgracia, los barcos grandes pasan más a menudo por el norte en lugar de cruzar por el Ecuador o por el sur para mover esa logística internacional de contenedores», indica.
¿Pero cómo se hace uno la maleta para estos retos? «Cada reto es diferente. Por un lado llevas cosas que son básicas con las que tienes que contar siempre y por otro los dispositivos de seguridad. Normalmente voy a lugares de frío, entonces es imprescindible meter ropa de abrigo y, lo más importante, meter repuesto de las cosas de seguridad porque siempre hay posibilidad de que se rompan y que te dejen colgado», explica. Entre sus enseres, está un hornillo para cocinar, que utiliza para derretir la nieve y hacer agua para beber. Aun así, las compañías de vuelo no son las únicas que se fijan en el peso del equipaje. «También se necesita buscar la ligereza, porque tengo que transportarlo todo en un trineo, como hice el año pasado, o en una tabla de pádel surf, como ahora», indica. ¿Y con la comida cómo hará? «Toda la llevo deshidratada y optimizada. Intento escogerla de una marca concreta porque viene muy bien balanceada a nivel de carbohidratos y proteínas, con lo cual, con ella puedo subsistir dos meses. Pesa muy poquito y lo que tengo que hacer es hidratarla con agua caliente y en unos minutos está lista», explica.
El descanso también es importante, aunque aquí no hay hoteles de cinco estrellas. «Tengo una tienda especial que se monta sobre la tabla, la cual lleva unos flotadores laterales. Siempre intento dormir en costa, y en esta expedición en concreto, porque es mucho más seguro y más cómodo. Pero si las condiciones son malas o no encuentro un lugar para poder montarla, pues duermo encima de la tabla», afirma. Por otra parte, De la Rosa nunca deja de ponerse en forma. «Estoy todo el año entrenando, haciendo deporte genérico como montar en bici, pasear por el monte, remar... Cuando llego a un punto como el de ahora, que me quedan unos meses para irme, entreno las actividades en específico. Ahora, lógicamente, estoy preparando lo que es más la parte de remo», puntualiza.
Esta no es su primera hazaña. En Laponia recorrió 1.000 kilómetros a pie con esquís durante 27 días. Durante su expedición por el Polo Sur luchó contra vientos superiores a los 50 km/h y temperaturas de sensación térmica de hasta - 45 grados. Llegó a perder 16 kilos en poco más de un mes. «Al final tuve mucho consumo energético y fue complicado con el tema de la comida». También sufrió la «ceguera de las nieves», una afección temporal causada por la sobreexposición a la radiación ultravioleta, como consecuencia de quitarse las gafas por culpa de la poca visibilidad que dejaba la niebla. «Me quedé ciego durante tres días», cuenta.
«Me dejó abandonado»
Pero el mayor reto al que se enfrentó De la Rosa fue a navegar en solitario por el Antártico. En un principio, su aventura consistió en recorrer en solitario 3.050 kilómetros: 1.000 desde la Patagonia remando hasta la Antártida, 2.000 desde la Antártida a vela hasta Georgia del Sur y 50 cruzando Georgia del Sur a pie y con trineo. Los planes se torcieron mientras surcaba las temibles aguas del mar de Hoces o paso de Drake, una de las zonas más hostiles del planeta. El aventurero sobrevivió a olas y corrientes que incluso llegaron a hacer que su embarcación se inundase y diera varias vueltas de campana. Y, por si fuera poco, el barco de apoyo que tuvo que contratar para la expedición, lo dejó, literalmente, tirado. «Fue muy complicado, sobre todo a nivel técnico y de riesgo real. Fueron 26 días y me dejó abandonado el barco de apoyo. Ahí realmente me jugué el tipo», confiesa.
Es inevitable pensar en qué haría cualquier ser humano en medio de la nada sin compañía, como le pasó a Tom Hanks en Náufrago. En este caso, De la Rosa dice que estar solo lo lleva bien. «La verdad es que yo, particularmente, no tengo mucho problema con la soledad. Soy una persona bastante sociable, pero al igual que puedo irme a tomar una cerveza con mis amigos teniendo una vida social bastante activa, después no tengo ninguna dificultad para poder estar dos meses solo. Curiosamente no echo de menos nada. La soledad hoy en día es diferente, porque con las nuevas tecnologías, tengo un teléfono satelital con el que puedo hablar en cualquier momento con la familia, los amigos... Digamos que tampoco es que no sepas nada del mundo, más o menos estás informado», concluye.