Lo más increíble de la censura oficial del Ministerio de Sanidad contra la homeopatía es que no se hubiese producido antes. Llevan décadas científicos reputados alertando contra una engañifa que tiene dos efectos perniciosos: el abandono de tratamientos eficaces y la estafa de quien promete curaciones que no existen. Los que saben de esto lo han intentado todo para desenmascarar a los trileros, incluidos los muy llamativos suicidios homeopáticos en los que una persona ingiere una cantidad enorme de grageas dispuestas en cajas de aspecto medicamentoso para demostrar que un tiempo después el efecto de las píldoras sobre el organismo es el mismo que el de una bolsa de Conguitos.
Dirán que el mundo anda enredado en asuntos tan turbios que no merece la pena perder el tiempo ni ponerse exquisitos con un asunto como este, pero el éxito creciente de la homeopatías, revelaciones holísticas, terraplanismos, bioneuroemociones, reikis, dietas alcalinas, hidroterapias de colon y lecturas del alma a través de los posos del café indican un giro general hacia la magia que hay que analizar.
Si uno de nuestros congéneres de hace siglos, de los que palmaban de gripe, de viruela, de disentería, de un parto mal llevado, de una infección por tétanos, de lepra o de carbunco se hubiese asomado a nuestro arsenal terapéutico y se hubiese enterado de que hay quien expone a su hijo a una viruela porque no cree en las vacunas habría entendido muy rápido la propensión a la autolesión individual y colectiva que tantas veces manifestamos como especie.
En el caso de la homeopatía y de sus loquísimas teorías jamás probadas hay que reconocerles el mérito a quienes se han hecho millonarios con esta especie de poción mágica, con márgenes de ganancia brutales e insignificante inversión en investigación que, eso sí, despachan muchos farmacéuticos sin que su juramento suelte un triste «ay». Ojalá pudiésemos rescatar a ese antepasado medieval y ofrecerle una cura para su pulmonía mortal. Una terapia que nunca estaría en la dilución infinitesimal de una molécula de staphisagria hasta superar el número de Avogrado, que de eso quizás ya sabían en la Edad Media.