Rosa y Miguel, 25 años siendo pareja equipo: «Nuestros hijos vieron siempre que su padre se ocupa más de lo cotidiano y su madre de lo extraordinario»
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En el «planeta casa»... hombres y mujeres no tienen, según los estudios, ni la misma carga ni igual responsabilidad. Estas parejas son equipo, son el «Marte» al que en otros hogares aún se está por llegar
27 abr 2026 . Actualizado a las 23:19 h.El planeta de la igualdad en casa —ese reparto de los cuidados y las tareas del hogar que los expertos prefieren llamar corresponsabilidad— no está en el horizonte de la NASA, pero es un hito necesario en el espacio doméstico y la evolución social. Rosa Pillado y Miguel Álvarez, pareja-equipo en casa desde hace 25 años, son una excepción, y un rayo de luz, en las conclusiones del estudio El estado de la maternidad en Europa 2024, de la organización Make Mothers Matter, que tras consultar a 9.600 madres de Bélgica Francia, Alemania, Irlanda, Italia, Polonia, Portugal, Eslovaquia, España, Suecia o el Reino Unido, concluye que las españolas están sobrecargadas en casa diez puntos por encima de la media europea.
La brecha salarial deriva en muchos casos de la paternidad y la maternidad, que se ejercen con el peso de las diferencias psicobiológicas, roles y estereotipos. Esa brecha doméstica que no se puede desvincular de la laboral, en la que parece un dinosaurio inextinguible lo que llaman la carga mental, se reduce en casos como el de Rosa y Miguel.
Ella de Santiago, él de Vigo, se conocieron en el 2000, y son pareja-equipo de forma «natural». Los dos, biólogos, padres de dos hijos hoy universitarios, chico y chica, son «corresponsables totalmente» en casa, afirma Rosa. «Sí, es algo natural y se puede medir con ese baremo», admite él. Viven en Vigo, ella trabaja en una multinacional de biotecnología y él es jefe de producto de equipos para fecundación in vitro de una distribuidora del sector de la reproducción asistida. Rosa y Miguel concilian su experiencia profesional con 26 años de vida en pareja, que superan como equipo, porque trabajaron juntos antes de ser novios, hacer tándem en casa y tener a los hijos. «Nos conocimos haciendo la tesis y nos tocó trabajar juntos en el laboratorio de bioquímica», recuerdan. Así que del feeling en laboratorio sale la fórmula de la relación que mantienen, y con la que han crecido sus dos hijos, a los que dos se volcaron en criar como personas independientes y autónomas desde sus primeros años. También esta clase de educación reduce la carga maternal.
Rosa y Miguel no solo comparten casa. Hacen hogar. No de la manera convencional. Descartan que su educación y su formación, o el hecho de haber ido a la par en la tesis, hayan influido en la corresponsabilidad que practican en la organización de la casa y el cuidado, del trabajo de hacer la comida o fregar el baño, a lo emocional. Para Rosa no pasar por el aro del rol tradicional es una cuestión de «temperamento, personalidad y necesidades que van surgiendo». El trabajo que da la casa lo valoran los dos, «el crear un hogar para todos», dice Rosa. «Los trabajos domésticos y de crianza son una responsabilidad. Si no lo asumes tú, lo asume otro. Si no eres capaz de ver que la otra persona carga con una responsabilidad mayor que tú, vas mal. Estar en pareja es ceder, es equilibrar cesiones de manera constante», concibe Miguel. Rosa añade que ellos fluyen sin muchos desacuerdos, aunque no tengan, eso sí, la misma visión sobre cómo se defiende la igualdad. Si Miguel se manifiesta el 8M, Rosa se inclina mucho menos por manifestaciones, leyes y cuotas, y enfoca la equidad sobre todo en la responsabilidad y elección individual, como pareja y en que cada familia «organice su hogar».
«Yo siempre me negué a hacer algo de manera diferente por ser mujer. Ya de niña me negaba a hacer cosas para mi hermano, cinco años menor, que podía hacer él, por más que mi madre lo pidiera. Y en el colegio me negaba a bordar cuando los niños dibujaban. Y me suspendieron», revela Rosa, que se sacude las expectativas típicas de los demás. «Si esperan algo de mí, yo voy por otro lado. Y he tenido suerte con Miguel... Porque si él hubiera sido una persona diferente no estaríamos juntos o tendríamos muchos conflictos. Mi expectativa siempre fue que no hay roles en casa y con los hijos, sino que hay cosas de las que ocuparse y disponibilidad o no para ocuparse». Así es.
Las necesidades y demandas de los hijos de esta pareja con química y tesón fueron variando. Ellos se amoldaron los dos a las mudas de las circunstancias y las necesidades de sus hijos. «Miguel siempre tuvo más maña con los bebés que yo. Era él el que conseguía que la niña comiese... Por lo que fueran demandando los niños y el que pudiera hacerlo de los dos nos fuimos moviendo», cuenta Rosa, de la que dice Miguel que «tiene más mano» con los hijos «en lo emocional». «Ella tiene este talante. Yo soy más ejecutor, de estar en lo práctico del día a día», explica él. Y completa ella: «Nuestros hijos siempre vieron que Miguel está más en ocuparse de lo cotidiano y yo de lo extraordinario».
ELLA ORDENA, PLANCHA ÉL
A Rosa le gusta el orden, a Miguel la limpieza a fondo. En función de estas preferencias, fueron asumiendo cada cual unas tareas hasta llegaron los niños y sus jornadas laborales les llevaron a tener que contratar ayuda para recoger a los chicos en el cole y darles de comer. Esa ayuda doméstica y en el cuidado de los niños fue «muy importante» para evitar asperezas. Saben que no todos tienen la posibilidad.
Si a ella no le va planchar y él quiere todo planchado, pues plancha para él. Así, las cosas en este hogar no son fifty fifty, se adaptan a las necesidades y preferencias de cada cual, «teniendo en cuenta el equilibrio del bienestar propio y el del otro». Los dos han defendido no solo sus espacios, sino sus tiempos propios, lo que consideran clave del éxito de su equipo.
Que el horario de Rosa fuera rígido los primeros años de sus hijos y Miguel tuviera flexibilidad laboral influyó en que cosas del día a día, «como llevar a los niños al colegio», fueran responsabilidad del padre. «Y cuando digo que él los llevaba al cole es decir todo; que tengan las mochilas hechas y todo listo. Es decir, yo no acarreo carga mental de lo que no me ocupo. Miguel tampoco. Cuando uno se ocupa se preocupa, no queda la carga mental en el otro», señala Rosa dando en el centro de la diana de la equidad.
«No recuerdo haber pedido permiso para llevar a mis hijos al médico, porque su padre no necesitaba pedir permiso, él podía organizar su jornada sin pedirlo», detalla Rosa sobre una de las tareas que muchas madres asumen sean cuales sean las circunstancias laborales, dando por hecho que les va de serie en el pack.
Los hombres que no se ocupan y las mujeres que temen soltar son la pareja perfecta de la falta de equilibrio en el hogar. Una realidad sin sitio en casa de Rosa y Miguel, que rompieron la pauta con sus hijos de bebés. «Le cedí dos semanas de mi baja de maternidad a Miguel [hace 22 años] y eso no era habitual. Y en cuanto le cedí, él se hizo cargo por completo; vamos, yo no llamaba desde el trabajo para preguntar qué tal», destaca Rosa. Miguel pudo ocuparse también, y no ser un lastre para el estirón laboral de su pareja, porque en su trabajo a él le dieron la posibilidad. Todo cuenta.
«Yo lo que creo es que en la mayoría de las parejas que rompen, que son la mitad según la estadística, subyace algo como eso», considera Miguel en alusión a la carga doméstica y del cuidado.
«Es cierto que cuando los niños eran pequeños y yo debía viajar por trabajo algo de remordimiento sentía, quizá más que mis compañeros varones. Hoy no habría hecho algún viaje de trabajo con los niños tan pequeños, pero no por el hecho de ser mujer, sino por trabajar el apego y por lo que significa para los niños», explica Rosa. En aquellos viajes de trabajo siempre había quien le preguntaba: «¿Y a los niños con quién los dejas? Algo que a mis compañeros varones nadie les preguntaba... Eso a mí me reventaba mucho», cuenta quien dice que no percibió discriminación de género en su ámbito profesional.
«El trabajo de Rosa era más importante que el mío», dice Miguel sobre esa forma de organizarse que llevaron desde un principio. «Todo ha cambiado respecto a otras generaciones. Por eso el hombre a veces no sabe ni cómo colocarse, está fuera de rango. Las cosas han cambiado tan rápido que si tienes un estereotipo en la cabeza te va a pegar un choque», piensa Miguel. Y vuelve Rosa a lo anterior: «Yo no considero que el trabajo de Miguel sea menos importante que el mío, pero él tampoco consideró que el mío fuera menos importante que el suyo». Matiz importante. Pero la pareja y la familia se mantienen en forma no por las flores de un domingo, sino con el día a día y su colada de detalles.
Temperamento y adaptabilidad por parte de los dos han sido factores importantes, resumen. Y en cuanto a sus hijos, dicen que chica y chico cocinan bien y escapan los dos lo que pueden de limpiar.
«La clave está en el reparto mental», coinciden del todo Miguel y Rosa, que tienen dos hijos en Santiago que vuelven al nido los fines de semana, y perro y gato... y si llegan nietos, ¡bienvenidos!, pero «serán, de bebés y en el día a día, más cosa de Miguel». Natural para él.
La brecha doméstica y del cuidado, en datos
Según el informe Coste de oportunidad de la brecha de género del 2025 de ClosinGap, liderado por Repsol, el impacto económico de la desigualdad de género en conciliación es el 6,4% del PIB del 2023. Ese coste son 95.581 millones de euros anuales.
De acuerdo con el Barómetro de percepciones sobre la igualdad entre hombres y mujeres del 2023 (CIS), las mujeres dedican casi una hora más al día que los hombres a las labores del hogar. Ellas dedican 48 minutos más que los hombres a tareas del hogar como cocinar, limpiar, ocuparse de la ropa o hacer la compra. La brecha se amplía aún más en el ámbito de los cuidados: las mujeres destinan 2,4 horas diarias más que los hombres a atender a familiares menores o dependientes.
El informe El peso invisible de la maternidad, de la Asociación Yo No Renuncio, refleja que el 86% de las mujeres que conviven en pareja asume la principal responsabilidad en la organización familiar y la carga mental. El principal motivo que lleva a las mujeres a separarse es, aducen, la sobrecarga mental derivada de la falta de reparto equitativo de las tareas domésticas y del cuidado de hijos. El 62 % de las mujeres separadas y el 41 % de las que conviven en pareja reconocen que es la principal razón para romper con sus parejas.