Alejandra Llamas, experta en bienestar: «La felicidad va de dejar de reclamarle cosas a la vida, es ser consciente de los pequeños respiros del día»

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Alejandra Llamas, autora de «El arte de conocerte».
Alejandra Llamas, autora de «El arte de conocerte».

Esta mexicana ha acompañado a un millón de personas en el arte de conocerse y es una maestra de la vida suave. «Es habitual buscar parejas que alimenten nuestro cuerpo del dolor», advierte la bestseller

19 abr 2026 . Actualizado a las 16:38 h.

Conocerse o perderse. Esa es la cuestión en un mundo veloz en el que más de uno se perdió antes de tener la oportunidad de comprenderse. ¿Es un arte difícil de aprender el de saber quiénes somos? «Sí. Porque percibimos el mundo señalando fuera, a otros, situaciones, circunstancias, la economía, las relaciones... Es como un dedo señalando al exterior, no reconociendo cómo eso habla de nosotros», advierte la experta en liderazgo Alejandra Llamas (Ciudad de México, 1970), fundadora del Instituto Internacional del Proceso MMK, una organización avalada por la International Coaching Federation (ICF) y la Universidad del Medio Ambiente de México. Nuestro ego se mueve, según señala Llamas, en cuatro grandes cajas, cuatro cajas que nos van alejando de nuestra personalidad y esencia: «Las cajas del ‘‘soy mejor que”, “soy menos que”, “otros me deben algo” y “quiero que me vean de determinada manera: la intelectual, la víctima...». Estas cuatro grandes cajas hacen el puzle de «esa personalidad ficticia» que configuramos frente a los otros, explica quien ha ayudado a más de un millón de personas en El arte de conocerte.

—Confundimos los hechos con las interpretaciones que hacemos de ellos, adviertes. ¿No somos objetivos?

—No tenemos la capacidad de ver la realidad de manera objetiva; se habla de esto desde la antigüedad. La realidad depende de la percepción de cada ser humano, y esa percepción depende de la visión única que cada persona tiene según sus pensamientos, sus creencias, su medio cultural y el lenguaje en el que habita. Todo esto va construyendo los lentes con los que vemos la vida. Por eso dice el Talmud: «No vemos las cosas como son, las vemos como somos». Y eso, lejos de ir cambiándolo a lo largo de la vida, lo vamos reforzando.

—¿Heredamos en buena medida la visión que tenemos del mundo?

—Sí, en su mayor parte sí. De los 0 a los 10 años hay una importante influencia familiar y social, del entorno, que va permeando en nosotros de una manera lógica, y hasta biológica. Biológicamente, hay una razón para esto: aprendemos por imitación, por instinto de supervivencia. Y muchas veces imitamos cómo relacionarnos con la vida heredando patrones emocionales. Si nuestros padres han sido depresivos o han tendido a reaccionar de manera limitante tendemos a repetir lo que nos mostraron, a veces sin querer. El significado que se le daba a una crisis, a una cuestión económica, a una relación de pareja lo entendimos de una manera y lo empezamos a imitar.

—¿Nuestra visión del mundo, la respuesta que damos a un problema o la forma en que establecemos roles en el trabajo o en la pareja no es tan genética como aprendida, ambiental?

—Sí, es imitado. Te pongo un ejemplo. Yo tuve un padre que durante muchos años creo que mantuvo una lucha interna fuerte con relación a un tema de depresión, ansiedad y mucho miedo, que protegía con una coraza de alegría y gran carisma. Pero en la intimidad se le veía un sufrimiento. Durante años me comporté igualito que él, como una forma de conexión también. Yo no tenía muchos ejemplos de cómo los adultos afrontan la vida y lo de mi padre me parecía lo natural. A mis 30 empecé a hacer un trabajo de autoconocimiento y a ver esa imitación inconsciente. Y a cuestionarme.

—¿Cuesta «resetearse»?

—Sí, porque siempre tenemos esas ganas inconscientes de pertenecer a la tribu, aunque la pertenencia muchas veces nos corte las alas.

—¿Pesa más la necesidad de pertenencia que la de libertad?

—Por supuesto, es algo que viene del cerebro reptiliano, esa necesidad de supervivencia. Hoy seguimos programados con ese instinto de supervivencia. Nuestra tribu nos ha mandado mensajes inconscientes de que hay territorios donde no se entra, sean económicos, sociales o en relación con la pareja. Y esos mensajes nos frenan.

—De los alrededor de 60.000 pensamientos diarios que podemos tener de media, unos 45.000 son negativos, adviertes en «El arte de conocerte».

—Tenemos estos 45.000 pensamientos negativos al día, y al día siguiente los mismos 45.000 pensamientos, y al siguiente los mismos... El que empieza a cuestionarse esos pensamientos comienza una desintoxicación, si no esos pensamientos nos adiestran y dejan en nosotros el poso de una emoción. Imagínate: 45.000 pensamientos no funcionales, de miedo, culpa, limitación, vergüenza, incapacidad... «No soy suficiente», «no soy capaz», «no estoy a la altura»... No es solo que lo pensemos, sino que lo que pensamos deja un tono emocional en nosotros. Ese sentir, esa nostalgia, ese anhelo de querer sentirnos completos, se va quedando en forma de autodecepción constante. Hay que saber deshacerlos.

—¿Cuál es el primer paso?

—Ser conscientes. Y es complejo, pero creo que más complejo es vivir creyendo todo eso que pensamos. Cuando yo vivía así y creía todo lo que pensaba mi vida era insoportable. Estar en mí era insoportable. Conforme fui aligerando el paso y fui cuestionando si eran míos, si eran ciertos, si funcionaban... Y me fui dando cuenta de que eran interpretaciones que no tenían nada que ver con la realidad.

—Uno de los conceptos que nos descubres es «el cuerpo del dolor». ¿De qué trata y cómo nos influye?

—Los seres humanos somos un campo de energía, como hemos aprendido de la física cuántica. Ese campo de energía tiene a su vez subcampos. Muchos de esos subcampos están cargados de una energía muy densa sostenida en el tiempo. Este es un concepto de Eckhart Tolle, que dice que en los últimos siglos hemos fomentado esa densidad como si fuera una nube energética en nosotros. Ese cuerpo del dolor se puede expandir o contraer. Cuando el cuerpo del dolor en una familia es muy denso, y hay mucho dolor o dinámicas disfuncionales, tristezas y victimización, es habitual que el niño herede un cuerpo del dolor que conforme él crece se va fomentando. Lo más interesante de este tema es que el cuerpo del dolor es una adicción. Es como un cigarrillo. En un período ese cuerpo del dolor puede estar dormido, pero en un momento determinado aflora y busca el pleito, el conflicto. Y lo que ocurre es que, lejos de querer estar en paz, buscamos justo a personas que alimenten ese conflicto, que se metan con nosotros en nuestro drama.

—¿Quizá por eso hay una tendencia a repetir determinados tipos de pareja? ¿Elegimos muchas veces parejas que nos permiten seguir dando cancha al «placer de sufrir»?

—Claro, es habitual buscar parejas que tengan el mismo cuerpo de dolor que nosotros. Es que hay una ganancia secundaria para nosotros aunque el matrimonio sea disfuncional, porque alimenta esa adicción. El que es consciente elige, el que es inconsciente entra en ciertas dinámicas ciego.

—¿La felicidad requiere a veces egoísmo? Por ejemplo, atreverse a decir un no cuando no queremos hacer algo, pero nos vemos movidos a un sí para complacer o no incomodar...

—Ese que damos a otros es un no para nosotros. Y si damos el de esta manera lo vamos a querer cobrar de un modo u otro. Terminamos frustrados, enojados con nosotros mismos. Yo creo que, en general, las personas prefieren a gente auténtica que cuando dice que sí es porque quiere dar ese sí, y cuando dice que no no es algo personal. El que te da una persona auténtica que no lo hace para quedar bien; es un sí lleno de vida.

—La felicidad es la invitada estrella, pero ausente, de muchas fiestas. ¿En qué consiste ser feliz?

—La felicidad no es una emoción, es un estado de conciencia, ser consciente de pequeñas cosas que da el día, de las gotas de calma, de los respiros del día a día. Abrir la ventana, tomar un té... y dejar de reclamarle cosas a la vida. Tiene que ver con una humildad e inocencia. Hay que estar dispuesto a recibir la vida. Ser feliz no es negar el dolor; sino dejar que a veces incluso nos desdoble y nos enseñe.