A 220 kilómetros por hora y a 3.000 metros de altura: «Me tiré en paracaídas y mi abuela se está enterando ahora»

PAULI GONZÁLEZ

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Pauli González

La puerta se abre, el viento golpea y el suelo queda a miles de metros. No hay vuelta atrás. Así empieza una experiencia extrema que puede hacerse en muy pocos lugares y uno de ellos es A Fervenza, en Mazaricos. Este es el retrato en primera persona de toda una experiencia

10 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuidado con lo que dices en los bares, porque todo puede ser usado en tu contra. Esa es la lección más grande que he aprendido en estos 24 años de vida, que he celebrado tirándome de un avión a 220 kilómetros por hora desde 3.000 metros de altura, gracias a mis amigos. Mi abuela se está enterando ahora. Supongo que porque decir en casa que vas a hacer algo así no siempre suena como un buen plan. Pero lo hice. Me subí a un avión, esperé a que se abriera la puerta de golpe y, en ese momento, ya no había tiempo para pensarlo demasiado: me lancé. 

 Recuerdo el ruido, la velocidad y la sensación de libertad. También sentir los toquecitos del instructor en la espalda: esa es la señal de que el salto es estable, de que tienes por delante 40 segundos de caída libre y de que puedes abrir los brazos y empezar a gritar si no lo estás haciendo ya. Los primeros momentos apenas entiendes lo que está pasando, pero el tiempo es suficiente para que acabes dándote cuenta de que estás volando. Se abre el paracaídas, baja la adrenalina y llega el disfrute: cinco minutos sobrevolando A Fervenza, con unas vistas espectaculares de Fisterra y Costa da Morte. Es entonces cuando descubres que no es un deporte, que son dos, y que elegir entre ellos resulta imposible. Nunca imaginé que, allá arriba, habría espacio para conversaciones triviales. Ni que el aterrizaje sería suave, sentada delicadamente en el suelo.

No hace falta una gran condición física, pero sí cumplir ciertos requisitos. No se puede sobrepasar los 2 metros de altura ni los 95 kilos de peso. El límite de edad se sitúa en los 75 años, aunque con un certificado médico esto último no es un impedimento. El resto de comprobaciones se hacen durante la media hora previa al salto, cuando se recibe una formación rápida y se conoce al equipo que hay detrás de la experiencia más extrema de tu vida. 

NACER ENTRE PARACAÍDAS

Tranquiliza saber que quien va a abrir el paracaídas, David Doval, acumula más de 4.000 saltos a su espalda, y que quien lo dobló, Benigno Doval, es uno de los pioneros del paracaidismo en Galicia. Padre e hijo comparten pasión, trabajo y respeto por el deporte más peligroso del mundo. Tanto es así que Doval padre no deja de mirar al cielo hasta que el paracaídas se abre, y que Doval hijo revisa varias veces las cinchas que unen al pasajero con el instructor y su paracaídas antes de saltar.

La historia de Paracaidismo Galicia, y también del paracaidismo gallego, empieza en 1988 en el aeropuerto de Vigo, cuando Benigno funda el primer club de la comunidad. Durante años, los saltos se realizaron en Peinador, compartiendo espacio con los vuelos comerciales. Pero en el año 2000, con la remodelación de la terminal y el aumento del tráfico, la convivencia se volvió imposible y el club se vio obligado a marcharse. Durante años operaron desde el aeródromo de Braga, en Portugal. No fue hasta el 2020 cuando entraron en contacto con Naturmaz, que hizo posible que en verano del 2024 el paracaidismo volviera a territorio gallego.

«Mi padre empezó a saltar con 17 años, así que yo nací entre paracaídas. Siempre quise saltar, pero no fue hasta los 8 años cuando lo hice en tándem por primera vez en el aeropuerto de Vigo. Me gustó tanto que, cuando llegué al suelo, me puse a llorar porque quería repetir», recuerda David, que con 14 años ya saltaba solo. Para él, tirarse a cientos de metros del suelo es como andar en bicicleta o ir a una clase de rumba para el resto: lo tiene normalizado desde pequeño. Sin embargo, tras años cumpliendo los sueños de los demás, sigue emocionándose y haciendo especial cada salto de quienes se suben al avión. 

EXTREMO PERO MEDIDO

Desde fuera parece una locura, pero desde dentro todo esta medido y es evidente. Tanto David como Danny Fraiz, el otro instructor, explican con detalle y desparpajo las instrucciones y reglas durante el vuelo, pero también las condiciones de seguridad y la tecnología que protege la vida de todos los saltadores.

Doval relata que es un deporte seguro «aunque obliguen a firmar muchos papeles», en los que se deja claro que se trata de una actividad de riesgo que puede conllevar lesiones graves, incluso la muerte. «Cada salto se realiza con dos paracaídas: uno principal y otro de emergencia, plegado por un especialista y revisado cada seis meses, aunque no se utilice. Además, todos los equipos incorporan un dispositivo automático que detecta la velocidad y la altura. Si el paracaidista no reacciona, el sistema abre el paracaídas por sí solo».

Este aparato se llama AAD (Automatic Activation Device), va en la espalda y, si es necesario, activa la apertura automáticamente. Existe desde los años treinta, aunque entonces era rudimentario y se usaba solo para paracaidistas inexpertos. Desde los ochenta es electrónico y obligatorio para cualquiera que practique este deporte.

El perfil de saltador es muy variado y ha cambiado con los años, atrayendo cada vez a más mujeres. Tanto es así que, junto a mí, saltó otra, Inés Varela, opositora de 23 años. «Fue un regalo de mi novio, que me preparó un juego de pistas por casa. No me lo creía, fue un regalo increíble para el que incluso pidió permiso a mis padres», relata.

La mayoría de quienes llegan lo tienen claro. Muchos vienen porque es un regalo, pero no suele ser una sorpresa total; siempre es algo que ya han mencionado antes. Por eso, los casos en los que alguien decide no saltar en el último momento son muy pocos. «En más de 2.000 saltos, habrá pasado dos veces», dice David.

Los nervios aparecen los días previos y, cuando el salto se cancela por el tiempo, lo cual suele ser habitual, la decepción es grande. Pero cuando llega el momento, todo cambia. «El instante clave es en el avión, cuando se abre la puerta. Me dio mucha impresión verte saltar, pero hay tan poco margen que no te da tiempo a pensar en no hacerlo», cuenta Inés. 

EL PRECIO DE VOLAR

Un salto tándem cuesta 265 euros y el reportaje de fotos y vídeo, 90. Pero detrás hay una estructura compleja: avión, combustible, instructores, piloto, seguros y equipo. El avión consume aproximadamente un litro por minuto, con un coste elevado por vuelo que llega hasta los 180 euros; un paracaídas biplaza ronda los 15.000, por lo que «el margen con el que se trabaja es bajo», reconoce David.

Antiguamente, los reportajes se hacían con cámaras sujetas al casco y disparadores en la boca. Hoy, las cámaras tipo GoPro han simplificado el proceso. La mayoría de los saltadores quieren llevarse el recuerdo, aunque no siempre hace falta, porque muchos tocan tierra con la convicción de querer repetir. Al día siguiente, David me preguntó si tenía agujetas y si había visto el vídeo. Había algún que otro moratón fruto del arnés, pero no importaba: saltar desde 3.000 metros a 220 kilómetros por hora es algo que no se olvida. Una sensación indescriptible que combina adrenalina, emoción y una sensación de libertad única. Actualmente, hay muy pocos centros de este tipo en toda Península, y Galicia cuenta con el suyo propio gracias al equipo de Paracaidismo Galicia.

Mi abuela probablemente esté sacando el móvil para llamarme, pero… con la tentación tan cerca, abuela, no prometo no repetir.