Cuando uno más uno son 11: «Mi marido y yo nos compramos una casa a medias con mi hermana y mi cuñado, y vivimos cuatro adultos y siete niños en ella»
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Decidieron irse juntos para poder tener una vivienda en propiedad, a propuesta de los cuñados
12 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Elena (39) y Alejandra (37) son dos hermanas que se llevan de maravilla. Tienen una tercera siete años menor. Pero las dos mayores forman una piña. En todos los sentidos. En plena locura por los alquileres en Madrid, y en toda España, y en vista de que era imposible comprarse una casa por separado, decidieron hacerlo juntas con sus respectivas parejas. Desde hace siete años conviven cuatro adultos y siete niños en la misma casa.
Lo curioso de la historia es que la idea no surge de las hermanas, sino de los cuñados, Rafa (41) y Stefano (40). «En un aperitivo, los maridos hablando comentaron: “¿Y si nos fuéramos juntos? Elena y Alejandra se llevan superbién, y nosotros también nos queremos mucho”. Nos lo plantearon y nosotras felices, porque ya sabíamos que podíamos convivir. ¡Somos hermanas desde hace 40 años! Pero sí, la idea surgió de ellos, que son muy diferentes. Mi marido, Rafa, es supersociable, le encanta estar siempre rodeado de gente, el típico español. Y mi cuñado es italiano, de una familia pequeñita, todo lo contrario, superamante del silencio».
Así empezó a fraguarse esta historia, que dos años después se materializó con la compra de una vivienda unifamiliar que reunía todas las necesidades de los dos matrimonios. Tenía que ser una casa con pocos recovecos, un poco diáfana, y que a la vez pudieran hacer fácilmente una división de espacios, es decir, encajar dos apartamentos. Encontraron «la casa». Una oportunidad única, porque el valor de la vivienda era el más bajo de cuantas opciones tenían. La vivienda estaba completamente destruida y requirió de una reforma integral. «En principio — cuenta Elena— queríamos haber hecho una división vertical, pero 15 días después de haber firmado las arras, que ya no nos podíamos echar para atrás, porque perderíamos un dineral, la segunda hija de mi hermana debutó con síndrome de West, que es una epilepsia muy grave de la infancia, que la mayoría de las veces acaba en una silla de ruedas con parálisis cerebral. Como el pronóstico era desolador, tuvimos que replantear los planes, y ellos se quedaron en la planta baja para que no tuvieran barreras arquitectónicas y entrara la silla, y nosotros en la primera».
La casa, ubicada en una urbanización a las afueras de Madrid, era muy grande y antigua, y casualmente tenía dos entradas, una principal y otra para el servicio, por lo que ambas familias tienen su propio acceso independiente. Eso sí, una escalera interior comunica ambas plantas. «En vez de dejarla abierta, hemos puesto un tabique con una puerta, y te diría que está cerrada con llave, pero te mentiría, porque está siempre abierta», apunta Elena.
Cada familia cuenta con tres habitaciones, tres baños, un salón muy grande, una cocina con su zona de despensa y una terraza enorme. «Es como un porche independiente, que encima no están uno encima del otro, sino cruzados, para que haya cierta independencia», matiza Elena, que asegura que pueden oír la puerta del garaje, pero no llegan a saber quién está entrando. Y aunque podrían tener vidas paralelas, lo cierto es que hacen «mucho» por verse. Porque, además de familia, son muy amigos.
NORMAS INTERNAS
Antes de meterse a vivir todos juntos en la misma casa, ya habían convivido juntos de vacaciones, aunque «no tenían tanta tropa». Porque entre las dos hermanas suman ocho hijos, cuatro Elena y cuatro Alejandra, aunque lamentablemente el menor de Elena, Pepe, falleció el verano pasado. Y salvo Paolo (11), los otros tres de una y los tres de la otra han nacido en los mismos años, en el 2018, en el 2020 y en el 2023. «Es maravilloso, porque vienen amigos, pero no hay que invitar a muchos niños... Suben, bajan... Pero tenemos unos estatutos internos en los que cada uno puso sus normas, sus líneas rojas antes de empezar a convivir, cosas que conociéndose uno a sí mismo, teníamos que garantizar para que hubiera una convivencia sana. Y mi cuñado pidió que de lunes a viernes hubiera un orden, que cada niño se bañara en su casa, hiciera vida en su casa, y el fin de semana, pues ya como cuando invitas a un amiguito y se queda a cenar... Son primos que están todo el día queriendo estar juntos. Pero ayer domingo, yo di de desayunar a seis. Nunca sabes cuántos se van a sentar a la mesa. De hecho, estás preparada siempre y ellos lo ven», dice Elena, que añade: «Si el viernes estoy haciendo la cena, y me dicen: “Tía Elena, ¿qué hay de cenar?, y yo les digo: “Macarrones con tomate y chorizo”, me contestan: “Puedo decirle a mi madre si puedo cenar aquí”, porque saben que a lo mejor abajo hay merluza».
Pero no solo los pequeños se juntan, los mayores tampoco se lo montan mal. Los viernes hacen cenas gourmet, y en el chat de WhatsApp escriben lo que les apetece cenar a cada uno. A veces también se suman amigos, pero saben que la botella de vino y la cena de cuatro sin salir de casa es un plan asegurado. Además, un jueves cada 15 días un matrimonio cuida de los niños del otro, para que la pareja pueda salir a su aire sin la necesidad de contratar canguros.
Cuando se mudaron solo estaba Paolo en edad escolar. Alejandra también tenía a Francesca, que era muy bebé, pero no sabían si iban a poder escolarizarla, y Elena estaba embarazada de su primer hijo. Juntas hicieron un sondeo de colegios, y eligieron el que les «chifló a las dos», y al que van los siete niños, los seis pequeños en las mismas clases que sus primos. Algo que ayuda mucho al llevarlos y recogerlos. «Es que realmente somos un matrimonio de cuatro. Suena fatal... Para lo importante no, porque tu matrimonio es tuyo, pero para la infraestructura somos muy tribu», explica Elena.
Las ventajas, además de la económica que es grande —hay muchos gastos comunes que dividen entre dos—, son unas cuantas: llegas a casa y quieres hablar con una amiga, bajas y está tu hermana, «tienes una boda, tienes otro armario», «si uno de los niños tiene una crisis, bajas y tu hermana, que es médico, le mira los oídos», «que otro ha tenido un problema en el colegio, pues Elena que es psicóloga le ayuda»... Este equipo de cuatro está perfectamente engranado, en parte, porque ha sabido explotar los dones de cada uno para que todo marche a la perfección. En función de los talentos de cada uno, tienen un rol concreto que aportar a la casa. «Mi hermana Alejandra es maravillosa con el tema de los papeles, es brillante. Cuando hay que pagar el IBI, la reducción por discapacidad... de todo eso se encarga ella. Mi marido, Rafa, que es relaciones públicas, lleva todas las reuniones con la comunidad de propietarios, con los vecinos, si hay algún conflicto... lo gestiona él, porque tiene mucho don de gentes. Mi cuñado Stefano nos ha hecho cambiar tres veces de hipoteca porque es nuestro tesorero. Él hace un balance mensual de gastos e ingresos para que nunca nos falte nada. Él sabe cuándo van a pasar el seguro de la casa, cuándo hay una oferta especial en un banco... Es un chollo, confiamos plenamente en él. Y yo llevo el tema de la decoración, de poner bonita la casa, de llevar un orden... No puedo entrar en su casa a decirles que tienen que ordenar los armarios, pero en las zonas comunes si hace falta plantar un árbol porque necesitamos sombra, lo decido yo, aunque tiene que pasar por el tesorero para que me diga el presupuesto».
Confiesa que no todo es de color de rosa, y que les ayuda mucho tener fe para «no mandar todo a la mierda», en esos momentos en los que el cansancio se adueña de la situación. De hecho, han plantado en el jardín, mirando hacia la casa, una virgen. «Porque siempre decimos que es un poco milagro que esto haya salido adelante. Si nos asomamos por la ventana, tenemos la mirada ahí puesta, y es volver a ese amor para volver a nutrir este proyecto vital», apunta.
TODO COMÚN
Porque a veces un niño llora, otro se ha peleado con otro... y hay que lidiar en estas situaciones, que, confiesa Elena, son los únicos conflictos que han tenido los mayores, «porque claramente te posicionas». Los pequeños saben que hay muchos ojos vigilando y que pueden recibir indicaciones u obedecer de lo que les dicen los adultos. Esta vida en común también les hace perder en ocasiones el sentimiento de propiedad, porque se han acostumbrado a vivir entre siete, y son sus padres los que a veces les tienen que recordar que ese «muñeco en concreto es suyo porque se lo han traído los Reyes», mientras que la cama elástica es de todos.
La ropa la van heredando de unos a otros. La tienen guardada en el altillo organizada por edades sin atender de quién es cada prenda. Pequeños gestos con los que ganan todos. Y para que todos estén a gusto hay que cumplir esas normas de convivencia, entre las que figura que no se admiten animales domésticos, a no ser que estén en su jaula y que lo tenga cada uno en su casa, algo que propuso su hermana Alejandra. «A lo mejor, si viviésemos nosotros solos, ya tendríamos alguno porque me habría ablandado... Pero fue una norma y lo asumimos todos. Sabemos que no hay perro. Yo puse que no hubiera PlayStation, ni videojuegos y mi sobrino, que ahora entra en la adolescencia, si alguna vez los quisiera, sabe que no va a pasar», dice Elena, que apunta que también se añadieron otras normas de cosas que pudieran generar conflicto. Por ejemplo, contratar a alguien que les venga a cuidar el jardín y la piscina, y no empezar con el «a quién le toca».
Saben, aunque al principio sintieron cierto vértigo, que esto es una inversión para toda la vida, y que si las cosas van mal, algo difícil que suceda porque en estos siete años el balance es «maravilloso», solo hay que vender la casa y repartir. Y aunque parece que conviven 24/7 también hacen planes por separado, aunque lo máximo que han estado sin verse fueron 15 días. «Un drama, como si los estuviese matando».