En este equipo de ajedrez todo queda en familia: «Bajé varias categorías para entrenar a mis hijas y competir con ellas»

Carlos Peralta
C. Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

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De izquierda a derecha, Mar Rodríguez Collazo, su padre, Jorge Rodríguez; y su hermana mayor, Zoe, en el café Macondo de A Coruña.
De izquierda a derecha, Mar Rodríguez Collazo, su padre, Jorge Rodríguez; y su hermana mayor, Zoe, en el café Macondo de A Coruña. ÁNGEL MANSO

Jorge Rodríguez es un clásico del ajedrez en Galicia y ahora compite con sus dos hijas, Zoe y Mar. «Son matemáticas disfrazadas, aplicadas al juego», señala este padre entregado

15 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La casa de los Rodríguez Collazo en A Coruña cuenta con una auténtica joya ajedrecística en forma de mueble. «Tengo una biblioteca entera de libros de ajedrez. Casi tengo un punto de coleccionista. En Galicia habrá pocas como esa», cuenta Jorge Rodríguez, que se ha empapado durante años y años de la ciencia que hay detrás del juego de los escaques. «Tengo una cantidad de material brutal. Intento contenerme y comprar poco...», añade. «¡Pero no!», le interrumpe Zoe (12), su hija mayor. A ella y a su hermana, Mar (11), es a quienes transmite su conocimiento y, sobre todo, su pasión por las 64 casillas blancas y negras. Los tres forman un equipo de lo más familiar. Compiten, junto a otros compañeros de su club, en la Segunda División Galega de Xadrez con el TDFC.

Jorge es todo un clásico de la División de Honor gallega, pero la motivación se coló por una rendija que estaba dos categorías por debajo. La posibilidad de compartir el planillo de resultados con sus queridas hijas pasaba a ser su prioridad. Ante todo padre, pero ahora también entrenador y compañero. «Me gusta estar en este equipo familiar porque me apoyan y me ayudan. Creo que tengo una gran ventaja al tener a mi padre-entrenador. Además es guay, porque vienen conmigo a los torneos», explica Mar. Su hermana coincide en que juegan con un punto añadido a favor. «Me gusta que cuando acabamos las partidas las vemos en familia y con los compañeros del club», destaca Zoe.

Las dos compaginan las lecciones de su padre con las clases de la Federación Española de Ajedrez. Ambas cuentan con sesiones personalizadas semanales. La clase de Jorge, encajada en el abarrotado calendario de actividades de las dos niñas, varía según las necesidades.

Jorge concibe el ajedrez con una convicción que recuerda al mito de la caverna de Platón. Y que también se aplican sus hijas no solo a este juego milenario, sino a cualquier otro ámbito. «Lo que me gusta del ajedrez es que es difícil y a la vez bonito cuanto mejor juegas. Muchas veces te da alegrías y satisfacción cuando lo haces bien», destaca Zoe.

«Siempre fui un enamorado del ajedrez, aunque un poco raro. A mucha gente lo que le gusta del ajedrez es la adrenalina de jugar y competir, y a mí lo que me encantaba son los libros, la historia… Un ajedrez más global. ¡Si casi lo que peor se me da es jugar!», reconoce Jorge. La familia disfruta de este camino peón a peón, conscientes todos ellos de que el mero hecho de mejorar y aprender hace que el disfrute sea mucho más agradable. Las dos hermanas tienen clara otra de las virtudes del juego de las 64 casillas: su inapelable justicia. No hay lugar para la suerte en ningún lado del tablero. «No es un juego que dependa del azar», dice Zoe. «Depende de uno mismo y no de la suerte. Es muy variable y cada uno puede practicarlo con su propio estilo», añade Mar. «Es como una novela», remata la hermana mayor.

Sigue el tirmo

La pandemia mandó a casa a todo el mundo y llegó justo cuando Zoe empezaba a ir a campeonatos de ajedrez. Apenas había tenido contacto con este mundillo competitivo cuando todo paró de repente. La vuelta, además, conllevaba rutinas tediosas: mover pieza; pulsar el temporizador; gel hidroalcohólico. Sentada en una cafetería de la plaza de Azcárraga, a Zoe se le escapa una ligera sonrisa al contar que, por fin, después de varios subcampeonatos, era la campeona gallega de su generación. Mar lo logró antes y, hace unas semanas, fue la subcampeona de la categoría Sub-12 autonómica.

Para Jorge, el secreto está precisamente en el talento de las dos hermanas. «El nivel de Zoe tira de Mar. Están recibiendo casi el mismo aprendizaje. Mar llegó a ser subcampeona de España. Todo lo que Zoe aprendió con 9 años su hermana lo aprende igual con 7. Ella, en cierto modo, va atajando», destaca Jorge, que cuenta que justo a las edades que menciona empezó a tomarse más en serio la enseñanza a sus hijas del juego de alfiles y caballos. «El ajedrez infantil tiene un enfoque por temas comerciales muy lúdico. El nicho de negocio es el nivel de iniciación y no tanto el de competición. El ajedrez desde siempre me apasionó tanto que prefiero hacerlo de una forma más seria. Me gusta dar niveles más altos. Dar más caña, por decirlo de otra manera», asegura el padre y entrenador.

Él también aprendió a mover las fichas con su padre. Poco a poco, consiguió ganarle. Decidió aprender más hasta que venció a su timidez y se apuntó a un torneo. «Vi que se me dio razonablemente bien y ahí empezó todo». Los tiempos, eso sí, han cambiado, lo que hace pensar que las alumnas podrán superar al maestro por una simple cuestión de años y potencial. «Cuando me federé tenía la edad que tiene Zoe ahora y Mar, con 11 ya cumplidos, ha ido a más de diez campeonatos de España», destaca el veterano jugador.

Violín, yudo y más

Pero no todo va a ser ajedrez. Las Rodríguez Collazo pasan sin pestañear de la apertura italiana a Los dos granaderos, una de las canciones que aprendieron a tocar con sus violines, o la Ogoshi Guruma, una de sus llaves favoritas de yudo. Las dos hermanas compaginan el ajedrez con sus clases de violín y con las de este deporte de artes marciales. ¿Y cómo es hacer tantas actividades? «¡Pues muy agobiante!», reconoce Mar entre risas.

Si Jorge les inculcó su amor por el tablero, su tío Javier Collazo lo hizo con el acolchado tatami. «Mi hermano tiene mucho nivel y les da clase como afición. Se lo pasan pipa», relata Elena Collazo, la madre de las dos niñas. «¡Y se saben los nombres de las llaves en japonés!», cuenta divertido Jorge. Aunque nada les quita más horas que su instrumento musical, al que dedican buena parte de su tiempo. «Quedarme con solo una canción es una de las cosas que más difícil me parece. Me gusta hacer ránkings. Tengo apuntados los libros que más me han gustado. Pero con la música...», reconoce Zoe.

Las dos pasan mucho tiempo juntas, pero es complicado que lancen un elogio a la otra. Un clásico entre hermanas. Aunque Jorge tiene una evidencia que rompe su silencio: «Pero si siempre queréis estar juntas, algo bueno tiene que haber». Los sábados por la mañana, de momento, no coinciden. Zoe logró una plaza en Estalmat, un proyecto de la Universidade de Santiago —participan docentes de las otras dos universidades gallegas— que sirve para estimular el talento matemático en los más jóvenes. Por edad, Mar aún no puede participar, aunque ya ha dejado claro que le encantaría seguir el ejemplo de Zoe.

«El ajedrez son matemáticas disfrazadas. Matemáticas aplicadas al juego», puntualiza Jorge, mientras sale a colación la nueva beca de su primogénita. Por la ciencia de las cifras podría pasar el futuro de Zoe, que sueña con ser en el futuro profesora. Tal vez de matemáticas.