Se sienten como en casa, porque en estos locales han encontrado otra familia de confianza. No solo se trata de comer bien, sino de estar a gusto sin necesidad de tener que andar buscando cada vez un sitio nuevo adonde ir. Estos comensales son fieles a su mesa de siempre y al buen trato del mismo lugar
23 mar 2026 . Actualizado a las 10:57 h.Para muchos comensales, la elección de un restaurante no responde a la novedad ni siquiera a una especialidad en concreto. Existe un perfil de cliente que acude, al menos una vez por semana, al mismo establecimiento junto a su familia, amigos o incluso solo. La decisión de volver de forma sistemática tiene que ver con la calidad pero, sobre todo, con la estrecha relación de confianza con el personal. Más allá de la oferta gastronómica, estos locales funcionan como puntos de encuentro social donde el trato cercano convierte al cliente en parte de la identidad del negocio.
Es el caso de María José Alves Martíns, a quien todos llaman afectuosamente Pepita, y el restaurante Ágape de Ourense. A sus 93 años y con una trayectoria vital que la llevó por diversas ciudades, actualmente reside en un apartamento tutelado de la ciudad de As Burgas, donde disfruta de una rutina apacible. Mantiene intacta una costumbre que para ella es sagrada: el placer de salir a comer fuera. Su destino predilecto es el Ágape, ubicado cerca de su residencia y en los bajos del Liceo, una institución cultural con la que mantuvo un estrecho vínculo durante décadas —pertenecía al coro— y donde ha hallado un auténtico refugio que combina la buena mesa con un trato humano excepcional.
Para Pepita, acudir a este local es mucho más que una cuestión gastronómica; es una búsqueda de cercanía y sabor. Según explica, las estrictas normas del comedor de su residencia imponen dietas sin sal ni grasas que, aunque saludables, terminan por desdibujar el disfrute de la comida. A menudo, simplemente quiere darse un lujo: «Con esas limitaciones los platos pierden su esencia. Ya no saben a lo que tienen que saber», subraya. Por ello, visitar el Ágape le permite deleitarse con una elaboración de calidad, algo fundamental para ella. «Cocinan de maravilla. No son raciones excesivas, pero sí buenas. Yo como poco, pero me gusta que me agrade lo que tomo. Que me sepa», afirma convencida mientras pide una cerveza sin alcohol. Entre sus preferencias destaca el pescado —«ayer mismo comí zamburiñas», señala—, aunque lo que realmente inclina la balanza a favor de este establecimiento es la familiaridad con la que la reciben. Ni siquiera hace falta que le enseñen la carta del día: ella pregunta, ellos conocen sus gustos y listo.
Esa hospitalidad es la que marca la diferencia. Pepita valora la confianza y la complicidad con el personal, sintiéndose ya parte integrante del lugar. «Aquí estoy y me siento como en casa. Te sientes en familia, te conocen», confiesa con satisfacción. Esa comodidad es la que la impulsa a frecuentar el negocio tanto con amistades como sola. Su figura se ha vuelto tan habitual que José Gómez Pérez, responsable del restaurante, la considera ya parte esencial de la casa tras cuatro años de visitas constantes. José relata que este vínculo trasciende la carta: a veces llega acompañada, otras baja sola y, cuando el tiempo es frío, incluso accede al comedor antes de que comience el servicio para resguardarse. Todo en total confianza.
Varios días y a todas horas
El Mercado Boanerges, en Santiago, abrió sus puertas hace algo más de siete años y su amplio concepto hostelero, con servicio de restauración, con una cocina flexible o incluso zonas reservadas ha calado en la ciudad hasta el punto de contar ya con varios clientes que son algo más que habituales y que casi forman parte del decorado humano. Y bien que le gusta esta fidelidad a sus responsables. Adrián Acevedo piensa en una amable pareja de mayores que no fallan a su cita semanal, así como varios trabajadores de un cercano centro comercial que conforman un nutrido grupo de los fijos discontinuos que ocupan las mesas del amplio local. Pero en el cuadro de honor está Óscar Rodríguez Mallo, director del grupo FSL (Fisela), una asesoría con más de 40 años de experiencia en asuntos fiscales, laborales, contables y legales que trasladó sus oficinas hace poco tiempo al barrio. «La relación empezó siendo como vecinos, por cercanía y también como clientes, pero ahora es mucho más, es muy buena gente», asegura el abogado, que arranca algunas jornadas con un café en Boanerges y que acude con una regularidad fuera de lo común a comer e incluso ha organizado eventos en el propio establecimiento.
Pero la relación va más allá de la comodidad de estar a unos metros de su negocio, porque incluso se ha convertido en uno de los restaurantes favoritos para disfrutar con la familia, y allí acude de forma recurrente incluso los fines de semana aprovechando la variada carta del mercado gastronómico.
33 años de tradición
PONTEVEDRA
Ricardo, Suso y Rafael se juntan cada jueves por la tarde en La D´Fran ADRIÁN BAÚLDE
Desde 1993, Suso (83 años), Ricardo (83) y Rafael (73) mantienen intacto un rito sagrado. Cada jueves, con la precisión de un reloj suizo y la devoción de quienes valoran la verdadera amistad, estos tres amigos de Pontevedra se reúnen para desafiar al destino sobre el tapete. Solo el calor del verano logra pausar sus encuentros, devolviéndolos a la carga con el inicio del curso escolar. Su cita es sencilla pero inquebrantable: una partida de cartas, un buen vino y esa charla pausada que sirve de prólogo a la cena, la excusa perfecta para blindar su vínculo frente al paso de los años.
La tradición echó a andar en A Bichona (Sanxenxo), pero el mapa de sus vidas los ha llevado a recorrer mesas en Ponte Caldelas, Poio y diversos rincones de la ciudad del Lérez. Tras el paréntesis obligado de la pandemia, han echado anclas en el centro urbano pontevedrés en La d’Fran, en la calle Rosalía de Castro, donde ya los tienen en cuenta cada semana casi sin necesidad de confirmar reserva. No buscan lujos, sino calidez: «Isto quédanos a man, trátannos ben e a cea está boa», resumen con esa sabiduría de la edad que prioriza lo auténtico por delante de los lujos. Allí, el tute subastado es el rey; un juego donde el orgullo vale más que el dinero, pues no hay apuestas: «Levamos a conta de quen gaña, pero a cea págase a escote», bromean.
Hasta hace apenas unos meses, el grupo era un cuarteto perfecto. Sin embargo, el pasado diciembre la muerte decidió cortar la baraja antes de tiempo. «Tiña presa por marchar», dicen con una mezcla de nostalgia y respeto al recordar al amigo que dejó su silla vacía. Lejos de rendirse al desconsuelo, Suso, Ricardo y Rafael han decidido que el mejor homenaje es seguir repartiendo cartas. Cada risa, cada envido y cada cena compartida es una victoria contra el olvido y una forma de mantener vivo el espíritu de aquel proyecto que nació hace más de treinta años en Sanxenxo.
A fuego lento
Pepe Corbal Fernández y Rosa Espejo Capel tienen en Casa Josefa, de Cabana de Bergantiños, su restaurante referente siempre que regresan a su vivienda de A Coruña desde su segunda residencia en Dumbría. «Fuimos una vez y ya no salimos de allí», explica Pepe, quien no solo acude a este establecimiento con su mujer, sino también con otros familiares, amigos y la peña deportivista Valerón. Incluso sus hijas se desplazan desde la ciudad herculina exprofeso 50 kilómetros nada menos. «Es un sitio extraordinario, tanto en el comer como en la atención. Ana [la gerente y cocinera] es un diez. Ya lo era su madre, Josefa, y sus empleados también», asegura Corbal Fernández.
Este matrimonio es un gran aficionado de la comida tradicional, y en eso, Casa Josefa «no tiene parangón. La elabora con cariño, a fuego lento, sabiendo muy bien lo que hace». Es muy conocida por los cocidos. Así lo corrobora, asimismo, este cliente que descubrió sus laconadas hace ya unos ocho años: «Allí empiezas a comer con unas filloas impresionantes. Llevar a alguien a Casa Josefa es quedar muy bien porque todo lo hace estupendamente», destaca. Con su esposa acude casi todos los fines de semana, especialmente, en primavera. La carta es «variada, completísima».
Pepe apuesta por la caldeirada de bacalao, mientras que Rosa disfruta con todo lo relacionado con la caza, aunque tampoco se olvidan de las empanadillas de cocido, los pimientos de piquillo rellenos o los postres. «Está tan lleno siempre que la llamamos y siempre tenemos una esquinita. El precio es estupendo también, y la comida, superabundante», traslada este comensal más que satisfecho. «Por mucho que uno quiera dejar de ir, no puede», dice entre risas. En general, Rosa y Pepe tienen en la Costa da Morte su paraíso gastronómico: «Hay muy buenos sitios: A Lonxa D’Álvaro, O Cruceiro de Berdeogas, O Cruceiro de Bermún, el Victoria de Camariñas, Vía Rápida en Vimianzo, Casa Lestón en Sardiñeiro...». Aunque en Casa Josefa tienen su sitio fijo.