Manuela es una persona sorda y madre de dos niños de 3 y 1 año: «Por mi parte, mis hijos tenían un 99 por ciento de ser sordos, y ganó el 1»
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Lo que para muchos es un reto difícil de afrontar, para Manuela es simplemente su vida cotidiana. En su casa solo pueden comunicarse si se miran a la cara
23 mar 2026 . Actualizado a las 17:32 h.Manuela es madre de dos niños, Zoe de 3 años, y Xoel de casi 1, y es sorda de nacimiento. Su marido también. En su casa, la comunicación no se construye a través del sonido, sino de las miradas, los gestos, y la lengua de signos, una forma de entenderse que forma parte natural de la vida familiar. Su experiencia refleja los retos cotidianos, como escuchar a un bebé que llora por la noche, y también las fortalezas de la maternidad cuando existe una discapacidad auditiva.
Es la menor de tres hermanos, el mayor nació también con sordera, sin embargo, el mediano, es oyente. Al investigar de dónde venía, descubrieron que un primo lejano por parte de padre era el «transmisor» de la falta de audición. Ella sufre hipoacusia, es decir, con audífono escucha algo, pero si se lo quita, prácticamente nada. Quizás un grito muy fuerte o un golpe en la mesa. «Para mi vida diaria lo necesito, porque toda mi familia es prácticamente oyente. Pero no todas las personas sordas lo usan, están habituados a estar así, y a otras, aunque lo usen, no les sirve porque no les hace nada. Por ejemplo, mi marido de pequeño sí que lo utilizaba, pero le molestaba, porque no entendía nada, le provocaba dolores de cabeza, y dejó de usarlo. A mí de pequeña también me molestaba muchísimo, pero mi madre me aconsejó que era mejor soportar eso, por la importancia de poder escuchar, y le tuve que dar la razón, porque la vida es muy distinta».
Cuando se quedó embarazada de Zoe, no sintió una especial preocupación. Asegura que en Galicia tenemos un buen servicio de intérpretes, y cuando acudía a una ecografía o cualquier consulta rutinaria del embarazo, contaba con un profesional que le ayudaba en la comunicación. Sin embargo, en el parto, por decisión propia decidió prescindir de esta figura. «Para mí era un espacio muy íntimo, para estar mi marido y yo. Normalmente, el personal lleva mascarilla, pero la matrona se la quitó para que pudiera leerle los labios, y eso hizo que ni durante el parto tuviera esa barrera», cuenta Manuela, que si tiene que señalar momentos complicados se remonta directamente a la pandemia. «Eso sí que fue mucho más difícil, porque nadie quería bajarse la mascarilla, y me consta que muchísimas personas sordas lo sufrieron muchísimo».
Al tener su sordera un componente hereditario, quiso saber las opciones que tenía el bebé de desarrollarla, y se sometió a unas pruebas de ADN, las mismas que su marido rechazó porque prefería no saberlo. «Por mi parte tenía un 99 % de probabilidades de que la niña fuera sorda. Así que nació y le hicieron las pruebas, a la primera ya nos dijeron que era oyente. Me pareció increíble porque ganó ese 1 %», apunta Manuela. Cuando nació Xoel, aunque las probabilidades eran las mismas, se llevaron un susto, porque los médicos les comentaron que tenían dudas de si tenía pérdida auditiva en un oído, algo que finalmente resultó ser un tapón.
SI LLORAN DE NOCHE
Manuela señala que las principales dificultades de la crianza aparecen sobre todo al irse la luz del día. «El problema era a la hora de dormir. Si la niña lloraba mientras estábamos durmiendo, cómo despertarnos. Compramos una videocámara con vibración para enterarnos cuando Zoe llorara. Pero vibraba con todo; con una tos, si se movía o algún ruido que no fuera expresamente llanto... Nos pasábamos toda la noche despiertos». Probaron a levantarse cada hora, pero más de lo mismo. A veces no abrían los ojos cuando tocaba. Así que decidieron que Manuela usara un audífono para dormir, y así ella pudiera escucharla. Solo uno, porque si se apoya sobre él, pita. A medida que fue creciendo, la pequeña aprendió a ir de la cuna a la cama de sus padres, y Manuela pudo dormir sin el dispositivo, aunque ahora, con Xoel, lo ha tenido que recuperar.
Zoe es plenamente consciente de que sus padres son sordos y de que en su casa la comunicación, principalmente, es visual. Con su padre se comunica a través de la lengua de signos, «no hay otra manera» —al igual que le sucede a Manuela—. Sin embargo, con su madre puede hacerlo de las dos maneras, porque Manuela tiene competencias en lengua oral, y la niña usa la voz y la lengua de signos al mismo tiempo por separado. «Cuando mi marido signa, ella se queda embobada, es un aprendizaje natural, como una lengua más», señala Manuela. Tiene tan interiorizado comunicarse con las manos que, incluso, es ella quien les advierte cuando reconoce algún signo. «Cuando tuve a Xoel, estábamos los tres cenando, y mientras charlábamos ella vio un signo de manera natural, y dijimos: “Caramba, es que está aprendiendo sola, sin que sea algo forzado”, y nos resultó muy simpático», indica Manuela, que confiesa que en alguna ocasión ha sido la pequeña de 3 años quien le ha advertido de que alguien la estaba llamando y es la que también avisa a un progenitor de que el otro lo está reclamando. Son los niños, dice Manuela, los que se adaptan a ellos, y no al revés.
Hay mucha sensibilidad, asegura, de las personas oyentes hacia las sordas, y cuando se dan cuenta de la dificultad, les ofrecen ayuda, o al menos así lo siente ella. Por ejemplo, si están en un bar, y el niño está llorando en el carrito, y ellos no lo perciben por el ruido ambiente, se lo hacen saber. Y es que a veces la cosa se complica, como cuando lleva en brazos a Xoel y tiene que signar a la vez. «Es imposible utilizar las dos manos para comunicarme y que la intérprete me entienda correctamente. Ahí sí que me veo limitada para poder expresarme, a no ser que deje a Xoel en el carro, pero a veces no quiere, se pone a llorar, y la situación se complica». Pero donde ha encontrado quizás más soledad es en las urgencias médicas de los centros de salud, —en el materno-infantil de A Coruña hay intérprete 24 horas— ya que al ser una cita no programada, y no poder solicitar previamente un intérprete, muchos profesionales desconocen que existe un sistema de videointerpretación. . No obstante, pedir cita supone comprobar primero la disponibilidad de los intérpretes, y a veces el estado de los niños no permite días de espera y prefiere renunciar al interlocutor y que atiendan a los niños cuanto antes.
En el cole tampoco se han encontrado barreras. Al contrario. Este año Zoe empezó en el mismo al que fue su padre, y durante una reunión se sorprendieron gratamente al conocer que el propio centro contaba con un intérprete sin necesidad de solicitarlo con antelación. A veces son imprescindibles. Esta entrevista ha contado con una intérprete gracias a la Federación de Persoas Xordas de Galicia (FAXPG), donde se llevo a cabo.
Manuela sabe que su maternidad es diferente en algún sentido, sin embargo, esa diferencia también es una de las cosas más bonitas de la crianza de su perspectiva de persona sorda. «Si estoy cocinando, o maquillándome o planchando, y la niña me dice algo, tengo que dejar lo que estoy haciendo para verla, para leerle los labios. Otras madres pueden hacer las dos cosas a la vez, es una tontería, pero ahí se ve la diferencia. A la vez tienes esa proximidad, ver sus caras constantemente, porque tengo que estar pendiente de su expresión facial, que de otra manera puedes hablar de una habitación a otra... O a veces que no entiendo la lectura labial, y le pido que me repita... Tienes que dedicar tiempo para esa atención, y muchas veces me da rabia porque si fuera oyente podría escucharla perfectamente, pero en parte también siento orgullo de ser una madre sorda por la lucha que hay detrás de tener dos niños y comunicarnos con nuestra forma de manera natural».