Rafael Córdoba: «Me quedé viudo con 46 años y tres niñas pequeñas. Me salvó el humor»

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ADRIÁN BAÚLDE

Un antídoto. Todo aquel que conoce a Rafa sabe que la alegría es su seña de identidad. Es una forma de vivir, a pesar de que tuvo que afrontar muchos reveses: «La vida a veces es oscura. Está en tu mano poner luz», señala

22 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La vida es un carnaval para Rafael Córdoba. Un lema que aplica al pie de la letra en su día a día. Este vecino de Pontevedra siempre tiene que poner color y humor a todo lo que hace. Ese es su motor. Y tanto se disfraza de Yurena —de esa guisa se le vio vestido en los últimos carnavales—, como de repente aparece con una camisa con patitos y unas gafas de sol de lo más variopintas. Él siempre tiene un chascarrillo que te hace reír. Porque encontró en el humor una válvula de escape a todos los problemas que ha tenido que afrontar durante su vida. Y que no han sido pocos. La risa no los hizo desaparecer, pero le ayudó a sobrellevarlos. En este caso, no se trata de ningún disfraz, ni de ningún caparazón para no mostrarse como es, sino de su marca personal. La que le ayuda a caminar y le anima a seguir adelante. Una filosofía que fue su tabla de salvación en el peor momento de su vida.

«Me casé con Mariví ya mayorcito, pero éramos novios desde los 19 años. Ella fue mi novia con mayúsculas. Para mí, era lo máximo. Me casé superenamorado y todo fue superbién. Yo, con 22 años, ya había aprobado las oposiciones de Magisterio, así que desde entonces ya era independiente económicamente. Y aunque nunca tuve prisa por casarme, siempre me gustaron los niños. Así que a los dos años de casarnos, tuvimos a nuestra primera hija. Luego, la segunda, y luego, la tercera. Pero lo duro llegó cuando mi mujer enfermó», cuenta Rafa. «La pequeña tenía unos 5 años cuando apareció la palabra cáncer en casa. Y, a partir de ahí, la vida te cambia. Porque era metastásico. Aun así, ella se sacrificó y quiso someterse a un tratamiento experimental, como conejillo de indias, para todas las que vinieran detrás. Fue muy generosa. Como todas las mujeres. Porque estáis en otra liga, pero desde hace mucho tiempo», continúa.

De manera repentina

«Fue todo de un día para otro. El viernes mi mujer fue a hacerse una mamografía. Habíamos conseguido que la atendieran y ahí el médico ya dijo que lo sentía mucho, pero que se trataba de un nivel cuatro, que es el peor. Cuando te dicen estas cosas, tratas de no acabar de creértelas y de optimizarlas. Siempre que te dicen fatal, tú piensas que es regular. Pero en este caso no fue así», indica.

El primer impulso de Rafa fue gastarse todo el dinero que tenía y pedir préstamos para intentar que su mujer se curase: «Ese fin de semana moví a todo el mundo. Pero ya me dijeron: “Rafiña, vayas a Estados Unidos o adonde vayas, te van a dar mejor comida, te van a atender mejor, pero eso tiene muy mala solución”. Y fue lo que pasó», comenta este profesor que se acaba de jubilar.

Así estuvieron más de tres años: «Ambulancia va y ambulancia viene. E intentando no decirle nunca a nadie que todo estaba fatal. Como mucho, regular. Y gracias a Dios que las niñas eran pequeñas y estaban durmiendo cuando pasaba todo. Luego, cuando podía iba a trabajar, me dedicaba a hacer reír a los niños en el colegio, aunque ya no pudiera más». Rafa comenta que sus hijas empezaron a darse cuenta de todo por lo que habían pasado después de que su madre falleciera. Y él agradece que haya sido así: «Lo hablas ahora que son mayores. Y aún me dicen que ellas me veían reír y hacer bromas. Pero es que tienes que optar por ponerte a llorar o por ponerte a reír. Yo opté por lo segundo. Porque es la inercia que me salía de dentro. Me quedé viudo con 46 años y tres niñas pequeñas, de 8, 10 y 12 años, pero me salvó el humor».

«El día que acababa la quimioterapia, pues hacíamos una fiesta. Comprábamos jamón y dejábamos la enfermedad atrás», dice Rafa, que nunca dejó de que sus hijas fueran conscientes de lo que les tocó vivir. «Me encantan los niños y soy una persona muy conciliadora. Pero cuando ves que lo que te toca vivir es muy fuerte, te pesa. Aun así sigues para adelante. Se te cae la vida encima, pero tienes que acompañar a tus hijas en su camino. La vida siempre encuentra un sendero por el que seguir, aunque pienses que el de antes era maravilloso y que el de ahora es una polvareda. Y siempre resurge. Para mí, mi antídoto fue la alegría», confiesa.

Ayuda inestimable

«Tuve que hacer de padre y madre, y claro, con muchas carencias, pero siempre poniéndole risas al día a día y siempre para adelante. También tengo que decir que me ayudó mucho mi suegra. Ella siempre ha estado ahí y eso que era el segundo hijo que perdía. Pero cumplió como una leona su papel de abuela y mantuvo las costumbres igual», cuenta.

Rafa siempre ayudó en las labores de casa cuando vivía su mujer, y eso permitió también que sus hijas vieran con normalidad que papá se ocupara de todo cuando ella ya no estaba. «La parte doméstica la tenía controlada, porque yo ya contribuía mucho en casa. Y mis hijas estaban acostumbradas a verme haciendo la comida y cosas así. Pero la parte más importante es la emocional, y ahí me daba cuenta de mis carencias, aunque tratara de ejercer el rol de madre. Lo que hacía era intentar ir al mayor número de cumpleaños y de actividades a los que iban sus amigas. Siempre iba a muchas cosas sociales, donde hubiera mujeres y niñas, para que se sintieran arropadas», cuenta.

Su padre

Lo de las tareas domésticas le viene a Rafa de familia, porque él siempre vio en su padre un ejemplo, cuando ningún hombre lo era en ese sentido: «Era un adelantado para su época, porque mi padre ya fregaba y hacía muchas cosas en casa». También heredó de él la alegría. «Sí, lo aprendí de él. Él se quedó huérfano con 4 años. Y después también se murió, al poco tiempo, la segunda mujer de mi abuelo. Entonces, él y otro hermano suyo tenían que cuidar de los pequeños. Y prácticamente vivían en la calle. Mi padre contaba que del hambre que pasaban agujereaban los sacos de algarroba, que no la comían ni los caballos. Pero todo esto lo contaba en plan, “¡qué bien lo pasábamos!”. A pesar de lo mal que lo trató la vida, siempre nos hacía reír. Y yo muchas veces pienso que con lo mal que lo pasó, siempre tenía una broma y una sonrisa para todo el mundo. Así que para mí ha sido todo un ejemplo. Era un crac», explica.

Por eso, él siempre ha querido afrontar los problemas con una sonrisa: «Solo tienes una vida y hay que vivirla de la manera que te toque. A veces, es oscura, pero está en tu mano poner algo de luz». Esa es un poco la filosofía de vida que tiene Rafa. La que le ha ayudado en los momentos más difíciles y la que le hace disfrutar como un niño pequeño en los momentos dulces. Una filosofía de vida que todos deberíamos seguir a pie juntillas.