Vito Sanz estrena «Por cien millones»: «Los secuestradores de Quini no tenían maldad, pero fue muy dramático para la familia»

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Vito Sanz interpreta a Jorge, uno de los secuestradores de Quini
Vito Sanz interpreta a Jorge, uno de los secuestradores de Quini jorge fuembuena

El actor, que se mete ahora en la piel de uno de los captores del futbolista asturiano, confiesa que vino al mundo como «un penalti muy deseado». «No soy muy esotérico, pero me gusta tener ciertos rituales para algunas escenas porque me dan concentración», afirma

24 mar 2026 . Actualizado a las 13:38 h.

Era 1 de marzo de 1981. El delantero azulgrana Enrique Castro, Quini, salía de casa para ir a recoger a su mujer y a sus hijos al aeropuerto. Sin embargo, no llegó a la terminal. El Brujo, como lo apodaban, fue secuestrado por tres hombres de Zaragoza que lo retuvieron en el zulo de un taller durante 24 días. Los captores, con problemas económicos, pedían a la familia 70 millones de pesetas. Finalmente, fueron detenidos y cumplieron condena, pero Quini los perdonó enseguida. En una España sumergida en una crisis económica, con un intento de golpe de Estado y ETA en su época más sangrienta, la serie Por cien millones, que se estrena en Movistar+ el 26 de marzo, muestra cómo estos mecánicos con ideas de bombero plantearon el secuestro del futbolista. Vito Sanz (Huesca, 1982) interpreta a uno de ellos y nos habla de Jorge, su personaje.

—Para el tema tan serio que supone un secuestro, la serie se nutre de la comedia...

—Es que ese es el tema y lo hablaba el otro día con Raúl [Arévalo]. Los hijos de Quini vinieron a ver un pase de la serie y les preguntamos qué les había parecido. Y claro, es medio raro, porque esto para ellos fue un trauma y se combina la comedia. Es bastante complicado de gestionar, pero creo que disfrutaron.

—Cuando secuestraron a Quini, tú no habías ni nacido. ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes sobre la historia?

—Yo nací en el 82. Como soy de Huesca, Aragón, aquí fue muy sonado. Mi padre se acordaba de algo, pero cuando me dijeron que iba a hacer la serie, fue mi cuñado, que es muy futbolero, al que le pregunté y me puso un poco al día. Yo no tenía ni idea de la historia, pero también porque mi relación con el fútbol tampoco es muy allá. No me gusta mucho.

—No eres futbolero, pero admitiste que fuiste «un penalti muy deseado»...

—Sí, lo cuento muy a menudo [risas]. Es verdad que luego mi madre me dice: «¡No digas eso porque eres muy deseado!». Lo sé y la creo, pero fui un penalti porque me tuvieron cuando ella tenía 20 años y mi padre era un poco más mayor. Yo la admiro porque ha sacrificado mucho y se lo agradezco un montón.

—De los secuestradores, tú haces de Jorge, que quizá es el que más cordura le pone al asunto. Al menos al principio...

—Sí. Los tres son personajes fuertes. A mí lo que más me interesa es ese contexto de crisis económica que había en España en aquella época. En la serie se refleja esa situación de los barrios más populares, de cómo se salía adelante, con un tono de humor. Ellos son únicos en su especie y tienen cordura, pero a su manera. Lo decían en su momento, que no eran secuestradores, sino pobres y que la necesidad los llevó a hacer ese tipo de cosas. No lo justifico, porque la situación fue muy dramática, sobre todo para la familia de Quini. Hay que tener cuidado con eso. Pero es un reflejo de aquellos años.

—De hecho, los perdonó porque los consideraba buenas personas...

—Cuando hablé con mi padre, me dijo que fue uno de los primeros casos de síndrome de Estocolmo. Y hay algo de eso que es verdad. Estos tíos no debían de tener maldad, y eso Quini también lo vería en la cercanía con la que lo trataban. Además, lo admiraban como futbolista. Era una mezcla de todo, de alguna manera vio que eran unos pobres hombres. Pero le hicieron pasar un calvario a su familia.

«Hay algo de síndrome de Estocolmo. Quini de alguna manera vio que eran unos pobres hombres, pero le hicieron pasar un calvario a su familia»

—Barajaron a Lola Flores, a un torero y al final fue el ídolo de millones de españoles...

—No sé si tendrían talento para secuestrar a Lola Flores o a un torero, pero ya lo que es secuestrar... [Risas]. Su problema no era ese, sino cobrar, porque no tenían ni idea de cómo se hacía. Habían leído cuatro cosas en la prensa de todos esos secuestros que estaba llevando a cabo ETA y, en función de eso, empezaron a fantasear con una idea estúpida y la llevaron a cabo.

—¿Qué es lo que más te llamó la atención de tu personaje?

—Me gustaba el vínculo que genera con Quini aparentando que no es un secuestrador. Le pone la tele, le hace una fabada... Otra cosa que también me encantó fue estar en la serie con Raúl Arévalo, porque lo conozco desde hace mucho tiempo. Nunca había trabajado con él y ha sido un descubrimiento. Creo que ahí he encontrado a un compañero maravilloso.

—¿Os planteáis volveros secuestradores?

—¡No, no! [Risas]. Hay que tener mucho valor y mucha consciencia para hacer eso.

—Como actor, no sé si te ha pasado eso de tener temporadas en las que no te llamen. Intuyo que pedir un rescate para ganar dinero no estaba en tus planes...

—Los parones son siempre muy difíciles. Creo que todos los actores y las actrices hablan de ello y es nuestro gran miedo el que no te llamen ni cuenten contigo. Es la parte más complicada de nuestra profesión, pero con los años te vas acostumbrando a saber que hay momentos donde el 90% viven así con esos subidones y bajones. Tienes que confiar en ti e intentar proyectarte en esto desde cosas que tengan que ver o que dependan más de ti. A mí me ayuda mucho el tener mi compañía de teatro o mis amigos con los que hago cine. Y eso, quieras o no, siempre está.

«Trabajar con Raúl Arévalo ha sido un descubrimiento. Creo que ahí he encontrado a un compañero maravilloso»

—¿Te guardas los tornillos que te encuentras en el suelo del escenario porque dicen que llama al trabajo?

—¡Sí! Estás ensayando, te encuentras uno y te lo guardas. Tengo ese tipo de rituales y de obsesiones con piedras energéticas, con la ropa interior... No soy muy esotérico, pero sí que me gusta tener ciertos rituales porque me dan concentración. El problema es cuando están desmontando una escenografía y hay un montón de tornillos. Ahí tienes un problema.

—Para las escenas complicadas llevas una ropa interior concreta o alguna piedra. ¿En esta serie te ha pasado?

—Claro. En la secuencia en la que secuestramos a Quini en el portal, llevaba unos calzoncillos especiales. En el casting también los llevaba. Leyendo los guiones ya los vas incluyendo porque vas viendo las dificultades. Me gusta eso de ir al día de rodaje sabiendo que tengo una secuencia importante y tengo que defenderla. Es algo como que me coloca en un lugar de: «Joder, ¡Vamos a ello!». Como de presión y de reto a la vez.

—¿Tú qué harías por cien millones?

—No sé... ¿El amor? ¡El amor y no la guerra! [Risas]. Sé lo que no haría, como pasar por encima de ciertas cosas más elementales y humanas. Siempre pensé que iba a morir pobre. Tengo una compañía de teatro e íbamos a hacer bolos y pagábamos a los técnicos mejor que nadie. Cuando repartíamos el dinero que nos tocaba, siempre palmábamos. Pero también nos gusta eso, porque entendemos que nunca vamos a ser ricos. La gente rica tiene madera y es ahorradora. Yo voy e invito a la gente, así que no seré millonario nunca.

—Pensé que me ibas a contestar que harías un estriptis en la barra de un bar...

—Eso ya lo he hecho gratis... ¡Y varias veces! [Risas]. Me encantaría, pero ya me he vendido muy barato.

—Encima te pilló tu madre...

—Claro, porque la diferencia de edad no era tanta. Cuando yo empezaba a salir por Huesca a los 16, ella tenía 36. En los bares de allí está todo el mundo mezclado. En una de esas, yo salí en modo destroyer, porque era muy vergonzoso y tenía que beber un par de cervezas para ser un poquito más abierto y hablar con la gente. Cuando me pasaba, acababa haciendo estriptis... Ese día me encontré a mi madre gritándome: «¡No! ¡Los pantalones no! ¡Por favor!», mientras intentaba subírmelos encima de la barra. Mis amigos flipaban, pero luego eran felices con ellos tomando los gin-tonics. Me siento muy afortunado de tener unos padres tan cercanos y con los que poder hablar de cualquier cosa.

«Siempre pensé que iba a morir pobre. La gente rica tiene madera y es ahorradora. Yo voy e invito a la gente, así que no seré millonario nunca»

—¿Aquel chico de 16 años tan tímido se imaginó que lo nominarían al Goya?

—Siempre fantaseé con esas cosas. Con el tiempo, te ubicas y entiendes qué significan los Goya o ciertos elementos de nuestra industria y te serenas un poco. Creo que me vino muy bien que me nominaran porque también entendí las cosas que quería y las que no en mi vida. Los premios generan opinión y es maravilloso, porque el runrún hace que la gente vaya a ver las películas. Pero empezaba a entrar en conflicto porque lo que yo como actor no podía hacer era intentar mirar el trabajo desde ese prisma. No me hacía bien. Hay que verlo desde otro lugar y no desde quién es mejor o peor. Los premios generalmente son injustos y hay que entenderlo como parte de la industria. Es guay ir con amigos para hacer quinielas, pero como actor tienes que pensar que es una cosa para divertirte.

—La reina Letizia, tras ver «Volveréis», te dijo: «Qué bien hablas mal inglés». Tú le contestaste que ese era el nivel que tenías de verdad y ella te animó a mejorarlo. ¿Te has vuelto a poner con el idioma desde aquello?

—¡Sí! Me he puesto, pero es que soy malísimo [Risas]. Tengo clase dos días a la semana y salgo muy deprimido, no doy ni una. El otro día veía al profesor totalmente desquiciado porque no me entiende y pensé: «¿Y si lo dejo?». Pero hay otra parte ahí de orgullo que me pide que aguante. Te juro que es un problema mío mental, hay algo ahí que no funciona. Seguiré luchando, aunque no sé si hablaré inglés algún día... Ese sería mi Goya.

—Siendo en inglés, más bien sería tu Óscar...

—¡Exacto!