José, el alumno con más años de la universidad gallega: «No me quiero morir sin presentar la tesis, llevo 40 años trabajando en ella»

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ANGEL MANSO

José Fernández Salas tiene 85 años y una cuenta pendiente con la universidad que resolverá a ser posible antes de este verano. Pero no quedará liberado, tiene cuerda para rato

02 mar 2026 . Actualizado a las 09:01 h.

José Fernández Salas tiene 85 años y una prisa poco común: no quiere morirse sin presentar su tesis doctoral. Lleva casi cuatro décadas trabajando en ella, investigando, localizando documentos, escribiendo y reescribiendo mientras la vida —entera— pasaba alrededor. Hoy sigue matriculado en la Universidade da Coruña, convertido en el universitario de mayor edad de Galicia, pero sobre todo en la prueba misma de que el conocimiento y el aprendizaje no entienden de calendarios. No habla de la tesis como una meta académica, sino como una deuda personal. Empezó a pensarla hace mucho tiempo, pero la vida y sus circunstancias se fueron anteponiendo, hasta que hace unos años, ya jubilado de todas sus funciones, decidió que era el momento de retomarla. «Yo me matriculé en el doctorado hace treinta y tantos años. Primero estudié Aparejadores, y después me hice arquitecto, y, en cuanto terminé la carrera de Arquitectura, inmediatamente me matriculé en los dos cursos que hay del doctorado, que son dos cursos académicos completos, donde las asignaturas no tienen el mismo carácter que, por ejemplo, en un curso normal, digamos que consistían en unos trabajos de investigación o sobre la materia impartida, y una vez superados, ya puedes presentar la tesis», cuenta José Fernández, un extremeño que lleva 60 años afincado en Galicia, y que se considera ciudadano del mundo ya que, asegura, tiene «antepasados de todas partes».

En los años sesenta dejó su Extremadura natal para estudiar Aparejadores en Madrid. En aquel entonces solo había escuela en la capital y en Barcelona. Antes ya había estudiado Magisterio, y con el paso de los años dice que esa formación le aportó mucha didáctica y pedagogía. Nada más acabar la técnica, se matriculó en la superior, y estaba inmerso en esos estudios cuando se enamoró de una gallega. A terriña tira, y él se vino detrás de ella. Con tan buena suerte que encontró un trabajo «muy interesante» en A Coruña. Por esa época se abrió en la ciudad la Escuela de Arquitectura, así que convalidó las asignaturas que ya tenía y terminó sus estudios, y a continuación hizo los dos cursos del doctorado. Desde entonces tiene pendiente presentar la tesis. «Hay gente que durante ese período ya la empezaba a preparar, y al año siguiente ya la podía presentar. En mi caso no pude, porque en aquel momento era padre de familia numerosa, y no podía pasarme horas y horas en un archivo buscando documentos o localizando datos», confiesa José, que además de ejercer como aparejador, y posteriormente como arquitecto, un sector en el que tuvo bastante trabajo, es profesor honorario y estuvo años ejerciendo la docencia. Salía por la mañana de casa y regresaba por la noche, «no tenía el asiento necesario para redactar una tesis». 

UN PULSO CON LA ARTROSIS

Se podía haber jubilado con 65. Pero no lo hizo hasta los 70, y de aquella manera. Se quedó como profesor honorario, es decir, puede ir por la universidad, conoce esos pasillos como la palma de su mano, e incluso participar en alguna tarea docente o dar una charla. Pero desligarse de su faceta como docente no supuso una liberación en la agenda. Seguía al pie del cañón en su estudio, además de impartir muchos cursillos sobre diferentes materias relacionadas con la profesión por todos los colegios de arquitectos y aparejadores. «Me resultaban muy interesantes, además de porque te mantenían en forma, porque conocía a gente nueva, otras ciudades, y era como un divertimento. El último que di fue en Ibiza, y aprovechamos, se vino mi mujer conmigo, y nos quedamos una semana por nuestra cuenta», explica José, que durante muchos años después de jubilarse se dedicó a la formación, hasta que los cursos empezaron a decaer de forma presencial y aparecieron online, una manera de enseñar que a él le parece «horripilante» y a la que siempre se ha negado. También, apunta, por si esto fuera poco, ha tenido mucho trabajo de peritación judicial: «Todavía me toca ir alguna vez al juzgado».

Por eso mientras no se jubiló definitivamente —estuvo hasta hace cinco o seis años en activo— no ha encontrado «el momento». Pero ahora parece que sí y está intentando terminarla, «pero claro echándome un pulso con la artrosis». «Cada cierto tiempo me tengo que levantar, estirarme, darme una vuelta... No puedo estar diez horas seguidas trabajando. Pero me pongo todos los días. A lo mejor estoy entre seis y ocho horas. Ya estoy en la fase final, pero no quiero morirme dejando ahí un bagaje, que creo que va a ser bastante revelador».

Investiga la construcción de los claustros en la catedral de Santiago, de la que asegura que hay cuestiones totalmente desconocidas, «porque la mayor parte de los estudios que hay son de historiadores del arte». «Los hay muy bien documentados, pero claro, la técnica que utiliza un historiador no es la que utilizamos nosotros, que vamos leyendo las piedras, podemos recrear con base a referencias, ubicando elementos, algo que ellos no pueden determinar», explica.

Tiene 85, camino de los 86, que cumplirá en julio, y le gustaría presentar la tesis antes de soplar las velas. «Me encuentro físicamente muy bien, de cabeza maravillosamente bien, voy a dar paseos todos los días, procuro andar varios kilómetros para mantenerme en forma». Sabe, y así lo confirma, que haberse mantenido tan activo, en todos los sentidos, y con la cabeza a pleno funcionamiento, le ha servido para haber cumplido tan estupendamente 85 primaveras. «Yo me siento en este momento un privilegiado, porque he conocido y tengo amigos que, lamentablemente, no saben ni cómo se llaman. Sin ir tan lejos, he tenido algún caso de alzhéimer en la familia. Yo sé que esta actividad intelectual a mí me mantiene. Yo ahora mismo tengo capacidad para ejercer. Si mañana me llaman para dar una charla en cualquier sitio, puedo ir perfectamente». Ahora mismo ya no conduce, el último coche que tuvo lo llevó al desguace, porque le sale más barato ir en taxi, pero si alguno de sus hijos se lo deja, puede hacerlo, y confiesa que de vez en cuando lo hace. «Pero sí, me mantengo muy bien, no me dan asterisco los análisis», dice alguien a quien no le pesan los años.

Aunque no ha sido su prioridad a lo largo de estos 40 años, José nunca dejó de investigar. Asegura que tiene tanta información que podría hacer diez tesis. Lo complicado ha sido el proceso de seleccionar con cuál quedarse y cuál descartar. Sus investigaciones sobre la catedral comenzaron hace 40 años, «ahora se han publicado muchos libros, pero entonces no había nada», apunta José, cuando a raíz del huracán Hortensia se produjeron unos daños en el templo y el antiguo director del museo, Alejandro Guardado, gran amigo suyo le invitó a hacer una visita. «Me comentó que faltaban estudios, y en ese momento yo lo que podía hacer era ver qué alumnos de la escuela querrían hacer su trabajo de fin de carrera sobre la catedral, que fueran allí, que tomaran datos... Llegamos al acuerdo de que él les permitía entrar en esa zona reservada conmigo, yo les iba dirigiendo el trabajo, también iba tomando mis notas... Como una especie de trabajo colectivo, de cooperación».

Así fueron los inicios de esa tesis, que ha retomado, en serio, cuando ya prácticamente rondaba los 80, y que ahora, con 85, prevé presentar antes del verano. «Todos tenemos una fecha de caducidad. Yo me siento muy bien, pero he tenido grandes amigos que estaban muy bien, y de pronto, se murieron de cualquier tontería. Me siento muy responsabilizado con que haya, digamos, una aportación de conocimientos sobre el tema investigado. Sería una pena que quedaran en el disco duro del ordenador. Yo en este momento tengo el análisis hecho, y estoy haciendo la síntesis. Acomodar de alguna manera todas esas informaciones, darle una coherencia al relato para que se pueda entender, lo tengo que hacer inteligible, no solamente para los especialistas, sino también para los que no lo son».

A una edad a la que podía estar de vuelta de todo, José está más que implicado que nunca en este trabajo con el que lleva tantos años, y la principal motivación es que las conclusiones vean la luz. «Claro, es como si de pronto localizas un tesoro y resulta que no has dejado dicho dónde lo tienes. O que otra persona no pueda utilizarlo. Yo creo que las aportaciones que hago son importantes, y no quiero ser inmodesto, pero lo son, y una muerte prematura o un accidente... Seguramente vivo más de 90 o llego a los 100, y maravilloso. Maravilloso si puedo hacerlo, pero digamos que lo quiero presentar cuanto antes».

Conoce al dedillo la liturgia académica, aunque le parece «absurdo», pero respeta las normas de la Administración, que lo obligan a renovar cada año el plazo para presentar la tesis. «Antiguamente cuando alguien redactaba una tesis no tenía un tiempo, no se le ponía un plazo, pero ahora sí», confiesa este universitario, que cuando estuvo en la junta de gobierno de la universidad defendió que no acotara el tiempo para presentarla. «Pero estamos en unas estructuras académicas que trascienden lo que son las fronteras propias de un país, y en Europa, y en otros países esto se hace de una manera reglada, de “usted tiene que entregar la tesis en este año”. Si tienes algún motivo por el que no puedes, pues pide prórrogas».

40 AÑOS DE PRÓRROGAS

Eso es precisamente lo que lleva haciendo él «40 años». «No siempre lo he tenido que prorrogar una vez al año, a veces me daban un plazo de 2-3 años, pero sí llevo prácticamente 40 años pidiendo hacerlo, porque si no, poco menos que tendría que matricularme de nuevo en el programa del doctorado. Seguramente, me convalidarían todas, sería lo más probable, y volvería a entrar sin problema, supongo. Porque, por otra parte, muchos de los profesores que están allí han sido alumnos míos». Aunque hasta ahora no se ha encontrado obstáculos en la renovación, admite que al principio se las daban sin ningún problema, y últimamente ya ha tenido que llevar algún informe médico que justifique que no puede trabajar más de dos o tres horas seguidas todos los días.

Pero si alguien pensaba que en junio o julio ya por fin quedará liberado de todas sus obligaciones, y que por fin gozará de su condición de jubilado, está equivocado. Primero, porque señala que las investigaciones no se acabarán con la tesis. «No voy a hacer este tipo de investigación, una tesis reglada, que esté sometido a nada de esto. Pero tengo escritos, he hecho publicaciones... y tengo algunos libros, que tenía iniciados, paralizados porque quería terminar primero la tesis, pero cuando la presente me pondré a terminar alguna cosa de estas que tengo entre manos. No se puede estar en todo», comenta antes de añadir. «Además, soy socio fundador de la Sociedad Española de Historia de la Construcción, que la creamos cuatro profesores hace más o menos 20 años, y ya hemos organizado 18 o 20 congresos. En este momento está haciendo unas aportaciones interesantísimas, porque en cada edición se presentan un montón de comunicaciones o ponencias que quedan luego publicadas en esos libros».

Pero más allá del mundo académico o profesional, José también tiene hobbies. Siempre le ha gustado jugar al ajedrez, «aunque es algo muy pesado», y al mus, «que por el contrario es muy divertido». Lo que pasa, señala, es que muchos de los compañeros de partida «ya no están» y él «no tiene mucho tiempo». Porque a mayores de todos los frentes que tiene abiertos, también participa cada 15 días en una tertulia de filosofía, donde charlan sobre temas de actualidad, libros o publicaciones. «Tengo para entretenerme», concluye para que quede claro que una vez presente la tesis no va a caer en el aburrimiento.

Ha llegado a acumular un montón de papeles, con documentos y archivos necesarios para su investigación. «Los tengo muy ordenados para que no me echen de casa», apunta. Aunque confiesa que últimamente ya los almacena en el ordenador, y eso ayuda a calmar el desorden. Una práctica que ya le viene de su época de docente. Hace poco imprimió el borrador de la tesis para hacer correcciones, «porque en el ordenador es un poco más complicado», y salieron 350 folios, una cantidad que no quiere superar. Las conclusiones están escritas, con referencias, bibliografía y todas las aportaciones documentales necesarias, pero queda pendiente un trabajo de elaboración gráfica para el que hay que manejar programas como Autocad, «más complicado», que se le resiste a quien siempre ha sido de dibujar a lápiz. Pero el final, después de cuatro décadas, parece cerca. O no, advierte José. «Tengo un amigo que murió hace unos años, que era pintor, que un día me dijo algo muy revelador al preguntarle cuándo consideraba rematado un cuadro. Me dijo: “Los cuadros no se acaban nunca, se dejan”. Con la tesis hay que hacer lo mismo. Si empiezas a tirar del hilo, no acabas nunca. Llega un momento en que tienes que romper y que la madeja quede donde quede, porque si no... Yo estoy investigando, sé que voy a llegar a unas conclusiones, pero si sigo tirando de la cuerda, me van a salir más cosas. En algún momento hay que decir: “Se acabó”. Yo ya sé que no quiero aprender más, no quiero averiguar más de momento, hasta que no tenga todo perfectamente escrito y publicado», indica José, que sospecha que en cuanto aparezcan datos nuevos, los suyos, seguro que habrá nuevas publicaciones porque la catedral no es un monumento cualquiera. Ni él un alumno más.