Un filme para gobernarlos a todos. «La comunidad del anillo», primera adaptación cinematográfica de Peter Jackson de la obra de J.R.R Tolkien, conquistó el corazón de millones de fans y espectadores en su estreno en el 2001
20 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.«La historia se convirtió en leyenda, la leyenda en mito, y durante los 25 años que siguieron a su lanzamiento, ningún otro blockbuster ha estado a su altura». Puede que estas no sean las palabras exactas que recita Galadriel en el que es uno de los prólogos más icónicos jamás hechos, pero sí resumen a la perfección el milagro que supuso la trilogía de El señor de los anillos. ¿Cómo se podía conseguir que la novela de Tolkien funcionase en la gran pantalla? Otros ya habían fallado en sus intentos de hacer justicia a la legendaria obra del escritor británico: Ralph Bakshi, por ejemplo, estrenó en 1978 una cinta homónima de animación, que abordaba los acontecimientos de La comunidad del anillo y Las dos torres y que, pese a su inquietante y curiosa representación de la Tierra Media y sus criaturas, no convenció lo suficiente como para hacer una secuela del mismo estilo. En lugar de eso, en 1980 y a modo de continuación, se lanzó un telefilme de dibujos, mucho más cercano al estilo Disney y que poco o nada tenía que ver con el espíritu del libro de El retorno del rey.
Fue en 1995 cuando Peter Jackson, un joven realizador neozelandés, que en ese momento había dirigido cuatro películas, la mayoría de ellas de serie B y con un sentido del gore y la violencia muy histriónico, planteó llevar El señor de los anillos a la gran pantalla. El plan era una fantasía. Era ridículo pensar que un autor de esas características pudiese vender a los estudios una idea que ni los más grandes del medio se habían atrevido a rodar, pero el futuro es caprichoso. Jackson se comió varios rechazos de las grandes productoras de Hollywood, hasta que en 1998 New Line Cinema apostó todo por el proyecto. No obstante, las negociaciones por rodar las películas respetando la visión de Jackson fueron duras. New Line era un estudio menor, lejos de gigantes de la época como 20th Century Fox o Paramount, por lo que no podían dar presupuestos gigantescos como si nada, así que le propusieron al realizador hacer dos entregas y no tres como él tenía pensado desde un principio. El director se negó rotundamente y el estudio acabó cediendo a sus peticiones, dándole a Jackson alrededor de 280 millones de dólares para rodar la trilogía (que aunque pueda sonar a mucho, supone un tercio del que se le otorgaría más tarde al neozelandés para El hobbit).
MANOS A LA OBRA
Con el presupuesto acordado, el equipo comenzó con la preproducción. La Tierra Media descrita por Tolkien es un mundo muy vasto, lleno de naturaleza, paisajes monumentales y monstruos de todo tipo, así que hacer una representación fiel de esta suponía tener que revolucionar la industria audiovisual. Jackson eligió su país natal, Nueva Zelanda, como escenario principal de rodaje y fue en este territorio donde mandó construir sets como el de la ciudad de los hombres de Rohan, Edoras, o La comarca, hogar de los hobbits. El trabajo del equipo de arte y de localizaciones fue antológico, pero insuficiente para plasmar por completo el imaginario tolkieniano, por lo que se necesitó hacer un gran uso de efectos digitales.
Si nos fijamos en filmes de finales de los 90 y principios de los 2000, como La amenaza fantasma o La piedra filosofal, su CGI (imágenes generadas por computadora) ha envejecido terriblemente mal, algo que no le ha sucedido a la trilogía del anillo. Esto se consiguió gracias al trabajo de Weta Digital, compañía de efectos visuales fundada por el propio Jackson en 1993 y que inventó numerosas técnicas para lograr unos resultados impresionantes. Sorprendió, especialmente, la captura de movimientos del actor Andy Serkis para recrear a Gollum, el hobbit corrompido tras poseer el anillo único por más de 500 años. El intérprete actuaba disfrazado junto al resto del reparto, pero aparte, grababa sus escenas con un traje especial que recogía sus expresiones y acciones, que luego serían plasmadas en el personaje creado a través de un programa de ordenador.
Con la preproducción rematada y teniendo claro que lo digital no debía suprimir lo artesanal, sino acompañarlo, el rodaje dio comienzo el 11 de octubre de 1999. La fotografía principal se extendió durante 438 días, hasta el 22 de diciembre del 2000, y supuso una de las grabaciones más largas y ambiciosas de toda la historia. Las tres películas se filmaron simultáneamente, lo que dejó situaciones curiosas como la que comentó Ian Mckellen hace apenas unos días. El veterano actor, que con 86 años se volvió a enfundar la capa y el sombrero picudo para la nueva entrega de la franquicia, La caza de Gollum, explicó que su segunda escena como Gandalf el mago fue la despedida del personaje en Los Puertos Grises, en El retorno del rey. Esta no fue la única historieta, 14 meses de arduo trabajo dejaron miles de horas de metraje que montar, una relación casi fraternal entre el equipo artístico y cientos de anécdotas —¿Sabías que Viggo Mortensen se rompió el pie al patear la cabeza de un orco en Las dos torres?—.
EL ESTRENO, UN TRIUNFO
La comunidad del anillo, pese a la incertidumbre generada por la dificultad del proyecto, se enfrentaba a unas expectativas titánicas y la reacción de la crítica y la audiencia tras su estreno, el 19 de diciembre del 2001, fue un clamor. Jackson había logrado lo imposible e hizo de la primera parte de la trilogía una obra maestra del cine de fantasía y aventuras. La mezcla de ingredientes fue perfecta: un elenco acertadísimo que insufló personalidad a los nueve compañeros que debían llevar el anillo a Mordor; una de las mejores bandas sonoras jamás creadas, de la mano de Howard Shore; un despliegue técnico y artístico nunca antes visto en una cinta de este calibre; y el sentimiento de estar contemplando algo gigantesco a nivel de escala, pero que en ningún momento deja que el espectáculo y la grandiosidad de sus batallas opaquen la verdadera alma de la obra, sus protagonistas y la lucha entre el bien y el mal.
La desconfianza hacia el proyecto desapareció de un plumazo, aquellos que recelaban de las capacidades de Jackson para llevar el universo de Tolkien al séptimo arte recularon y transformaron sus dudas en entusiasmo. La película recaudó más de 800 millones de dólares y fue nominada a 13 premios de la Academia estadounidense, de los que consiguió cuatro. Sus secuelas, Las dos torres y El retorno del rey, fueron todavía más exitosas, siendo esta última la cinta con más óscares de la historia [11] y pasando los mil millones en taquilla. Veinticinco años después, El señor de los anillos sigue siendo el magnum opus del Hollywood comercial y un logro irrepetible, ya que da igual que otros traten de replicar la misma fórmula, porque como diría Gollum, esta trilogía es un «tessoro».