María Estévez, corresponsal en Los Ángeles durante 30 años: «En Hollywood todos tememos a Julia Roberts»
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Lleva 30 años ligada al universo más exclusivo del espectáculo. Entrevistó a Clooney 12 veces, y otras tantas a Penélope Cruz, pero asegura que no sabemos lo que tenemos con Antonio Banderas
16 feb 2026 . Actualizado a las 08:51 h.Alfombras rojas, sonrisas perfectas y sueños cumplidos conviven con silencios incómodos, pactos no escritos y un precio que no siempre se cuenta. En Esto es Hollywood, María Estévez (Madrid 1970), que lleva tres décadas en Los Ángeles contando lo que sucede en la meca del cine para distintos medios, corre el telón del glamur para mostrar lo que ocurre cuando se apagan los focos. Para ella, que no descarta jubilarse en A Coruña, una ciudad que tiene la luz de Los Ángeles, que tanto valora, y donde vive su mejor amiga, «Hollywood es un invento creado para pensar que puedes soñar a lo grande, pero a la vez un espacio donde hay muchas pesadillas». «Es mucho más — añade— que las letras que están colgadas en la montaña», por eso le ha escrito este libro, donde desvela muchas de las cosas que suceden entre bambalinas, que presenta como «una carta de amor a Los Ángeles».
—¿El libro se presenta con una mirada a la verdad de lo que hay detrás?
—Es una carta de amor a Los Ángeles. Hablo de la ciudad, de los entresijos de lo que es Hollywood, pero es mucho más, no se queda en las cuatro calles que representan a Hollywood. Hollywood es Los Ángeles, y Los Ángeles es la industria que mantiene a millones de personas que viven allí. Es mucho más que las letras que están colgadas en la montaña.
—Me refería a que quizás nos llegan los brillos, y nos descubres lo que hay entre bambalinas.
—Eso es, y sobre todo, que no todo en Hollywood es un gran sueño, y no todo el mundo lo cumple, sino que hay gente que se queda por el camino, y otros que ayudan a los que van a acabar triunfando.
—¿Hay alguna anécdota o situación que refleje ese contraste que describes?
—Muchas. La Dalia Negra ha sido siempre el gran ejemplo de mujer que quiso triunfar y acabó asesinada en la calle. O Sharon Tate que creó un mundo de puertas abiertas y la asesinaron por eso. Ahora mismo está luchando por sobrevivir, por primera vez se muestra como una comunidad unida para salvarse a sí misma, están todos con el salvavidas en mitad del océano. No ven futuro. Y es interesante vivirlo. Yo he pasado por muchas etapas en estas tres décadas, y me he dado cuenta de que puedes hablar con alguien en un bar, y que lleve 15 años esperando la llamada de un amigo que le ha prometido ayuda con su proyecto. Y él sigue creyendo que puede triunfar. Eso es Hollywood, que el sueño, a pesar de las inclemencias, se mantiene encendido. Esto solo lo he vivido allí.
—Tienes acceso al universo más exclusivo del mundo del espectáculo, ¿hay algún código de silencio no escrito entre los periodistas para respetar la vida privada de las estrellas?
—A mí me han vetado muchísimas veces los estudios por hacer la pregunta incómoda. Yo escribo más de cine que de salseo, pero a mí nunca me ha costado hacer una pregunta incómoda. Hay periodistas que tienen acceso a más talento gracias a los estudios porque no hacen esas preguntas.
—¿Hacerlas tiene sus consecuencias?
—Siempre.
—Cuentas lo que le pasó a una colega tuya.
—Briggite, de Alemania. Si te sentabas con ella sabías que podían pasar de pagarte 50 euros a 1.800 por esa entrevista. Ella se mojaba. Buscabas sentarte con quien se atrevía. Mucha gente se sentaba conmigo, otros con Michelle, de Australia, mucha gente con Briggite... porque no teníamos miedo. Era más importante hacer bien el trabajo que servir al estudio. Los periodistas de televisión jamás van a hacer una pregunta incómoda, al contrario, hacen preguntas que han contribuido a que Hollywood esté como esté. Son tan de márketing, tan aburridas, que la gente se cansa. Solo piensan en la relación que tienen con el estudio, les da igual la película, que eso no ayude a su medio... Solo quieren que el viaje de Los Ángeles a Nueva York o a Portland se mantenga. Eso ha acabado con el periodismo y con el cine. Es una de las razones.
—¿A ti te han vetado?
—Sí. La última vez fue con la actriz Lupita Nyong'o. Le dije algo así como «tú representas el luchar por tu raza, ¿qué te parece que Vinicius esté luchando por sí mismo?», y de repente me cortaron la entrevista. Era una tontería, y hacía referencia a algo por lo que ella estaba luchando, y me lo había pedido mi medio. Ese estudio nunca más me ha vuelto a invitar. Esa película no la ha visto nadie, porque Lupita Nyong'o lo único que quiere son preguntas cómodas, y así la película no va a tener la promoción que necesita. Ellos se creyeron que eran más grandes que sus propias películas, y se han dado cuenta de que las películas son más grandes que ellos. Y Hollywood lo está viendo, no es algo que me invente yo, al contrario, yo los admiro, y admiro el periodismo, lo que pasa es que se ha convertido en una herramienta de márketing.
—¿Cuál es la clave para que las estrellas de este nivel se abran en las entrevistas?
—Cuanto más alto están, más fácil. Una Lupita Nyong'o te va a crear problemas, porque se siente que es más importante que su propia película. Ella es difícil. A Tom Cruise sabes que no le puedes hablar de cienciología, pero sí de su trabajo o de Hollywood, y te va a dar una buena respuesta. Penélope Cruz no habla de su vida privada, pero si le haces una pregunta sobre salud mental, o sobre algo que a ella le interese, te va a dar un titular, y ella busca darte ese titular. Hay personajes que tienes que entender de qué hablan antes de sentarte, y respetárselo.
—¿Ya fueron más empáticos y cercanos de lo que son hoy?
—Sí, antes era otra cosa. Con las redes y los teléfonos inteligentes están mucho más a la defensiva, porque no saben quién está con un teléfono buscando darle la vuelta a esa imagen o a una frase que han dicho. Antes se sentaban contigo, iban a comer... Eran mucho más cercanos. Ahora están mucho más protegidos, es normal.
—No muchas personas pueden decir: «He entrevistado a George Clooney una docena de veces».
—Es verdad. Luego los ves y te reconocen. Te voy a contar una anécdota que no cuento en el libro. El otro día fui a jugar a un parque al pickleball, que está muy de moda en Estados Unidos ahora, y vino el actor Justin Long. Yo llevaba una camiseta que me había regalado Netflix y me dijo: «Ah, es de esta película», y le dije que sí. Se me quedó mirando y me preguntó: «¿Tú eres periodista?, ¿María? ¿La de Miami?». «La de España», le contesté y me dice: «Claroo». Desde antes de la pandemia que no lo entrevistaba. Lo hice cinco o seis veces. Y se acordaba porque a veces he hecho preguntas que no les gustan. Se acuerdan más de quien no les ha caído bien.
—Pero te saluda cordialmente...
—Porque saben que no vas buscando... Diferencian. En ese momento se dan cuenta de que has hecho tu trabajo, y de que la pregunta tiene una razón de ser, de que no tiene que contestar lo que le ha dicho el publicista, sino que tiene que pensar, y entonces se fijan en ti. Y eso a ellos, en el fondo, también les gusta.
—A Penélope Cruz también la has entrevistado muchas veces, ¿se llega a tener una relación estrecha?
—Estamos muy lejos, ella tiene su vida y son entrevistas. Pero entrevisté a Gwyneth Paltrow para Vogue, y ella era la editora del número de ese mes, y yo hice la entrevista con las preguntas que me dijo Penélope. Y dos meses después, me la encontré en Cannes y vino a hablar conmigo fuera del set de entrevistas. Estuvimos charlando un rato de su depresión, por qué había querido hacer el reportaje, es cierto que lo que ella dijo en ese momento ha tenido mucha repercusión, a veces creo que no la admiramos lo suficiente por lo que hace entre bambalinas. Y yo se lo dije, y ella me lo dijo. Hubo ese momento de estrechez, pero no quiere decir que me reconozca por la calle.
—¿A quién te ha costado más entrevistar por inaccesible?
—Penélope no es fácil. Pero porque en España la gente quiere saber cosas de ella, y con ella tienes que saber de qué quiere hablar en cada momento. No es la más fácil, pero cuando entras en lo que ella quiere decir es superaccesible. Julia Roberts no es nada fácil, es muy incómodo. Es distante, antipática y grosera. Yo la he visto ser grosera con los periodistas más débiles, con los que más miedo les da hacer una pregunta, o que son tímidos, o acaban de llegar y no están acostumbrados al formato. Lupita Nyong'o es insufrible, absolutamente insoportable.
—¿Y al contrario?
—Ben Affleck, Antonio Banderas.... No sabemos lo que tenemos. Es maravilloso. No puedo explicar lo generoso que es, lo accesible, lo fácil... Si te ve cogiendo tu coche y hay cola, te deja pasar, te ayuda para que consigas tu coche antes que él.
—Una entrevista difícil de olvidar...
—Todas las de Robert Redford, porque me encantaba. Kim Kardashian me sorprendió muchísimo, porque siendo ya número uno, que es un tsunami de fama y lo protegida que debería de estar, y sin embargo, quedé con ella para una entrevista y se ofreció a comer conmigo, como si fuera aquí la cafetería de El Corte Inglés, y vino sola. Te das cuenta de que es accesible, aunque luego haya tenido que ser menos por lo que le pasó en París, el asalto.
—La actriz a la que todos teméis es...
—Julia Roberts. Todos, todos, todos. Para bien y para mal. El que le hace la pelota porque a ella no le gusta, y el que no, por lo contrario. No te lo va a poner fácil, y si ve que le estás haciendo la pelota, se da cuenta y te la va a tirar, y si vas muy agresiva, y quieres sacar algo, olvídate. Te va a caer la del pulpo. Es de toma y daca.
—¿El momento más insólito que has vivido fue la llamada con Lauren Bacall?
—Ese fue el momento más avergonzante de mi carrera. No fui capaz de ver una película de ella en inglés antes, eran las siete de la mañana, no tenía la cabeza en su sitio, y no creía que era ella la que me hubiera cogido el teléfono. Hablaba como si fuera un hombre. Era tan grave, mucho más que en sus películas. No daba crédito. Yo pensaba que era alguien del servicio... no tanto porque no cogiera ella, sino porque pensaba que era un hombre. Y estuvo tres-cuatro minutos jugando conmigo. Cuando me di cuenta, me quedé callada, no me salía la voz. Empezó a reírse, menos mal, porque si no, tenía que colgar... Lo pasé fatal.
—¿Cómo es la vida en Los Ángeles? ¿Es bastante frecuente encontrarse estrellas en un día normal?
—Te digo que estoy jugando al pickleball y me encuentro a Justin Long. Y ya juego con él todas las semanas. Si vas a la gasolinera de Santa Mónica, sabes que te los encuentras. Hay supermercados en los que sabes que van a estar. Te vas a uno que hay en Beverly Hills, uno de los más exclusivos, que es donde venden los zumos estos del TikTok e Instagram y siempre te encuentras con uno. O si te vas a comer al hotel Beverly Hills. Si quieres ver a un famoso, dedícate una semana a ir a los cinco o seis sitios, y los ves seguro.
—¿Quedan celebridades?
—Quedan muchas, pero se están perdiendo. Seguimos admirando más y reconocemos más a los actores que fueron famosos en los ochenta y noventa. Es más fácil reconocer a Leonardo Di Caprio que a Justin Long. La gente reconoce a una Kim Kardashian, que ha entrado al cine por la puerta de atrás. Y van a seguir surgiendo, mira Zendaya.
—Hay Hollywood para rato...
—Sí, mientras haya cine. A ver cómo lo solucionan. Porque si desaparecen los cines, desaparecerá Hollywood. En la manera en la que lo entendemos. Porque vas a tener series, pero ya no vas a reconocer a los actores de la misma manera, sin las películas.